Del fuego y la catarsis
'El incendio'

Del fuego y la catarsis

El incendio está disponible en Filmin desde enero de 2020.

La miniserie 'El incendio' (Channel 4) ofrece una intriga tensa, adictiva y bien engrasada, entre el culebrón y la tragedia griega.

Elaborar una lista de todas las ocasiones en que la ficción recurre a un accidente de tráfico, o en su defecto un incendio, para hacer avanzar una trama y llevarla por derroteros inesperados, sería una tarea titánica. Incluso el mismo Sísifo hubiera preferido seguir empujando eternamente esa gran roca que al llegar a la cima de la colina volvía a rodar hacia abajo antes que ponerse a elaborar tal lista. Toda una lástima, porque quizás a Sísifo se le hubiera dado mejor la crítica de series que el arrastramiento de piedra a la vasca. Se ha abusado tanto del recurso al incidente trágico que el espectador con una mínima experiencia puede llegar a predecir unos segundos antes de que ocurra que alguien va a ser atropellado, que un vehículo dará unas cuantas vueltas de campana, o quizás, dependiendo del presupuesto, va a salir despedido por el borde de un precipicio… o el momento exacto en que un brasero mal apagado acabará convirtiendo un domicilio apacible en una pira funeraria. Se ve venir. De un modo parecido a cómo violines y contrabajos nos informan del susto que está por llegar en una película de terror. Por muy graves que suenen cumplen la misma función que la corneta chillona de un pregonero, anunciando lo que está por llegar. A estas alturas es difícil sorprender al respetable, provisto de un máster en la universidad de los lugares comunes.

El incendio (Deadwater Fell), la última producción de la televisión británica con sello de calidad que llega a nuestras pantallas a través de Filmin, confía tanto en sus posibilidades dramatúrgicas que en los primeros minutos nos muestra no una de esas tragedias, sino las dos. Con un par. Combina las imágenes de una casa totalmente calcinada con los fastuosos planos aéreos de los alrededores de la ficticia localidad escocesa de Kirkdarroch, un paisaje por el que avanza un coche hasta que, efectivamente, se sale de la carretera. Incendio y accidente, el lote completo. Es la manera que tienen las creadoras, Daisy Coulam a los guiones y Lynsey Miller a la dirección, de dejar claro que en sus cuatro capítulos de 45 minutos de duración, formato típicamente británico que tanto se agradece en estos tiempos de oferta saturada, lo importante no va a ser el impacto de la desgracia, sino sus motivos y sus secuelas.

Cuando Channel 4 estrenó El incendio en el lejano mes de enero (cuánto ha llovido desde entonces, aunque hayamos visto la lluvia desde detrás de las ventanas), la crítica británica no tardó en comparar esta miniserie con Broadchurch, referente indiscutible del thriller británico de los últimos años, por situarse en una comunidad aparentemente idílica en la que un hecho luctuoso destapa el pozo de los secretos y las mentiras. Incluso hubo quien situó este estreno por encima de su ilustre predecesora, por el esbozo emocional complejo de los personajes que se esfuerza en componer. No era un elemento menor en el símil la presencia en ambas producciones del actor David Tennant, uno de los escoceses más célebres del momento, que, a diferencia de Ewan McGregor y James McAvoy, ni siquiera necesita el Mac en el apellido para dejar claro su origen. Claro que allí, en Broadchurch, Tennant era detective de la policía y aquí es un médico de pueblo, esposo y padre feliz de tres hijas, Tom Kendrick, al que la tragedia golpea con fuerza y convierte en sospechoso de un acto atroz. Es el único superviviente del incendio de la casa familiar, motivo central de un primer episodio ciertamente angustioso. Después de salir de un coma, debe afrontar la constatación que el siniestro tiene poco de fortuito y se revela tapadera de un cuádruple homicidio. La mujer, las niñas y él mismo habían sido inyectados previamente con alguna sustancia. Y lo que es peor, la habitación infantil estaba cerrada a cal y canto con un candado. La investigación consiguiente altera para siempre la existencia del superviviente y su relación con la pareja formada por Jess y Steve. Ella es maestra, la mejor amiga de la madre fallecida; él es el policía que acudió a socorrer a las víctimas del fuego y vive atormentado por no haber podido salvar al resto.

Catarsis: capacidad de la tragedia de purificar las bajas pasiones del público, al asistir en directo al castigo que sufren los personajes de ficción sometidos a los mismos instintos

El incendio se permite ahondar en los comportamientos de los protagonistas porque no aspira a abarcar el retrato colectivo de toda una comunidad. Reduce el tablero de juego a cuatro peones principales, contando con los recuerdos del pasado de Kate, la mujer de Tom, y centrifugando la acción en todas direcciones mediante el uso frecuente de flashbacks. Es cierto que los hijos de un matrimonio anterior de Steve, traumatizados por la muerte de sus amigas, así como Carol, la madre de Tom, que no parece muy contenta de la recuperación de su hijo, tienen algo que aportar a la madeja. Pero en lo básico esta es la crónica de las medias verdades y los comportamientos abusivos que pueden acabar emponzoñando la relación de dos parejas amigas, de esas que lo hacen todo juntas. Probablemente ya lo intuyó Bergman. Si hay algo peor desde el punto de vista psicoanalítico que las escenas de un matrimonio, son las escenas de dos matrimonios. El más difícil todavía consiste en disfrazar de suspense adictivo a lo Agatha Christie (el «quién lo hizo» se convierte aquí en un «quien la quemó») lo que en el fondo es un drama familiar, salpimentado con algunas situaciones cercanas al culebrón. Ahí está la experiencia de la guionista Daisy Coulam en Eastenders, una auténtica institución en la Gran Bretaña, boa constrictor más que culebra, en antena desde el 1985. Afortunadamente, la solidez del reparto y la contundente brevedad de la historia consiguen esquivar la deriva más folletinesca, pese a algún flashback previsible que raya en el tópico más sobado, casi de thriller erótico de los 90.

Estamos ante un suceso terrible que actúa como auténtica catarsis, aunque sospecho que en pleno siglo XXI el uso que le damos a este palabro griego difiere bastante del original. Seguro que siendo lector frecuente, no tan sólo de los artículos de Serielizados, ya sabes que Catarsis no es una discoteca poligonera de moda, pero permitámonos tirar de cita molona. En su Poética, Aristóteles se refiere a ella como la capacidad de la tragedia de purificar las más bajas pasiones del público, al asistir en directo al castigo que sufren los personajes de ficción sometidos a esos mismos instintos. Vamos, que si alguna vez te han entrado ganas de acuchillar a alguien (hipótesis nada improbable teniendo en cuenta los niveles de estupidez y agresividad ajena a los que se ve sometida una persona que ose convivir en sociedad), certificar sobre un escenario los estragos que tal decisión conlleva, no sólo la culpa legal sino también la moral, la que uno carga en su conciencia, al final optas por el sentido común y no lo haces. ¡La de hijos que se han ahorrado enamorarse de la madre gracias a las andanzas de un tal Edipo! Así pues, el fuego que tantos cultos religiosos han considerado purificador, y sobre todo aquello que ha pretendido ocultar, opera aquí como un bálsamo contradictorio, pero sólo para el espectador, que desde su sofá es testigo cómodo del drama. Al fin y al cabo, la catarsis consiste en respirar aliviados y alimentar ese Tamagotchi mezquino y egoísta que anida en nuestro interior, obsesionado en comprobar periódicamente que siempre hay quien está mucho peor.

El incendio está disponible en Filmin desde enero de 2020.

Hablaba del preciso reparto de El incendio: a la actriz Anna Madeley (la fallecida Kate) la hemos visto en Utopia y The Crown; Matthew McNulty (el policía Steve) formó parte de la tripulación de The Terror y un poco más atrás estuvo en Misfits; y por supuesto, Cush Jumbo, a quien la media melena rizada nos hace difícil reconocerla como la insustituible Lucca Quinn de The good fight. Su papel de Jesse, construido a partir de un malestar que arde en lo más profundo, otro tipo de fuego menos visible, es el contrapeso al auténtico pilar dramático de la trama, el enigmático Tom, a cargo del actor más popular del cuarteto. Para muchos esta va a ser por encima de todo la nueva serie de David Tennant. Y la verdad es que es una elección de casting difícilmente cuestionable. No sé qué pensaréis vosotros, pero la mirada de Tennant suele provocar escalofríos. Lo podéis ver simpático y dicharachero en las fotos que le piden los fans, pero cuando se enciende el piloto rojo, activa algo en él que le reviste de misterio y nos hace temer que hay gato encerrado, que no está del todo presente en ese momento y lugar porque alguna sinapsis de su mente está concentrada en realidades mucho más lúgubres de lo que podamos llegar a imaginar. Su silencio está cargado de significados que sólo es posible descifrar con el tiempo. No le vemos llorar demasiado después del incendio, y no sabemos si es por frialdad psicopática o por shock postraumático. En base a esa ambigüedad construye El incendio buena parte de su recorrido, consiguiendo captar nuestra atención sin soltarnos ni un momento.

No es casualidad que dos de sus trabajos recientes hayan explotado esa baza. De acuerdo, fue el décimo Doctor Who durante tres temporadas y unos cincuenta episodios. Eso no se lo discute nadie. Pero cuesta mucho confiar en Tennant tras haberle visto en la piel de Kilgrave, el villano que se enfrentaba a Jessica Jones en la primera temporada de la serie homónima, ayudado por sus dotes de mentalismo y manipulación, o en la del sospechoso de haber asesinado a su hijastra que era interrogado en uno de los episodios de Criminal, otro personaje parapetado tras el silencio, en el tramo británico de esa producción paneuropea rodada en los estudios madrileños de Tres Cantos. Paradójicamente, el ser más empático que le hemos visto interpretar en los últimos meses ha sido el demonio preocupado por la llegada del Anticristo en Good Omens. En general, nos basta con su mirada esquiva y algo gélida para indicar que, bajo la aparente placidez de una fiesta en un granero o un picnic de aniversario en la playa, se oculta la mugre. En este caso es una mugre acumulada por años de convivencia y cotidianidad, que no esquiva temas tan delicados como la infidelidad, la envidia, la depresión postparto o el maltrato psicológico, trazando las debilidades de la condición masculina con una honestidad brutal que quizás no hubiera calado tan hondo en una ficción escrita y dirigida por hombres.

Escrito por Josep Maria Bunyol en mayo 2020.

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