Kurt, no nos vendas más la moto
'Mayans MC'

Kurt, no nos vendas más la moto

FOTO: ROB LATOUR/VARIETY/SHUTTERSTOCK

El creador de 'Hijos de la anarquía' hace más de lo mismo en 'Mayans': mucha cháchara sobre el honor, violencia sin ton ni son y una narrativa casera llena de agujeros.

Cualquiera que haya visto The shield y tenga un criterio mínimamente digno, coincidirá en que la serie es un duro contendiente a mejor show de la historia y una de esas producciones que siempre aspira al pódium cuando se trata de excelencia, consistencia y desenlace. Es más, el final de The shield sea posiblemente el mejor de cuantos se han visto en la historia del medio. En ella coincidían un reparto espeluznante (por bueno) encabezado por dos pesos pesantes como Walton Goggins y Michael Chiklis y secundado por actores y actrices gloriosas, del tamaño de Glenn Close y Forrest Withaker y un par de showrunners con gran sentido del ritmo y una honda preocupación por el encaje entre acción y drama.

Los personajes estaban trazados con compás e incluso lo jodido de su brújula moral resultaba entendible al espectador: uno empatizaba con esos hijos de puta y sus malditos problemas hasta el punto de olvidar que eran la clase de tipos que entrarían en tu casa, matarían a tus hijos, violarían al pastor alemán y se llevarían una cerveza de tu nevera para el camino, si con eso creyeran que ganaban algo. Pero claro, ver cómo un policía le atiza con una guía telefónica en la jeta a un pederasta para que éste revele el lugar en el que esconde a un niño secuestrado, pues oye, ni tan mal. The shield visitaba sitios muy oscuros, pero se aseguraba de no soltarte nunca la mano.

Los padres de la criatura era Shawn Ryan y –en menor medida- Kurt Sutter. Del primero se sabe que ha ido vendiendo su alma en porciones pequeñas, con mayor o menor suerte, asentado en el circuito de las grandes cadenas estadounidenses, en las que decir ‘fuck’ no está permitido. Su último invento es SWAT, una cosa que ni bien, ni mal, ni todo lo contrario; El otro, Sutter, se ha empeñado en seguir jugando a ser el showrunner de The shield, cambiando la policía por otros asuntos. En 2008 presentó Hijos de la anarquía, que lucía realmente bien y que volvía a tener un reparto más sólido que las garras de Lobezno: Ron Perlman, Katie Segal, Mark Boone Junior o Kim Coates, entre otros. Sutter nunca deja de recordar que es un tipo con gusto por la vida loca, exadicto, aficionado a los líos y un buen escritor cuando no está demasiado ocupado dándose golpecitos en la espalda, felicitándose por su talento.

Hijos de la anarquía arrancó convirtiéndose en una serie espléndida. Lúcida y potente reflexión sobre el futuro de una banda californiana de Ángeles del infierno, metidos en la vorágine de una vida criminal y la perspectiva de invertir sus prioridades, en el clásico, pero siempre eficaz, «I’m too old for this shit». Los personajes tenían un toque shakespeariano, pero era algo sutil, que se entreveía en los diálogos y se potenciaba en las escenas. Y la dicotomía que surgía de aferrarse a lo nuevo (personificado en un actor endeble pero muy bien apuntalado como Charlie Hunnam) cuando lo viejo era aún poderoso, y del empedrado camino que del infierno conduce al cielo, funcionaba como un Mustang bien engrasado.

Jackson Teller (Charlie Hunnam) en ‘Hijos de la Anarquía».

Lamentablemente, llegó la segunda temporada (y todas las siguientes) y Sutter decidió que reivindicarse era más importante que sus propios personajes. Las luchas de poder se convirtieron en culebrones, todos los personajes femeninos tenían que ser Lady McBeth, todos los hombres eran Hamlet y cada escena era un interminable soliloquio. Cierto, tener tan buenos actores y actrices significa que –por pura estadística- acertarás en algún momento, pero Hijos de la anarquía era un 10% de potencial y 90% de paparrucha. De repente pasaban por allí los chavales de The shield y veías un espejismo (el maravilloso personaje de Walton Goggins), para volver enseguida a la realidad, rematando la telenovela con un final tan bochornoso que uno lamentaba haber perdido tanto tiempo en aquello.

Pero a Sutter le funcionó el invento y su cadena (FX) había logrado batir todos los records de audiencia y de venta de merchandising. Así que, ¿por qué no repetir? (Ah, por el camino, el señor de la moto se había dado el coscorrón de su vida con The bastard executioner, que fue cancelada cuando aún no habían terminado de emitir el piloto).

Mayans: No basta con un chaleco molón, un logo que venda camisetas y una mística que bebe en el inconsciente colectivo de cualquiera que haya leído a Hunter Thomson

Mayans MC es una suerte de spin-off de Hijos de la anarquía, pero sin actores superlativos, con menos presupuesto y con motoristas de medio pelo. Sus miembros (los de Mayans) ya habían aparecido como aliados de los Hijos en varios episodios de esta serie, con Emilio Rivera como cara visible del clan. No nos engañemos, Rivera es un actor magnífico, pero ni es el protagonista, ni tiene una némesis con identidad propia, ni tiene los elementos para conseguir que la trama avance. El otro pope de la serie, Edward James Olmos, parece seguir la ley del mínimo esfuerzo, apartado del núcleo central de la narración y utilizado como enganche en uno de los arcos dramáticos (¿?) de la serie, sin más interés que el que genera como actor de raza que ni siquiera necesita abrir la boca.

Lo demás en Mayans es más de lo mismo: algunos tiros, mucha cháchara sobre honor y venganza, violencia sin ton ni son (mutilaciones, ejecuciones sumariales, etc). Todo tan aleatorio y absurdo que parece pensado para personas que no miran las noticias, ni leen el periódico) y una narrativa casera, llena de agujeros, que acaba su primera temporada con un giro tan delirante que hace falta un larguísimo flashback y doce primeros planos del protagonista del twist, para que uno pueda gritar a la tele: «vale, ya lo he entendido, gracias». Y es que no basta con un chaleco molón, un logo que venda camisetas y una mística que bebe en el inconsciente colectivo de cualquiera que haya leído a Hunter Thomson o haya soñado con ser un forajido a las dos ruedas. Hay que tener un mapa, una mesa llena de ideas y un jefe atrevido y talentoso.

Sutter nos vendió la moto una vez y nos la seguirá vendiendo un rato más porque en esta época de televisión masiva, en la que cada vez se juega más a la complejidad impostada, las familias disfuncionales, los tipos con crisis de identidad y el ‘hazlo tú misma’, ver a un grupo de macarras yendo de un sitio a otro en un cacharro ruidoso, es ciertamente tranquilizador. Es lo que tiene ser más plano que una ola en una bañera: nadie va a sentirse excluido. Después de un capítulo de Mayans, es inevitable que te asalte ese pensamiento recurrente ante la desgracia ajena.

“Coño, pues no estoy tan mal”.

Escrito por Toni Garcia Ramon en noviembre 2018.

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