Kevin Costner y el peso del legado
'Yellowstone'

Kevin Costner y el peso del legado

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Las dos primeras temporadas de 'Yellowstone' pueden verse a través de Paramount Network España.

La tardía llegada a España de ‘Yellowstone’, todo un (pequeño) fenómeno en la televisión por cable estadounidense, refleja sin quererlo el espíritu de una serie a contracorriente, mezcla de western y culebrón, en la que Kevin Costner pasea su inmarchitable carisma sin despeinarse.

John Dutton es un ganadero de Montana, orgulloso poseedor del rancho más grande de los Estados Unidos. Es un tipo hecho a sí mismo, por supuesto chapado a la antigua, quizás el último de su estirpe que mantiene inalterable su fe en la ley del Oeste y en el ojo por ojo. Viudo y padre de cuatro hijos a los que ha educado para sobrevivir en un mundo de serpientes y puñaladas, o disparos por la espalda, obsesionado con el legado (hijo mío, algún día todo esto será tuyo), empeñado en que su prole mantenga y continúe haciendo crecer su poder en la zona, Dutton está acostumbrado a hacer y deshacer, a colocar con su dedo a gobernadores y fiscales generales, y a pisotear los derechos de los nativos americanos de la reserva vecina.

Cualquier tiempo pasado fue mejor para este tipo traumatizado por la muerte de su mujer. En una reveladora escena de la primera temporada de Yellowstone, unos turistas japoneses fotografían a un oso (el enfermo cerebro del arriba firmante no puede evitar encontrar un simpático homenaje a Yogui y Bubu, aquellos entrañables habitantes del ficticio parque de Jellystone, que hicieron disfrutar a toda una generación de críos) invadiendo sin contemplaciones las tierras de nuestro hombre: Dutton, escopeta en mano, les pide amablemente que se larguen de sus posesiones. Y cuando uno de los intrusos le desafía, «un único hombre no debería ser el dueño de todo esto, tendría que repartirlo», el impertérrito protagonista de la serie responde: «Esto es América, aquí no compartimos la tierra». Dos tiros al aire y una tropa de japoneses huyendo despavoridos.

Dutton es la ley, y el defensor de un estilo de vida que se resiste a desaparecer. La primera temporada de esta serie pone en jaque el status quo del hombre al que, hasta ahora, nadie tosía. Le están perdiendo el respeto, o el miedo, y le salen enemigos de debajo de las piedras, en forma de inversores, políticos o asociaciones medioambientales e, incluso, en su propia casa.

La esencia de Yellowstone incluye a vaqueros marcados en el pecho como reses para asegurar una fidelidad a prueba de bombas, conflictos constantes entre el hombre blanco invasor y el indio al que  el paso del tiempo no ha hecho olvidar el saqueo que sufrió su pueblo (y que hoy se traduce en su miseria, si no posee un casino), rodeos y subastas de ganado, caballos por domar, alianzas contra natura y conspiraciones para acabar con la influencia del terrateniente, y un puñado de flashbacks que nos ayudan a comprender las particularidades de una familia dominada por el odio y la venganza.

Sheridan y el neo-western

Escrita y dirigida por Taylor Sheridan, Yellowstone es un paso natural para el guionista de Sicario (y su secuela, El día del soldado), Comanchería (que le supuso una nominación al Oscar) y Wind River (que también dirigió). Aunque la contención y austeridad dramatúrgica de aquellas se desparrama en formato episódico, el escritor mantiene esas constantes temáticas herederas del tiempo que pasó instalado en una reserva india de Dakota del Sur, cuando se cansó de no encontrar trabajo en Hollywood. Aspirante a actor en aquellos tiempos (su mayor éxito ante la cámara serían sus tres temporadas en Sons of Anarchy), se integró entre arapahoes y shoshones, y empezó a preocuparse por aquel pueblo roto, que vivía en medio de una pobreza sistémica y violenta.

En Yellowstone, esa mezcla entre el hombre blanco y el piel roja que experimentó se traduce en la peripecia (quizás excesivamente accidentada, imán para los problemas) del menor de los Dutton, casado con una india, padre de un niño mestizo, e hijo pródigo, el único marcado con la Y en el pecho capaz de largarse del rancho familiar. Aunque incapaz, pese a ímprobos esfuerzos, de cortar el cordón umbilical del todo.

Aquí Costner ya no es el héroe de una pieza, los oscuros pesan más que los claros, los escrúpulos se han fundido y la ambición no descansa

En todo caso, aquí Sheridan amplía el foco, y pierde fuelle respecto a sus películas. Eso no impide la buena digestión de esta testosterónica tragedia griega, shakespeariana o de culebrón ochentero. Uno, o la imaginación de uno, puede oler influencias tan dispares como Lanza rota (aquel clásico de Edward Dmytryck en el que el patriarca Spencer Tracy y sus retoños, Richard Widmark y Robert Wagner, llevaban al límite sus disputas familiares), la icónica Dallas (la sombra de JR Ewing sigue siendo alargada) o, en otro contexto, la aplaudida Succession.

Hay también en Yellowstone decisiones de guion desmesuradas, algunas incluso ridículas. Y un personaje femenino, el de Beth Dutton (interpretado con ímpetu y convicción por Kelly Reilly), que abunda en un cliché que sobrevuela en cada rincón de la serie: «Voy a convertirte en el hombre que la mayoría de hombres nunca podrá ser», le dijo su madre el día de su primera regla, creando a la devorahombres sin escrúpulos, aunque con corazoncito escondido, que se merienda a los tíos usando su cerebro, o su cuerpo, o lo que haga falta. Y que regala episodios de humillación a uno de sus hermanos, el pusilánime abogado de la familia, aspirante a fiscal general, indigno a ojos paternos de su significativo apellido.

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La actriz Kelly Reilly interpreta a Beth Dutton en ‘Yellowstone’ / Paramount

Kevin Costner, el puto amo

Y llegamos al verdadero motor del asunto, al jefe de todo esto, a la mayor razón de ser de Yellowstone (y de engancharse a ella): Kevin Costner, el Gary Cooper de nuestros días. Como Coop, el que fuera Eliot Ness y bailara con lobos ha ido madurando y ampliando los márgenes de sus personajes: sin perder, más bien aumentando, su tremendo carisma, aquí Costner ya no es el héroe de una pieza, los oscuros pesan más que los claros, los escrúpulos se han fundido y la ambición no descansa. Su John Dutton se asemeja a tantos malos de western, solo que en su coyuntura no hay buenos. Los tiburones se multiplican y pelean contra pirañas, y nuestro hombre es un cabronazo entre cabronazos. Lleno de traumas, sí, pero cabronazo al fin y al cabo.

Hay apenas dos escenas, dos, de paz familiar: de nuevo aparece la enferma mente cinéfila del arriba firmante creyendo (o queriendo creer) que en una de ellas hay un indisimulado homenaje a Clint Eastwood, con Costner charlando con su nieto ante una fogata, como hacía el fugado perseguido de la maravillosa Un mundo perfecto. Ojo, el sexto episodio empieza con una escena punteada con la música de Sin perdón, así que quizás la mencionada mente no esté tan enferma. Y es que cada gesto, cada mirada, cada arruga del rostro de Kevin Costner, representa las esencias del western clásico y de la narrativa tradicional; la autenticidad de las estrellas esculpidas con el mismo mármol que Eastwood o Cooper.

Es probable que el éxito de Yellowstone en Estados Unidos se encuentre en ese espectador que se rebela ante la dictadura de las plataformas: pequeño fenómeno de la televisión por cable, llega a España con el retraso propio de otros tiempos, tres años después de su estreno, y con una cuarta temporada en marcha. Como el de los Dutton, un estilo de vida que se resiste a desaparecer.

Escrito por Àlex Montoya en febrero 2021.

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