'Nos vemos en otra vida': Crítica de la serie de Disney+
Crítica de la serie (Disney+)

‘Nos vemos en otra vida’: La zona de interés

Los hermanos Jorge y Alberto Sánchez-Cabezudo, creadores de la referencial 'Crematorio', adaptan un libro de Manuel Jabois para contar la trama asturiana que propició las explosiones en los trenes del 11 de marzo de 2004.

Roberto Gutiérrez da vida a Gabriel Montoya Vidal "Baby" en 'Nos vemos en otra vida'

“Ahí estaba otra vez. La cara de todo el que me mira. La de mi vieja, la del juez… La cara de quién ve al demonio”. Gabriel Montoya Vidal no se arrepiente de lo que hizo, se arrepiente de lo que pasó. Y quizás ese peso, y el estigma de haber tenido el rol que tuvo, le acompañen hasta el final. Siempre fue carne de cañón, rodeado de miseria y delincuencia desde que nació, sus cartas estaban marcadas. Pero la triste historia de Gabriel forma parte de la de un tremendo trauma colectivo, quizás el mayor que hemos sufrido después de la Guerra Civil. Nos vemos en otra vida.

Su historia es, también, la de unas mochilas cargadas de dinamita y unos vagones de trenes de cercanías reventados. Es la de 193 muertos y 2000 heridos. Es la de lo que estaba por llegar después del infierno de Atocha, la de las mentiras de estado y las líneas de investigación que apuntaban a ETA, la de las elecciones de la vergüenza y la de la profundísima, crispadísima, brecha social Marca España.

Una serie que respira barrio, hay mucho de retrato social que la emparenta con aquel cine quinqui de los 70 y los 80

Ahí está una de las grandes virtudes de Nos vemos en otra vida: poner el foco en un rincón del mapa para explicar el planeta entero. Por algún sitio hay que empezar a dibujar. A Gabriel Montoya Vidal, «Baby» para los amigos, le enredaron, sí. Pero él, un crío de 16 años resignado a una vida de mierda, también se dejó enredar. A cambio de porros, de billetes fáciles, de mariscadas, y de fiestas bien surtidas de whisky y farlopa, se abandonó a un encantador de serpientes, si no directamente a una de esas serpientes que te hipnotizan, como hacía Kaa en El libro de la selva.

La pitón de Baby era José Emilio Suárez Trashorras, ex minero diagnosticado con esquizofrenia paranoide y transtorno bipolar, confidente de la policía de Avilés y buscavidas con mucho arte para el tráfico, de hachís o de la dinamita que era capaz de sacar de Mina Conchita. Siempre atento a ampliar su red de colaboradores del trapicheo, el tipejo encadiló a Baby, y lo utilizó para sus chanchullos, vendiendo «polen», trasladando coches robados o, una vez recibido el encargo de los terroristas yihadistas, trasportando mochilas cargadas de los explosivos que destrozarían el corazón de Madrid. 

Nos vemos en otra vida

‘Nos vemos en otra vida’ está disponible en Disney +.

Nos vemos en otra vida concentra su narrativa en ese chaval al que uno de los terroristas compara con El Vaquilla, en un guiño nada casual de un guion lúcido y de construcción compleja (recordemos que adapta un libro de Manuel Jabois que era, en realidad, una larga entrevista a Montoya Vidal; y que da contexto, armando un entramado de personajes con matices y de situaciones que ficcionan la realidad con fuerza y verosimilitud). Y es que en una serie que respira barrio, hay mucho de retrato social que la emparenta con aquel cine quinqui de los 70 y los 80, hoy justamente reivindicado. Pero nunca, jamás, cae en el peligro del relato de redención. No la hay para Baby, ni en los seis episodios de la producción ni, probablemente, en lo que le quede de existencia. 

Una narración brutal, contundente, y muy necesaria, que ayuda a que no nos despistemos

Nos vemos en otra vida también es, a su manera, un ejercicio de Memoria Histórica. Una serie como esta ayuda a poner las cosas en su sitio, cuando se cumplen veinte años de unos atentados cuya onda expansiva sigue a lo suyo, y solamente hace falta observar las recientes declaraciones de (ir)responsables políticos y los artículos firmados por periodistas que siguen alimentando aquellas repugnantes teorías de la conspiración que hicieron circular durante años.

Nos vemos en otra vida

Quim Àvila interpreta a «Baby» de adulto en ‘Nos vemos en otra vida’, una de nuestras series destacadas de marzo.

En este sentido, cuando la trama alcanza el macrojuicio que llevó ante un tribunal a los cómplices de los asesinos inmolados, los Sánchez-Cabezudo apuestan por dar voz a las víctimas: su relato se extravió en medio de la ponzoña mediática y política, y la serie les devuelve su trascendencia, acudiendo a transcripciones literales de los testimonios del horror de Atocha ante el juez Gómez Bermúdez. La memoria nos lleva a la icónica Vencedores o vencidos ante las escalofriantes intervenciones de intérpretes como José Luis Torrijo o Font García, que, interpretando a esas víctimas, nos ponen la piel de gallina.

Es la narración brutal, contundente, y muy necesaria, que ayuda a que no nos despistemos. Hasta ese momento, hemos identificado los márgenes en los que se mueve el protagonista de Nos vemos en otra vida, el determinismo social, la marca de la sangre. Y hemos comprendido que nada justifica unas acciones de consecuencias inimaginables y una reacción de frialdad casi indecente

Nos vemos en otra vida

Font García interpreta a una de las víctimas.

También hasta ese momento nos ha asombrado la banalidad del Mal que habita en un personaje como Emilio Trashorras. O que asoma en un relevante momento de la serie que hiela la sangre: casi siguiendo los pasos de Jonathan Glazer en La zona de interés, la cámara fija de los Sánchez-Cabezudo se planta ante la caja registradora de un concurrido hipermecado, y durante unos minutos que se nos hacen eternos simplemente vemos a tres tipos haciendo pasar varias mochilas por la cinta transportadora. Hasta que pagan la cuenta, con tarjeta de crédito, y se dan las gracias y las buenas tardes en un breve intercambio de palabras con la cajera. Es la cotidianidad de una compra rutinaria que esconde el horror de lo que está por venir, como ocurre en el día a día de los vecinos de Auschwitz en la ganadora del Oscar a Mejor Película Internacional.

Esa bestia parda llamada Pol López, acojonante en la piel de Trashorras, y dispuesto a llevarse todos los premios del mundo en la próxima temporada 

En un texto sobre Nos vemos en otra vida es imprescindible aplaudir con las orejas el trabajazo de sus protagonistas: del debutante Roberto Gutiérrez, que da vida a Gabriel en su adolescencia (y al que descubrieron en una hamburguesería y han convertido en todo un hallazgo), a Quim Àvila, que recoge la fuerza y la tristeza resignada del personaje en su edad adulta. De la increíble Tamara Casellas (menudo talento el de la que fuera Biznaga de Plata en Málaga por la estupenda Ama) a esa bestia parda llamada Pol López, acojonante en la piel de Trashorras, y dispuesto a llevarse todos los premios del mundo en la próxima temporada. 

Nos vemos en otra vida

Un impresionante Pol López da vida a Emilio Trashorras.

“Ahí estaba otra vez. La cara de todo el que me mira. La cara de quién ve al demonio”, dice Baby, enfadado consigo mismo por un giro de la vida que sí eligió, y muy consciente de una herida íntima, y de un estigma a sangre y fuego que solamente le abandonará en otra vida.

en .

Ver más en Producto Interior.