Análisis de la canción de ‘Heidi’
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Análisis de la canción de ‘Heidi’

Heidi subida a un columpio colgado de las nubes.

Es momento de descubrir que el opening no nos habla de una niñita feliz dando brincos por los Alpes, sino de un adulto drogado dando brincos por la noche y sus vicios más ignominiosos.

Escribo este artículo siendo consciente del terremoto emocional que puede causar en varias generaciones de niños y niñas que hace tiempo dejaron de serlo. Mis palabras van a ser una herejía para todos aquellos que crecieron viendo a Heidi y cantando su dulce e inocente canción, pero tengo el deber moral de compartir con todos vosotros la verdad que me ha sido revelada. Es momento de analizar la canción de Heidi para descubrir que no nos habla de una niñita feliz dando brincos por los Alpes y sus prados, sino de un adulto drogado dando brincos por la noche y sus vicios más ignominiosos. Si no tienes miedo a ver tu infancia aniquilada por completo, te invito a seguir leyendo.

[Cantos tiroleses]

Tras una extensa e innecesaria introducción instrumental, una voz diabólica entra en escena de sopetón. “Ia-larala-lala-i-ú”. Ese sonido del inframundo parece emanar de la garganta de Belcebú y es la primera pista de que la canción de Heidi tiene una vertiente oscura. En la pantalla, Heidi da pequeños saltos junto a una preciosa cabra pequeña que a mi entender no es más que la alegoría de llevar un ciego monumental. ¿A quién no le han dicho en una noche de descontrol lo de “vas como las cabras”? Todo empieza a cuadrar desde el principio.

Abuelito, dime tú…

Mi primera teoría fue que el abuelo de Heidi era Dios. Pelazo blanco, barba frondosa, mora en las alturas y es una invención literaria. Pero tras escuchar por decimocuarta vez la canción, me di cuenta de que ni es Heidi la que canta ni su abuelito a quien le canta. Como he dicho antes, esta canción es interpretada por un sujeto cuyo organismo está a rebosar de estupefacientes. ¿Y a quién le habla todo el rato? ¿Quién es el abuelito? Él mismo. Boom. Se trata de una conversación consigo mismo, lo más probable que tirado en el lavabo de un after viendo su propio rostro reflejado en un charco de orín. Es el yo desfasado hablándole al yo espiritual. Y así debemos analizar el resto de letra de la canción.

… qué sonidos son los que oigo yo.

Tras horas de incesante música techno e inmisericordes bajos que hacen explotar el pecho, el oído de nuestro protagonista -al que a partir de ahora llamaremos AntiHeidi- ha dicho basta. En él suena un pitido agudo y continuo que le está conduciendo a la locura. Sus sentidos empiezan a desmoronarse debido a la ingesta descontrolada de narcóticos. El cerebro ha dejado ya de comprender esa música machacona, los tímpanos han cedido ante la alud de decibelios.

Abuelito, dime tú por qué yo en la nube voy.

Primera muestra de arrepentimiento. No es necesario explicar la metáfora de la nube y su relación con la expresión inglesa get high. AntiHeidi se pregunta aquí por qué diablos esta noche ha vuelto a liarse, si el plan era solo salir a tomar un par de birras y a casa. En esta frase percibimos el autoflagelamiento del ser que no es capaz de controlar sus instintos hedonistas y se da cuenta de ello cuando ya es demasiado tarde. La decadencia occidental personificada en unas pupilas demasiado dilatadas.

Dime por qué huele el aire así, por qué soy tan feliz.

Aquí vemos que AntiHeidi es de esa clase de gente que cuando está en la nube es capaz de oler el aire, acariciar los sonidos y lamer los sentimientos. Un cretino de tomo y lomo. Se pregunta también el motivo de su felicidad, aunque no es del todo así. Lo que se cuestiona aquí es por qué solo es feliz cuando tiene un estado de consciencia alterado. Odia su día a día, la monotonía de su rutina, y maldice que para él felicidad sea sinónimo de pastillas de colores.

Abuelito, nunca yo de ti me alejaré.

Una brizna de esperanza. A pesar de que su existencia se le está revelando como un patético palidecer de la juventud, AntiHeidi se jura fidelidad a sí mismo. La vida de AntiHeidi es una huída hacia adelante, como en Thelma y Louise, y quiere llegar al precipicio pasado de revoluciones para así poder volar unos preciosos segundos antes de caer irremediablemente al abismo.

[Más cantos tiroleses]

Espantosos gritos al vacío.

Abuelito dime tú por qué llovió, por qué nevó. Dime por qué todo blanco es, dime por qué soy tan feliz.

A mitad de la canción, AntiHeidi nos aclara qué clase de drogas está consumiendo como un poseso. Nieve. Blanco. Feliz. No me considero muy listo, pero no creo que aquí se esté haciendo referencia al queso rallado. La gasolina de los yuppies. El catering de Telecinco. El desayuno de los pistoleros del Eclipse. Es momento de estremecerse pensando que esta canción ha sido cantada por millones de niños y niñas españoles durante décadas siendo un evidente enaltecimiento de la mala vida.

Abuelito, nunca yo de ti me alejaré.

En la pista de baile, rodeada de almas penitentes, AntiHeidi únicamente se tiene a sí mismo. La gente que lo rodea no son compañía, son un recordatorio de lo solo que está.

[Tercera tanda de cantos tiroleses, desgarradores esta vez]

Basta ya, por favor.

Abuelito dime tú, si el abeto a mí me puede hablar.

El torbellino de efectos psicotrópicos en el que se encuentra inmerso AntiHeidi le ha llevado a un punto donde atribuye capacidades humanas a los objetos. Habla con abetos, pide cigarros a farolas e intenta darle un beso a un buzón. Se derrumba cuando un parquímetro recibe su abrazo con frialdad.

Abuelito dime tú, por qué la luna ya se va.

Se acaba la noche. La luna desaparece en el firmamento, los primeros rayos de sol bañan el rostro demacrado de AntiHeidi. Se pregunta cómo ha podido volver a suceder; en un chasquido de dedos ha pasado de estar tomando una cerveza tranquilamente con sus amigos a tambalearse por las calles tras ser echado de un local infecto por dos enormes seguratas. Con la llegada del día, además, ya no hay oscuridad que oculte su tristeza.

Dime por qué hasta aquí subí, dime por qué yo soy tan feliz.

Un nuevo reproche. No se entiende a sí mismo. No era necesario volver a subir hoy a la nubes, volver a hacer uso de la felicidad química. Vagando sin rumbo por la ciudad, AntiHeidi sueña con ser Heidi.

Abuelito, nunca yo de ti me alejaré.

Por desgracia.

[Cantos tiroleses finales, nacidos de la voz de un loco]

Nacidos de la voz de todos nosotros al descubrir la verdad tras la canción de Heidi.

Escrito por Marc Renton en noviembre 2018.

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