'Los Farad', crítica de la serie: Marbella Vice | Serielizados
Crítica de la serie (Prime Video)

‘Los Farad’: Marbella Vice

El director Mariano Barroso y el guionista Alejandro Hernández firman para Prime Video 'Los Farad', una ficción sobre el tráfico de armas en la Marbella de los 80 que pierde enfoque a medida que avanza pero en la que brillan Susana Abaitua y Pedro Casablanc.
Los Farad

'Los Farad' son la familia de traficantes de armas que centran el relato de esta ficicón de Prime Video.

Uno de los rostros más reconocibles de la infinita noche marbellí que se extendió a lo largo de la década de los ochenta fue el del empresario saudí Adnan Kashoggi. Su rechoncha figura aparecía al lado de los más insignes miembros de la jet set mundial en una operación cosmética que le servía para limpiar las muchas impurezas que afeaban su reputación. Su negocio de importación y exportación de armas necesitaba una fachada de respetabilidad que disimulara la ostentosa exhibición de una fortuna labrada sobre campos de cadáveres. 

Algunos de los episodios que jalonaron su procelosa biografía son fácilmente rastreables en Los Farad, sexta colaboración entre el director Mariano Barroso y el guionista Alejandro Hernández, centrada en una familia de traficantes de armamento comandada por Leo (Pedro Casablanc) y residente en la lujosa ciudad de la Costa del Sol, quien sabe si elegida para que su clima bonancible suavice los sofocos que provoca una actividad empresarial tan agitada.

De hecho, el destape del escándalo Irán-Contra que aquí funciona como plot twist provocó la detención del popular magnate saudí y supuso el inicio de su caída en desgracia, culminada tras ser juzgado en Suiza acusado de blanquear 100 millones de dólares procedentes de la fortuna que el dictador Ferdinand Marcos sacó de Filipinas (otro nombre que también aparece en la producción estrenada por Prime Video). 

Los Farad

Pedro Casablanc como Leo Farad, en su nivel de excelencia habitual.

En lugar de volcar esas eventualidades procedentes de la vida del millonario en un solo personaje, Hernández y Barroso atienden a la política de bloques de la Guerra Fría y reparten la clientela –Kashoggi nunca tuvo escrúpulos a lo ahora de vender sus artículos a cualquier comprador que fuese fiable en sus pagos– entre dos antagonistas: Leo Farad, que trabaja con los países integrados en el bloque comunista, y Abdel Mawad (Igal Naor), que distribuye sus codiciados productos entre los miembros de la OTAN y naciones afines. 

La voz en off conduce un relato que, sin embargo, no respeta la unicidad del punto de vista y se bifurca en distintas focalizaciones.

Esa subdivisión obedece al interés didáctico de la propuesta, por momentos casi un artículo divulgativo de la ‘Reader’s Digest’ sobre aquel periodo especialmente convulso de la historia reciente; eso sí, siempre equipado con el uniforme de camuflaje del entretenimiento. Para que ese afán pedagógico no resulte cargante, los guionistas se sirven de Óscar (Miguel Herrán), un joven madrileño de extracción humilde que da clases en un gimnasio, como vehículo de entrada a un submundo que, en realidad, funciona como metáfora de la situación geopolítica que mantuvo en vilo al planeta durante más de cuatro décadas.

A Óscar se le se le abren las puertas del paraíso cuando, por casualidad, conoce a Sara Farad (Susana Abaitua), la única de los tres hijos de Leo capacitada para intervenir en el negocio familiar. Su desconocimiento no ya de la organización empresarial de la que participa la que será su futura esposa, sino de la situación política en general, son el pretexto ideal para impartir breves lecciones de historia filtradas por el prisma del desencanto que se refleja sobre el comunismo, especialmente en el sexto episodio, en una propuesta en la que lo geopolítico y lo familiar van de la mano. Al igual que en El señor de la guerra (Andrew Niccol, 2005), se nos explica con todo lujo de detalles como funciona el comercio mundial de la compraventa de armas. 

La voz en off de ese treintañero calculador y esforzado conduce un relato que, sin embargo, no respeta la unicidad del punto de vista y se bifurca en distintas focalizaciones. Hay, en ese sentido, una querencia por la digresión que no beneficia a una serie en exceso expansiva que, a lo largo de sus ocho capítulos, nos presenta situaciones de corte similar que bien podrían haberse suprimido sin que ello afectase al núcleo de la historia. Esa mirada multifocal desemboca en claros desequilibrios.

Los Farad

Miguel Hernán es Óscar, el protagonista y narrador de ‘Los Farad’.

Hay personajes apenas desarrollados, como es el caso de Tania (Amparo Piñero), la hija menor y aspirante a estrella del pop. Otros que se mueven entre el utilitarismo y el cliché, como sucede con la extraña (y poco creíble) pareja que forman Manuel (Fernando Tejero), tío de Óscar, y Hugo (Adam Jezierski), el hijo díscolo y estúpido de los Farad.

Si el segundo es un Fredo Corleone adquirido en Aliexpress sin apenas evolución ni matices, su veterano compañero aparece y desaparece a voluntad para terminar enamorándose de Hugo, a quien le han ordenado controlar no sea que tenga un accidente esquiando por alguna de las montañas de cocaína que surca a diario.

Todas estas tramas secundarias palidecen al lado de la liderada por Sara, sin duda el personaje más interesante de ‘Los Farad’.

Sucede que a Manuel le gusta la jarana más que a un cantaor levantarse tarde, y se engolosina con tanto yate, tanto whisky de malta y tanta farlopa y acaba por perder el oremus. El romance y los vaivenes erótico-festivos de ambos son endebles, tanto que necesitan de una explicativa secuencia final para que entendamos por qué Manuel, exminero al que dejó su esposa, se comporta como lo hace.

En general, en Los Farad hay sobreabundancia de explicaciones (¿cuántas veces se nos dice que Hugo es un cabestro?) que queda muy patente en el cuarto episodio, cuando Óscar, situado en la cubierta del barco familiar, atiende en alta mar la llegada de un cargamento que se retrasa. Cuando las lanchas que portan las armas aparezcan y él dé la voz, veremos salir del interior de la nave a Manuel y a Hugo, los dos terminando de vestirse, quedando claro que la supervisión ha derivado en encamamiento sin necesidad de que nadie nos lo diga… algo que la voz en off verbalizará justo después.

Los Farad

Un clásico del género de gángsters: la boda de la hija.

Todas estas tramas secundarias palidecen al lado de la liderada por Sara, sin duda el personaje más interesante de este teleficción, no solo por las contradicciones que la embargan surgidas  de la inestable aleación entre ambición y lealtad o por la compleja relación que mantiene con su padre, sino, sobre todo, porque Susana Abaitua se erige como la verdadera protagonista del show, por más que la voice over diga lo contrario. Su recital interpretativo, que amplifica su potencia cuando se proyecta sobre la actuación de un Pedro Casablanc en el nivel de excelencia habitual, es de los que consigue imantar la mirada de un espectador que ya no tiene ojos para otra cosa que no sea ella cada vez que aparece en pantalla. 

Por lo demás, Mariano Barroso, respaldado en las tareas de dirección por Polo Menárguez (El plan, HIT) y por un potente departamento de efectos especiales, le saca partido a la Marbella ochentera y, sin llegar al paroxismo de Miami Vice, entiende la importancia de la estética kitsch, bien reforzada por pertinentes apuntes contextuales (las citas a la Jane Fonda gimnasta, la lejana aparición de Julio Iglesias), para describir aquel entorno colorista y asoleado, capital de muchos pecados, entre ellos el del mal gusto.

No faltan las citas cinematográficas más o menos adscritas a la época y al género que cultiva la serie. Desde ese inicio que revierte el arranque de Uno de los nuestros (Martin Scorsese, 1990) -del “que yo recuerdo, desde que tuve use de razón quise ser un gángster” de Henry Hill al “nunca quise matar a nadie, nunca quise ir a una guerra a forrarme con las desgracias de la gente” que pronuncia Óscar- pasando por la ocasional revisión cañí de El precio del poder (Brian De Palma, 1983) o los guiños superficiales a Top Gun (Tony Scott, 1986), aquí representados por la moto y la cazadora que luce Miguel Herrán en clara alusión a Pete ‘Maverick’ Mitchell (su personaje también tiene la chulería y el arrojo del joven piloto encarnado por Tom Cruise).

Susana Abaitua

En ‘Los Farad’, Susana Abaitua se erige como la verdadera protagonista del show.

No obstante, la serie parece estar filmada basándose en una plantilla, con una aborrecible reiteración de recursos –el uso del dron, las tomas de alejamiento– que malogra algún que otro hallazgo como la toma en continuidad situada al final de la boda para marcar lo alejado que está Hugo del resto de su familia y de los negocios (capítulo 4) o la secuencia en la que Sara y Óscar discuten sobre su futuro filmada de manera que entre ellos se interponga la cuna en la que duerme su hijo recién nacido, al que afectarán las decisiones que tomen sus padres (capítulo 6).

También hay algunas decisiones de puesta en escena cuestionables, como la secuencia situada en el capítulo sexto, en la que miembros del Frente para la Liberación de Palestina retienen a varios rehenes en un hotel de Mónaco y, en lo que parece la imitación de una de las secuencias más tremebundas de El pianista (Roman Polanski, 2002), ejecutan a uno de los secuestrados lanzándolo desde el balcón ¡mientras suena ‘Malizia’ de Fred Bongusto!  

Con todo, lo peor de la función se concentra en el tramo final, con un clímax que se toma demasiadas licencias dramáticas y en el que sorprende que un traficante de armas como Leo Farad, después de haber efectuado delicados movimientos contra su máximo enemigo empresarial, no cuente con ninguna medida de seguridad para proteger a los suyos. Mientras Abdel Mawad se cuida de las balas ajenas usando un coche blindado, los Farad abren la puerta de su casa al primero que se presenta, como si en lugar de vender Kaláshnikovs y de hacer tejemanejes con la CIA o con el gobierno castrista, se dedicasen a vender golosinas al por mayor. A Adnan Kashoggi esas cosas no le pasaban.

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