Hoy la bestia cena en casa
'Killing Eve 2'

Hoy la bestia cena en casa

La actriz Jodie Comer (Villanelle) se ha llevado el Bafta 2019 a mejor actriz protagonista.

Excéntrica y salvaje, la segunda temporada de ‘Killing Eve’ continúa con su juego del gato y el ratón, construyendo sobre los logros de su antecesora para seguir siendo una de las series más únicas del momento.

«¡Esto es muy aburrido!», exclama Villanelle, asesina internacional, mientras visita el Rijksmuseum de Ámsterdam en el cuarto episodio de la segunda temporada de Killing Eve. «En estos cuadros solo hay uvas y mujeres desnudas», se queja, con expresión de fastidio. Hasta que se detiene frente a «Los cadáveres de los Hermanos De Witt», macabro óleo del holandés Jan de Baen que, como es fácil imaginar, muestra los cuerpos sin vida de los hermanos de mismo nombre, colgados boca abajo y eviscerados en la plaza del pueblo, frente a la mirada ávida de sangre de una multitud. Este es el único cuadro que interesa a Villanelle. La psicópata está boquiabierta. «Parecen bacon».

En una serie empeñada en ofrecer asesinatos más y más exuberantes conforme pasan los episodios (agarrar a alguien de la corbata mientras se cierran las puertas de su ascensor y el aparato arranca, ¿alguien da más?) y en la que los apuñalamientos pasionales, secuestros inesperados y conspiraciones internacionales son el léxico habitual, una visita al museo podría parecer cosa menor. Lo bueno es que en Killing Eve todo lo citado anteriormente no es más que una excusa para poder acceder al corazón de la serie: la abolición de la mirada masculina en un género tan hiper-masculinizado como el thriller de espionaje, el replanteamiento de la clásica fascinación por el mal desde un prisma netamente feminista, la certeza de que esta historia la pueden contar y protagonizar mujeres sin la mediación de hombres. En los cuadros del Rijksmuseum, las mujeres no pueden hacer mucho más que estar desnudas. Seguramente porque todos los pintaban tíos.

La serie ha reformulado las constantes del género de espías, con su mirada femenina, maravilloso humor negro e imaginación para el sadismo

Killing Eve ha jugado a esta reformulación de las constantes del género de espías desde el principio, modificando incluso las novelas de Luke Jennings en las que se basa para dar más peso a los personajes femeninos. Esta mirada original, sumada a su maravilloso humor negro y a su imaginación para el sadismo, la convirtió en una de las series más interesantes del año pasado, y cimentó la reputación como narradora de su showrunner, Phoebe Waller-Bridge. Precisamente por este carácter autoral, cuando Waller-Bridge anunció que no se encargaría de escribir la segunda temporada de su serie, se temió que esta no mantuviese el nivel de la primera.

Pero en su segunda entrega, capitaneada por la también actriz Emerald Fennell, Killing Eve continúa profundizando en los logros de su anterior temporada mientras sigue llevando a sus personajes al límite: si antes teníamos una trama de espionaje internacional que nos llevaba por distintas capitales europeas, ahora la narración se cierra casi totalmente en torno a Londres para estrechar el círculo entre Eve y Villanelle. Una nueva y misteriosa asesina está acabando con la cúpula de una poderosa compañía que ha hecho su fortuna en Internet, y su aparición tensa aún más la relación de admiración/odio/tensión sexual entre las dos protagonistas, unas Sandra Oh y Jodie Comer que continúan siendo los polos principales de una serie basada en las idas y venidas de su ¿romance?

Villanelle, despojada de su ropa, sus perfumes, su estilo de vida, se convierte literalmente en una sombra de lo que había sido antes.

Aunque, con respecto a ellas, tal vez el punch de sorpresa de la primera temporada se ha perdido, y dramáticamente seguimos estando en posiciones similares desde hace ya tiempo (¿por qué Eve sigue con su marido?), la segunda temporada sigue explorando de manera temáticamente brillante la obsesión por la psicopatía. Una obsesión que viene de muy lejos y que la serie actualiza para la era de las redes sociales: el arquetipo del asesino estrella del rock de épocas anteriores (pensemos en Charles Manson) asume ahora la forma de una influencer, una joven obsesionada con la moda que si se abriese un Instagram estamos seguros de que conseguiría miles de seguidores.

Lo interesante de Killing Eve es cómo sigue vinculando este estilo de vida psicopático, en el que no existen los remordimientos y la individualidad está por encima de todo, con los usos y costumbres de las clases altas. En los primeros compases de la segunda temporada, Villanelle, despojada de su ropa, sus perfumes, su estilo de vida, se convierte literalmente en una sombra de lo que había sido antes. Experimenta lo que es ser normal. Lo que es Eve, en realidad: una mujer valiente en un empleo público de alto riesgo en el que cobra infinitamente menos que una psicópata empleada por el sector privado. El universo de la serie es uno en el que las personas ambiciosas, como Villanelle, se convierten en marionetas utilizadas a placer por el oscuro sector de las finanzas internacionales a cambio de regalos caros. Y aunque ella parecía completamente satisfecha con esta situación en la primera temporada, varias veces en esta segunda hemos visto cómo su rostro imperturbable caía presa de las lágrimas.

La amoralidad que nos une

Y es que, en una época televisiva repleta de protagonistas amorales, Killing Eve se diferencia del resto de series precisamente porque constantemente se encarga de poner a Villanelle en su contexto: en mostrar cómo el mundo se aprovecha de su psicopatía. Hemos visto muchas series en los que los impulsos oscuros de un protagonista amoral acaban por reventar una comunidad inicialmente idílica.

Killing Eve puede que tuviese algo de esto en sus primeros compases, cuando Villanelle visitó a Eve por primera vez, pero en su segunda temporada da la impresión de que es precisamente la amoralidad de Villanelle la que mantiene unidas a todas las personas que le rodean: la amoralidad que, como ella misma apunta, hace interesante a Eve; la amoralidad que aprovecha ahora el MI6 para capturar a otra asesina; la amoralidad que sigue manteniendo en el negocio a Konstantin, el único hombre del mundo que la quiere de verdad. Killing Eve no es solo una historia de amor, odio y fascinación: también, en su ironía, es una historia de una familia muy disfuncional. Es la historia de un grupo de personas que establece vínculos en torno a una psicópata. Una comunidad infernal.

Empezamos la serie temiendo que Villanelle, una absoluta psicópata, una fuerza de la naturaleza, acabase por cargarse a todo el mundo: a Konstantin, a Eve, a su marido, a cualquiera que se nos ocurra. Quizás entonces habría parecido una victoria para ella. Ahora sabemos que en realidad sería el mayor error que podría cometer. Porque entonces se quedaría sola.

Escrito por Ricardo Jornet en mayo 2019.

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