‘Los amos del aire’ no es una serie sobre la guerra: es la guerra
Crítica de la serie (Apple TV+)

‘Los amos del aire’ no es una serie sobre la guerra: es la guerra

Si no existiera 'Hermanos de sangre', resultaría imposible pensar que se ha hecho una serie bélica mejor que 'Los amos del aire'. Es una cuestión de sentido común, producción y expectativas.
Los amos del aire

Callum Turner es el Mayor John 'Bucky' Egan en 'Los amos del aire'.

En Los amos del aire, Tom Hanks y Steven Spielberg concluyen su trilogía de la Segunda Guerra Mundial con fuegos artificiales y un show impecable. Si el análisis se limita al juicio a esta entrada final, no hay nada (malo) que decir: la serie es una auténtica gozada.

Tiene todo lo que podrías pedirle y luego un poco más. Está magníficamente interpretada, filmada con un talento descomunal y acabada con el mismo tacto meticuloso que un artesano pondría en rematar un reloj suizo. Los amos del aire no es Hermanos de sangre, pero es cien veces mejor que la fallida The pacific y se acerca peligrosamente al sagrado territorio de la primera entrega de esta trilogía.

Para cualquiera que se atreva escribir sobre la serie de Apple TV+ no deja de ser un reto acercarse a ella como entidad individual y no como parte de un conjunto. Y sin embargo es imposible no hacerlo, del mismo modo que es muy difícil mirar una serie sobre un capo mafioso que va a terapia y no pensar en Tony Soprano.

El cierre de trilogía bélica de Spielberg y Hanks late con fuerza

La memoria seriéfila es una cosa perversa: cuando empieza Los amos del aire, uno se acuerda de Currahee; cuando se presentan los personajes uno se acuerda de Damien Lewis y cuando concluye la serie, uno se acuerda del discurso de aquel oficial alemán a sus hombres.

Los amos del aire

Los ‘Top Gun’ de la Segunda Guerra Mundial.

Y no es que Austin Butler, Callum Turner o Anthony Boyle no sean magníficos actores y que la serie no esté bien ensamblada, pero sacudirse los fantasmas de tus antepasados, como si fueras un Scrooge de los aliados, es algo extremadamente complejo. Y, sin embargo, como el tahúr que aún guarda unos cuantos ases bajo la manga, la tercera entrega de la trilogía late con la fuerza de un tipo que se ha metido entre pecho y espalda una bañera de vitaminas antes de aporrear un gigantesco tambor.

Pocas veces se ha visto en la pequeña pantalla (o en la grande) tal ambición visual, comandada por ese diamante pulido llamado Cary Joji Fukunaga, un realizador que convierte las batallas aéreas en auténticas obras maestras.

Un lugar en el que ir a morir

Los amos del aire cuenta la historia del 100º Grupo de Bombarderos de la Octava Fuerza Aérea de los Estados Unidos, una de las compañías de aviadores más relevantes de la Segunda Guerra Mundial y los encargados de martillear a la Alemania nazi, día sí y día también, en misiones que muchas veces tenían alma suicida.

La 100 era un arma temible, pero también un lugar al que se iba a morir, metidos en fortalezas volantes llenas de rincones diminutos que proyectan en el espectador una inevitable sensación de claustrofobia. No era sencillo meter una cámara en un espacio en el que la prioridad eran las bombas, pero el show exhibe una enorme dosis de destreza a la hora de mostrar la vida (y la ausencia de ella) en esos barriles gigantes de chatarra que eran una invitación para la artillería teutona que quería jugar al tiro al blanco.

‘Los amos del aire’ es una delicia. No hay en ella ni rastro de la deriva narrativa que tanto daño hizo a ‘The pacific’ y se nota el guion de pluma estilográfica que trata de equilibrar la gran distancia (literal y figuradamente) entre el suelo y el cielo.

Los actores son fenomenales y la serie hasta se permite el lujo de matar a uno de los protagonistas de una forma aleatoria, sin últimas palabras, de forma completamente inesperada, aunque luego lo compense resucitando a otro con la misma dosis de capricho. Es su manera de contarle al espectador que lo importante no son esos rostros que desencadenan la destrucción en mayúsculas porque alguien debe hacerlo, ni siquiera la propia destrucción. Lo importante es la misión.

El bando correcto en el momento correcto

Los amos del aire evita con destreza tener que pagar el peaje que conlleva la historia que pretende contar: si en los rangos de la infantería es sencillo agarrar al vuelo la épica del desconocido y calzarse los zapatos del chaval que se pateó Francia y Alemania siguiendo la brújula en cuyo norte se agazapaba el mal absoluto, cuando se trata de la aviación, con sus chaquetas de cuello alzado y sus bigotes de señor inglés resabiado, la cosa es mucho más complicada.

Puede que no sea ‘Hermanos de sangre’ pero –digámoslo ya– ni puñetera falta le hace.

No importa su condición de héroes, ni la cruda intensidad con la que arriesgaban sus vidas cada vez que subían a un avión porque existe una distancia inabarcable entre los camaradas de trinchera que combatían a diario en el fango del campo de batalla y la élite que surcaba los cielos en sus aviones para destruir los nidos en los que se abastecía el enemigo.

Los amos del aire

‘Los amos del aire’ terminará su andadura en Apple TV+ el próximo 15 de marzo.

Nadie podría cuestionar el valor de los segundos, pero puestos a empatizar, lo de los primeros siempre nos resultará mucho más cercano: ese tipo que podríamos haber sido en otro momento y en otro lugar. Y aun así, el espectador se agarra a las ruedas de sus aviones y se bate con los cazas enemigos porque ¿Quién no querría saber que está en el bando correcto en el momento correcto?.

La distancia entre suelo y cielo en ‘Los amos del aire’

Los amos del aire es una delicia. No hay en ella ni rastro de la deriva narrativa que tanto daño hizo a The pacific y se nota el guion de pluma estilográfica que trata de equilibrar la gran distancia (literal y figuradamente) entre el suelo y el cielo. Los personajes que pueblan la serie de Apple TV+ son unos arriba y otros abajo y si no fuera porque los de abajo recuerdan lo que ha pasado arriba, Severance no sería un mal referente a la hora de tratar de explicar qué significa volar dentro de una caldera del mismísimo infierno y tratar luego de vivir una vida completamente alejada de todo aquel purgatorio.

Es cierto que hay cierta sensación de artificio en esos momentos en el que se saca a los aviadores de sus refugios y se les suelta en territorio enemigo, pero, aun así, las escenas llegan de forma nítida al espectador. Es difícil olvidar el momento en que uno de los protagonistas sufre en tierra las iras de una turba que lo ha perdido todo por su culpa o el paso del tren lleno de prisioneros hacinados, camino de un destino letal. En eso, Los amos del aire comparte ancho de banda con Hermanos de sangre.

Los amos del aire

Bel Powley y Anthony Boyle en un fotograma de la serie de Apple TV+.

En la primera, los nazis nunca eran solo el enemigo y la propia anti-épica de la serie les mostraba como soldados metidos en la misma clase de charco sucio que pisaban los aliados. No había más juicio que ése, aunque –obviamente– no se olvidaba que los fanáticos que poblaban las divisiones armadas de las SS no eran lo mismo que los tipos de la Wehrmacht que habían sido reclutados para la contienda. Por eso había cierta empatía con los prisioneros de guerra, pero también un descomunal episodio sobre la liberación de un campo de concentración; en la segunda, el educadísimo interrogador alemán contrasta con el gatillo fácil de todos los matarifes nazis con los que se cruzan los protagonistas y la estancia de algunos de los soldados en un stalag teutón, con la única esperanza de recibir (buenas) noticias del frente.

‘Los amos del aire’ y la realeza del ejército

Los amos del aire es una serie bélica de pureza intachable, una extraordinaria visión sobre la importancia del aire en la guerra por el dominio de Europa. Pero también es algo más, porque donde el show revienta cualquier expectativa es en la contemplación de la mayoría silenciosa que formaban aquellos hombres. Cuando la serie se olvida de los héroes, y recuerda con empeño de escriba a todos aquellos que tuvieron miedo, a los que se tropezaron, a los que lo hicieron porque no tenían otro remedio: de los que fueron allí a su pesar. Simplemente, porque había que ir.

Puede que esta última entrega de la trilogía aliada persiguiera precisamente eso: mostrar el contraste entre el hecho de que los oficiales de aviación eran considerados la realeza del ejército cuando en realidad nadie arriesgó tanto ni registró tantas bajas para conseguir que Hitler fracasara en su misión.

Así que, muy probablemente, si no existiera Los amos del aire, habría que inventarla inmediatamente. Puede que no sea Hermanos de sangre pero –digámoslo ya– ni puñetera falta le hace.

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