El final del jajaja
Nuevas sitcoms

El final del jajaja

la muerte de la comedia

Jerry Seinfeld ('Seinfeld', 1989) y Daniel Levy ('Schitt's Creek', 2015)

'Schitt's Creek', 'Space Force', 'Kenan'... Las nuevas comedias norteamericanas nacen ya viejas; está tan preocupadas por no molestar, que acaban siendo francamente molestas.

Hace unos días, las redes sociales estadounidenses empezaron a arder por culpa de una serie llamada United States of Al. La acusaron de racismo, de apropiación cultural, de oportunismo, de condescendencia y sino fuera porque es un show reciente, habrían dicho que mató a Kennedy. La serie es el nuevo juguete de Chuck Lorre, el muy multimillonario creador de Dos hombres y medio y The Big Bang Theory y habla de un traductor afgano que llega a EEUU para vivir en casa del marine con el que trabajó en la guerra de aquel país.

No es que el show no pudiera ser nada de eso de lo que le acusan, pero el problema era que ni siquiera se había estrenado, ninguno de sus detractores la había visto (porque era imposible, se había mantenido protegido bajo siete llaves), y ya molestaba a todo el mundo.

En realidad, United States of Al sumariza todo aquello que no funciona en la comedia americana actual. Es nueva y ya es vieja; está tan preocupada por no molestar, que acaba siendo francamente molesta, y vive tan pendiente de todo excepto de lo realmente importante, que acaba siendo como un carrillón estropeado: vetusto, irrelevante, antiguo. Un carrillón sin remedio, al que un anticuario prendería fuego.

El problema es que la serie es el ejemplo más flagrante de una plaga que ha imbuido a todo el género a lo largo y ancho de la parrilla y de la que se salvan cuatro (literalmente). La comedia americana se ha vuelto inofensiva, olvidando aquella máxima de Larry David, «comedia es cualquier cosa que me haga reír», que no por nada sigue siendo el ariete de los bienpensantes, los ofendidos y los que creen que uno no debe hacer broma de ciertas cosas.

Hoy en día no sería posible ver cosas como el ‘Dave Chapelle Show’

No importa lo bueno que sea el chiste, o la tonelada de inteligencia necesaria para articular un gag, hoy en día no sería posible ver cosas como el Dave Chapelle Show: el yonqui que va a dar charlas a las escuelas para prevenir el uso de drogas y acaba aleccionando a los niños sobre cómo pillar el mejor crack, el líder supremacista blanco que en realidad es negro pero es ciego y desconoce este detalle (como van siempre con capucha, sus camaradas tampoco saben que es negro), esa imitación de Rick James o esos monólogos salvajes que no dejaban títere con cabeza jamás hubieran llegado a materializarse. Ojo, no hablamos del Chapelle de ahora, hablamos del tipo al que pocos conocían y que firmó uno de los programas de humor más innovadores, salvajes y revolucionarios de todos los tiempos cuando era un don nadie. Con esta atmósfera de tintes infantiloides, es casi imposible que nadie se atreva a nada.

Pero no, este no es otro artículo sobre los límites del humor sino sobre los estragos del fenómeno en la comedia estadounidense moderna, que se ha dado de bruces con un combo inexpugnable: la irrupción del mundo virtual (con su propia agenda, instalada en la ofensa infinita), el miedo a pisar campos de minas en un momento en el que hay tantas minas que no se ve el campo, la llegada de nuevas batallas socio-culturales con las que parece que el género aún no atreve a lidiar frente a las masas y -finalmente- el fiarlo todo a un nombre, a un showrunner, a un actor, a un claim, olvidando que sin guion no hay nada. La inevitable sustitución de continente por contenido, aquí llevada al cubo.

La nueva oleada de series llamadas a ocupar el trono de Friends, Cómo conocí a vuestra madre o la mencionada The Big Bang Theory, no podría ser más desoladora: The Young Rock, The Unicorn, Call me Katz, Kenan o Schitt’s Creek van del rango de comedieta voluntariosa a desastre épico, y eso por no hablar de lo que ofrece el streaming, con Space force o Avenue 5 a la cabeza, como terrible representante de las inmensas charcas en las que se ha atascado el humor. Ni siquiera la protección de lo que antes conocíamos con ‘el cable’, un territorio en el que -supuestamente- se pueden esquivar, moldear y alterar las reglas del juego, ha servido para encontrar al ídolo de oro.

‘Frasier’ y ‘Seinfeld’ retratan sin miedo la gran contradicción vital del que quiere ser una cosa y acaba siendo otra muy distinta

Retrocedamos, no como estéril ejercicio de nostalgia sino para recordar qué hizo grande a la comedia estadounidense e intentémoslo con dos series que -aparentemente- no podrían ser más distintas y las que sin embargo une un fino hilo de arrojo. La primera es Frasier. Un producto de la NBC sobre un psiquiatra que tiene un programa de radio, un hermano esnob, una productora de armas tomar y un padre expolicía. Un trabalenguas formal que acabó siendo una de las sitcoms más sofisticadas de la historia de la televisión. Y todo gracias a su voluntad de hilvanar la relación con un trabajo descomunal en la creación de personajes y un desdén permanente por el qué pensarán.

La otra es Seinfeld, sobre un monologuista, su vecino chiflado, su amigo egocéntrico y su amiga y exnovia. Una serie tan sumamente neoyorquina que es impensable admitir que nos retrata a todos/as. Las dos parecen tan alejadas que es difícil pensar que son hijas de la misma (mala) intención: retratar sin miedo la gran contradicción vital del que quiere ser una cosa y acaba siendo otra muy distinta. Bocetear conceptos difusos sobre la amistad, el amor y la vida, y acabar pintando en un lienzo del tamaño de una uña. Siendo cada vez más preciso, afinando cada vez más las notas, hasta que incluso los detalles más nimios te parezcan un retrato perfecto de tus propias contradicciones. Es la sublimación de lo que debería ser la gran comedia: un cul-de-sac lleno de espejos donde, seas quien seas, acabas viéndote desde todas las perspectivas posibles.

Ahora, atascados en un presente inocuo, en el que la proclama que llega desde arriba parece ser «no molestes a nadie», el pasado resulta aún más lustroso. No es que falte atrevimiento (que también), es que el talento parece haber huido como la vergüenza ajena al final de una boda. Uno podría entender la alergia a la risa si habláramos únicamente de las grandes cadenas generalistas, que deben cuidar el lenguaje hasta la ridiculez (en un país donde uno puede comprar un rifle de asalto en el supermercado sin que nadie arquee una ceja, pero una teta en una tele antes de medianoche puede causar una revuelta social), pero lo cierto es que nadie sabe muy bien en qué mapa se mueve el género.

Cuesta mucho (muchísimo) encontrar series como ’30 Rock’ o ‘Community’ y por cada ‘The Office’ o ‘Brooklyn Nine-Nine’ hay mil naderías

Existe una suerte de susto colectivo, mucho antes de llegar al momento de la emisión, pendiente del tipo que aún vive con sus padres a los 40 y al que nada le parece bien. Ese espectador estandar, que hace unos años era completamente irrelevante, es ahora parte integral de la agenda televisiva. Seguramente por eso, cuesta mucho (muchísimo) encontrar series como 30 Rock o Community y por cada The Office o Brooklyn Nine-Nine hay mil naderías. Cierto es que cosas como What we do in the shadows o Silicon Valley, herencia de la gran HBO de Richard Pleper y Michael Lombardo, han tratado de mantener viva la llama de la comedia de primera clase, pero son gotas rojas en un inacabable océano gris.

El resto son motas de polvo en un traje negro, meras anécdotas de película de domingo tarde. Recordatorios de lo que difícil que es echarle el lazo a la carcajada, de la incomodidad que produce recordarle a alguien que puede reírse de (casi) cualquier cosa si la mecánica es precisa. El humor no es ajeno al ejército de librepensadores que acechan en las cuatro esquinas de internet, y todo ha adquirido ese molesto tono mortecino que caracteriza a la ceniza. Con tal de no importunar a nadie, hemos llegado la nada: como un jabón que ni huele, ni limpia. Pero que, eso sí, queda muy bien en la repisa del baño.

Se fiscaliza a los cómicos de un modo casi enfermizo y ahí arranca la ciclogénesis que ha arrasado el género hasta sus cimientos. Lejos queda el comediante kamikaze al que todo se la sudaba (porque con actitud nadie come), refugiado ahora en Youtube, Twitch, el stand-up o el podcast. Ahí sí hay madera para hacer llegar el tren de los hermanos Marx hasta el otro lado de la frontera y sitio para montar cualquier pollo. En el mainstream de la comedia moderna, acabarías empujando la locomotora tú mismo, con tus colegas, hasta un maldito acantilado. ¿Lo peor de todo? No tiene ni puta gracia.

Escrito por Toni Garcia Ramon en abril 2021.

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