‘True Detective’ en esencia
Serielizados Fest Premieres

‘True Detective’ en esencia

Crónica trasnochada de la premiere de la tercera temporada de 'True Detective' en la sala Phenomena.

Juego a trazar líneas imaginarias que unen las estrellas del firmamento. Solo hay tres. Esto es Barcelona. Nuestras noches no tienen estrellas. Solo puedo dibujar un triángulo. Una y otra vez. Es tan aburrido como hipnótico. Me pregunto si Dios, desde su trono de nubes, jugará a trazar líneas imaginarias que unen las cabezas de nosotros, los humanos, la más sublime de sus obras imperfectas. De ser así, aquí, en la entrada de la sala Phenomena, tiene un montón de cabezas para imaginar un montón de líneas que dibujen un montón de figuras imposibles. Aunque, de existir, no creo que a Dios le gusten los juegos. Es un pirómano y el mundo un incendio. Basta. Aún no he entrado al cine para ver el preestreno de la tercera temporada de True Detective y ya estoy transmutando en Rust Cohle. Te pido perdón, Dios, como una jauría de lobos pide perdón a la Luna por despertarla con sus aullidos. Joder. Otra vez.

La cola para entrar al Phenomena tuerce la esquina y la vuelve a torcer. La gente espera en la calle e intenta ahuyentar el frío frotando las manos y dando pequeñas coces al suelo. Los comercios atienden a los últimos clientes del día. El ruido de persianas echando el cierre me recuerda al sonajero de un gigante. En el luminoso de la entrada de los cines, un letrero rodeado de bombillas indecisas -se apagan, se encienden, se apagan, se encienden- anuncia que es noche de True Detective. Vaya sí lo es. En un cartel, el rostro alicaído de Mahershala Ali observa a los asistentes a la premiere que hacen cola. Nadie le sostiene la mirada. Sus ojos son tristeza. Te invitan a pedir perdón por un crimen que jamás cometiste. Eso es buena señal. HBO ha acertado con el protagonista de la tercera temporada de esta serie de detectives emocionalmente desintegrados.

“Phenomena. True Detective. Serielizados Fest Premieres. HBO España”

Entro en el cine un poco antes que todo el mundo. Me recibe una impoluta moqueta roja. Es gruesa y al pisarla uno experimenta cierta ingravidez. Resulta agradable, despierta la sensación de ir en pantuflas. En una mesa, una batería de pizzas de La Locanda Pizza esperan a ser devoradas. Esa mesa es un corredor de la muerte para ellas. Afuera hay decenas de estómagos vacíos que no tendrán piedad alguna. A sabiendas del holocausto alimenticio que está por llegar, corto un trozo y lo envuelvo en papel. Lo escondo dentro de la cabina telefónica londinense que decora el hall del cine. Allí dentro pienso en descolgar el teléfono y llamar. Decido que es mejor no hacerlo. No podría soportar volver a escuchar su voz en el contestador.

Mientras estoy saliendo de la cabina, la muchedumbre empieza a entrar al cine. Son muchos y todos sonríen, mas no me creo todas las sonrisas que veo. Alguna de ellas miente. La del chico de cabeza rapada y gafas marrones, por ejemplo. Demasiado estridente. O la del tipo que acaba de comprar dos cervezas y se las bebe a tragos alternos. Cuando le hablan, su sonrisa no es más que un leve arqueo de cejas y de la mitad izquierda de sus labios. O la de la mujer con falda larga y botines decorados con lentejuelas. Mira al techo cada vez que ríe, evitando la mirada de su interlocutor. Me gustan. Una serie donde lo oculto lo es todo hay que venir a verla ocultando algo. Más tarde, en casa, ya rendirás cuentas con el espejo y el distorsionado reflejo de ti mismo que brote de él.

Los más precavidos empiezan a entrar en la sala. Les acompaño. Luce preciosa. Un telón rojo se derrama sobre el escenario como si fuera vino. Sobre dicho telón, un proyección reza: “PhenomenaTrue Detective. Serielizados Fest Premieres. HBO España”. Así que es verdad. No era un sueño. Tras esa colosal tela aguarda una pantalla, ahora sordomuda, que nos ofrecerá un exquisito manjar seriéfilo días antes que el resto del mundo pueda catarlo. El pecho se me hincha y el aire que inspiro me sabe a domingo por la mañana. ¿Será felicidad? He oído hablar de ella. Y también del Hombre del Saco. Ninguno de los dos ha picado jamás a la puerta de mi casa. Aunque en la primera temporada True Detective nos trajo a un ser muy parecido al Hombre del Saco. Ojalá eso signifique que esta nueva entrega nos traiga felicidad. La sala empieza a estar muy llena. Es momento de ir a por mi trozo de pizza, tomar asiento y disfrutar del episodio.

Mi sangre se convierte en mercurio. Mis músculos se tornan en granito. Un avispero en mis sienes. Cuando desenvuelvo el papel, mi trozo de pizza sigue allí. A medias. Hay un gran mordisco en él. Está mutilado, macabramente despedazado por una inmisericorde dentellada. La semicircunferencia que dibuja el mordisco no es perfecta. Una pequeña porción de pizza en forma rectangular ha sobrevivido donde debería haber vacío. Eso solo puede significar que al culpable del asesinato de mi pizza le falta un diente. Y a tenor de la zona del mordisco donde está la imperfección, al asesino le falta un incisivo lateral. Yo te maldigo, sombra desdentada. Te encontraré.

Vuelo corriendo a la sala y me dejo caer en una butaca, derrotado. En mi regazo, el cadáver de pizza. Lloro en la oscuridad. Suerte de la oscuridad. Me hace sentir seguro. Por eso me gusta tanto estar en una sala de cine por la noche. Es oscuridad al cuadrado. La de la noche y la de la sala. Doble recubrimiento. Es como volver a la barriga de mi madre. La butaca me abraza y noto como mi ánimo se recompone. Daré con el malhechor. Me llevo a la boca un cigarro que no existe y un halo de luz despierta la pantalla que se sitúa frente a todos los que hemos venido al preestreno. Uno de ellos es un homicida. Un pizzacida. Lo que sea. Una mala persona. Aplausos. Van al ritmo de mis latidos. Esto empieza. Mis pupilas dilatadas son fauces. Ahí esta. True Detective, temporada tres, episodio uno.

60 minutos después…

Salto temporal. Este capítulo que acabo de ver lo ha escrito un demonio al que besaría en la frente. Spoiler: es una maravilla. Spoiler: vuelta a la esencia de la primera temporada. Spoiler: te va a encantar. Aplausos de nuevo. Yo incluido. De la euforia incluso me he levantado para hacer repicar mis manos con más ímpetu, olvidándome del difunto trozo de pizza. Cae al suelo. Lo veo allí, inerte y gris, y no puedo evitar pensar en la última escena del episodio. Debo encontrar al que ha hecho esto. De vuelta al hall, hay un pica pica. La gente se agolpa alrededor de las aceitunas y los frutos secos como buscadores de oro en el filón de una mina. Manos agresivas y sin aparente dueño surgen de entre la masa en busca de una triste patata. Es una jungla. Ante este sórdido espectáculo, yo acuno a mi trozo de pizza y empiezo a buscar a su verdugo.

El plan es sencillo. Ver la dentadura a todos los presentes. Voy uno por uno preguntando qué les ha parecido el capítulo. “Maravilloso”, “espectacular”, “acojonante”, “tochísimo”, “guapo que te cagas”, “soberbio”. Muchas formas distintas de decir lo mismo. Pero mi pregunta no es más que un pretexto para ver los dientes a quienes me responden. Por ahora, todos perfectos. Parezco un tasador de caballos. Preguntas y más preguntas a gente y más gente, pero no doy con el culpable. Me desespero. El cine se va vaciando poco a poco y entiendo que lo más probable es que haya escapado. Quien sabe, a lo mejor mañana está en otro cine mordiendo pizzas ajenas de nuevo. La impotencia es total y absoluta. Hola, abatimiento, entra, entra, ya sabes que estás en tu casa.

Me siento en un sillón y observo la gente marchar. Decido que es momento de enterrar el cadáver. Lo coloco con mimo sobre uno de los platos donde había aceitunas. El aceite embalsamará su cuerpo. Serás eterna, pizza. Antes de irme, con la sala ya prácticamente vacía, decido que me compraré una cerveza para tomar de camino a casa. El alcohol cura la pena, a excepción de la que es de verdad. Voy hasta el surtidor y me pongo detrás del hombre al que están atendiendo. Cuando se vuelve, es el hombre de la dos cervezas que había visto antes de la proyección. Ha comprado dos más. Da un sorbo a cada uno y me mira. Sonríe como antes, arqueando una ceja y la parte izquierda de los labios, sin despegarlos. Le devuelvo una sonrisa igual de artificial y él se va. Entonces en mi mente estalla un obús de clarividencia. Me giro raudo, el hombre está a punto de salir por la puerta. A sus espaldas, miento a grito pelado: “¡Pues a mi no me ha gustado el capítulo!”. El tipo se voltea hacia mí y me mira con condescendencia. “¿Estás majara?”, me pregunta. Es en la segunda sílaba de majara cuando su boca se abre lo suficiente como para confirmar mis sospechas. Le falta un incisivo. “No, no lo estoy. El capítulo me ha gustado, claro que me ha gustado. No soy un loco. Y tampoco un asesino. ¿Puedes decir tú lo mismo? Sé lo que le has hecho a esa pizza, desalmado”, le respondo. Se queda ojiplático. Ahora ya puedo marchar en paz. Emprendo el camino y al pasar por su lado ni le miro a la cara. Estoy sonriendo. Una sonrisa sincera. Dos hilos invisibles, el de la verdad y el de la justicia, tiran de mis labios desde las alturas para dibujarla.

Al salir del Phenomena, alzo mi vista al cielo negro. Ya no hay tres estrellas. Una más se ha añadido a la fiesta, ahora son cuatro en total. Sé que es mi pizza, ahora resplandeciente y eterna. Como diría mi compadre Rust Cohle, la luz está ganando.

Escrito por Marc Renton en enero 2019.

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