«¿Que solo ruedo historias para tíos? ¡Eso son chorradas!»
Enrique Urbizu, director de 'Gigantes'

«¿Que solo ruedo historias para tíos? ¡Eso son chorradas!»

Enrique Urbizu, director de 'Gigantes' / Foto: Movistar+

Charlamos con Enrique Urbizu sobre testosterona, violencia, delincuencia y cine. El cineasta bilbaíno estrena la segunda entrega de 'Gigantes' en Movistar+.

Seis capítulos testosterónicos después, el todopoderoso clan Guerrero ha visto caer en picado el respeto, el miedo, que provocaba en el Madrid del Rastro y el estraperlo. A golpe de enemigos respondones, y de un puñado de mujeres que resquebraja su hipermasculinizado mundo, la familia rompe los débiles hilos que la mantenía, y todo explota en venganzas y masacres, y shakespearianos odios entre hermanos. Ya no se la sacan para mearse en sus oponentes, ahora corren, se esconden, huyen, y se quieren muertos. La segunda temporada de Gigantes arranca con arte malvendido y con bombonas de butano, con neonazis y con un cuchillo de hoja plana ideal para la mantequilla. Dejando adivinar el impactante peso de lo femenino que tendrá la continuación de lo ya visto. Y manteniendo la rabia, la suciedad atmosférica, la sangre, el sudor y alguna lágrima que ya impactaban en la primera entrega.

Charlamos con Enrique Urbizu (Bilbao, 1962), el motor de la serie (escrita junto a Miguel Barros y Michel Gaztambide) y director de nueve de los doce episodios que forman las dos temporadas de Gigantes.

El imperio de los Guerrero se cae a trozos. Y parece que las mujeres tienen mucho que ver, su peso es rotundo en esta segunda temporada.

Eso ya venía apuntado desde que estábamos a mitad de la escritura de la primera parte de la serie… Ahí ya intuímos que, de manera natural, la narración tomaba ese camino: el mundo supermasculino de los Guerrero y de los clanes gitanos, la ferocidad, el desequilibrio en el orden familiar… Los capítulos 7 y 8 estaban escritos cuando rodamos los seis primeros, es decir que había continuidad de la historia: el viejo, vetusto, masculino mundo de la familia Guerrero, marcado desde el principio por la ausencia de la madre, va a caer por obra de fuerzas que van a ser, precisamente, una extraña confluencia de mujeres muy opuestas y de intereses muy diversos.

Cuando dicen que eres un director de historias de tíos…

¡Eso son chorradas! En mi filmografía hay personajes femeninos protagonistas desde que Franco era corneta. Me trae muy sin cuidado lo que digan. Pero sí, me gustan las historias de tíos, las películas de submarinos, y también me gusta mucho La hija de Ryan. No sé…

A eso iba: a que en la mayoría de tus películas, las mujeres tienen mucha importancia. Goya Toledo en ‘La Caja 507′, Zay Nuba en ‘La vida mancha’

«A mí todo ese retorcimiento de la obra al servicio de las causas me ha repugnado desde siempre»

Yo he hecho Tu novia está loca, Todo por la pasta, y hasta dos adaptaciones de novelas de Carmen Rico-Godoy (Cómo ser feliz y disfrutarlo y Cuernos de mujer), que parece que se nos ha olvidado. Pero no tengo ningún complejo: me gustan las historias de tíos. Y respecto las etiquetas, qué le vamos a hacer. Intentamos escribir de manera honesta, sincera, y tienes que ser fiel a personajes que si son canallas… son canallas. Tú no puedes juzgar, ni retorcerlos. A mí todo ese retorcimiento de la obra al servicio de las causas me ha repugnado desde siempre. No creo que ahora tengamos ninguna obligación de… Cada uno es responsable de los contenidos que firma. Y yo tengo ya unos añitos.

Más allá de la testosterona, la violencia en muchas de tus películas está tan presente como en ‘Gigantes’. Sobre cómo mostrarla, ¿tienes influencias confesables?

No hay influencias directas. A mí me gustan los cineastas físicos. Phil Karlson, Gordon DouglasSam Peckinpah a veces es más poético. Me gustan los que no se adornan, los que no se recrean demasiado en la violencia, que no aprovechan para ejercer sadismo, que no convierten el acto violento en sí en espectáculo… Yo intento ser crudo, verosímil, y, si la violencia no se ve, mejor.

De Shakespeare a Corleone

Sin entrar en contradicción, esa verosimilitud de la que habla Urbizu compensa, en cierto modo, el aura legendaria (¡cuánto western hay en sus trabajos!) que el cineasta da a los protagonistas y a su entorno: «En esta serie, la realidad está al servicio del serial desde siempre. Nos proprociona materiales pero el objetivo no es narrar ese sistema social. Más bien se trata de tejer una leyenda con ese fresco social. Que esté de alguna manera cinematografiado, bigger than life. Esa familia Guerrero, sus calles, el tratamiento de los interiores y de la ciudad, siendo real, verosímil, no pretende ser realista. Aspira a tener una paleta… legendaria», dice Urbizu.

Pero pese a esa voluntad, en el retrato de los Guerrero no hay un ápice de esa idealización del criminal que hemos visto en cientos de películas y series. No son los Corleone.

No, porque los Corleone te acaban cayendo fenomenal, quedan casi en el recuerdo romántico de la biografía del espectador. Los Guerrero no se pegan de la misma manera, de hecho se odian, a diferencia de los Corleone que, pese a todo, se quieren mucho. Estos, como los Borgia, como en la literatura de Shakespeare… Estos son más de aquí, más de piedra y hierro, nada sofisticados, y teníamos claro que no íbamos a ser condescendientes con los personajes pensando en el espectador. La apuesta de la serie era hacerlos cuanto más fieles a sí mismos, mejor. Y si eso nos llevaba a un relato más afilado, más elíptico, más brutal, había que hacerle caso a eso. Ese era el espíritu que ha guiado el proyecto desde el principio: tener a ese manojo de bestias solitarias autodestructivas, que se quieren destrozar entre ellas, y dejarlas hacer, seguir su camino.

Has citado a Shakespeare. Y hay algo de su obra en el retrato de esos hermanos…

Las primeras notas que acompañaban al guion ya decían «ojo con Shakespeare». Sobre todo por el tono de las interpretaciones: las quería controladas, que no nos subiéramos demasiado al Rey Lear y demás… Vamos a quedarnos en el Rastro.

Enrique Urbizu dirige una escena de ‘Gigantes’. / Foto: Movistar+

En ‘Gigantes’, Jose Coronado es una presencia breve pero imponente. Os habéis convertido en inseparables…

Es una relación que ha venido sola. Han llegado unos personajes que eran perfectos para Jose, y que en cierta manera tenían una talla enorme: Santos Trinidad (el personaje protagonista de No habrá paz para los malvados), por ejemplo, es un gran tipo, una mala persona pero un gran tipo. Y Abraham Guerrero es un tótem en el barrio, una leyenda, una mirada desde los tejados que lo abarca todo. Necesitaba tener un patriarca, que también lo fuera para los tres actores. Y eso sólo me lo daba Jose. Y como nos entendemos a la primera, enseguida supimos cómo iba a ser Abraham. Jose ha alcanzado esa talla como actor, es espectacular.

Hablabas del vetusto mundo de los Guerrero, amenazado por un grupo de mujeres. ¿Cómo ves la aparición de nuevas miradas femeninas ante el vetusto mundo del audiovisual dominado por hombres?

Hay un montón de mujeres cineastas en la parrilla de salida, que tienen historias que contar, que les pertenecen a ellas, y dan otra forma de mirar al mundo. Eso está saliendo a la luz, afortunada y necesariamente. Pero no sé si eso trae consigo una mirada cinematográfica nueva, hay que analizar en qué formas cinematográficas se traduce, qué narrativas se ponen en activo, si se mantienen otros esquemas ya establecidos… Es apasionante, interesante, hay que estar atento y abierto.

Y siguiendo con los cambios… ¿los hay con los nuevos espectadores? ¿Crees que hay esperanza en el público joven?

El espectador joven en este país es un analfabeto audiovisual desde que nace. Los franceses, por ejemplo, llevan con ello desde la primaria. Y quien dice analfabeto audiovisual, dice cultural. Nos han quitado las Humanidades de la educación, no saben leer textos complejos, pero están consumiendo imágenes desde pequeños. Algunos alumnos llegan a la ECAM (Escuela de cine de Madrid), donde doy clases, y no saben que las cosas están codificadas, que hay una dramática, y que la imagen y los textos se construyen y no son inocentes. Te miran como si hablaras en chino. No tengo grandes esperanzas en que ninguna administración de este país se decida a solucionar el problema de la educación, al menos en dos o tres generaciones. Y es terrible.

Con ‘Gigantes’ vuelves a la televisión después de una experiencia poco edificante con ‘Las aventuras del Capitán Alatriste’. ¿Qué ocurrió con aquella serie?

«Trabajé igual que lo hice en ‘No habrá paz para los malvados’: con mi equipo, con una libertad y un respeto fantástico de parte de todo el mundo»

Si no fuera porque de vez en cuando me lo preguntáis, creo que me habría olvidado ya. Salvo por el exquisito reparto que corrió conmigo esa aventura, del resto es mejor pasar página. Supongo que aquella experiencia me sirvió para aprender mucho, y para poder hacer Gigantes de una manera correcta. En realidad, los factores que marcaban ambos proyectos eran radicalmente distintos desde la línea de salida. Una cadena generalista (Alatriste tenía detrás a Mediaset) quiere una parrilla lo más ancha posible, con lo que intenta que las temáticas sean más variadas, influye en la duración de los capítulos, e interviene en la forma final: quiere más luz, quiere más música, no quiere silencios, no quiere elipsis que no se entiendan a priori… Antes de pisar el set ya estás condicionado.

Después, en el rodaje, siempre tienes a alguien de la cadena por allí: dile que sonría, dile que no lo haga… Y así no hay manera de trabajar. Con Gigantes, una vez cerramos los guiones, trabajé igual que lo hice en No habrá paz para los malvados: con mi equipo, afortunadamente con una libertad y un respeto fantástico de parte de todo el mundo. Y eso se nota en el resultado, es bueno para todos. Si haces una serie tan arriesgada como esta, tan afilada, tan canalla, no tiene sentido tratar de limarla, hay que serle fiel. Y esa es la dinámica tan distinta entre una serie y otra.

Para terminar, ¿qué series han enganchado a Urbizu?

Desde que empecé a trabajar en Gigantes no he tenido tiempo para nada. Bueno, cuando terminé el rodaje sí vi la tercera temporada de Twin Peaks, porque Lynch es sagrado, es lo último que he visto. Me gustan mucho The Shield, Breaking Bad, The Wire, y me encanta Hannibal, la que más. Pero no soy un gran serieadicto, de todos modos.

Hablándome de Phil Karlson y de Gordon Douglas, pensé que aprovecharías para reivindicar la tele de antes.

Es que yo no paro de decir en todas las entrevistas que las series no se han inventado ahora, que yo me he criado viendo series cojonudas. Ahora incluso las remakean: acaban de hacerlo con Poldark, yo la veía de chaval, los martes por la noche. Y las series de la BBC, Hombre rico, hombre pobre

Escrito por Àlex Montoya en marzo 2019.

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