El último vuelo de Franco
Momentos estelares de la televisión (V)

El último vuelo de Franco

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Según Marx la historia se repite dos veces, la primera como tragedia y la segunda como farsa. El 24 de octubre de 2019 asistimos atónitos a un espectáculo televisivo que retransmitió en directo la segunda inhumación de Franco.

Es cosa sabida que Franco odiaba volar. Como hombre de tierra que era, estaba más acostumbrado a las estrecheces propias del coche o del camión de transporte que a las minúsculas cabinas de avión. Y eso que, en más de una ocasión, se vio obligado a tomar vuelos en cachivaches que ninguno de nosotros consideraríamos dignos de nuestras atenciones ni por mil seguidores de Instagram (que no sé si son muchos, no tengo de eso). Franco usó el Dragon Rapide para saltar de las islas Canarias al continente africano y luego cruzó a las tropas que allí le esperaban hasta la península en los Junkers Ju-52 gentileza de los alemanes. Mi abuelo era uno de los 14.000 soldados que cruzaron desde el protectorado español de Marruecos hasta la península. Casi ninguno de ellos sabía que la guerra iba a durar tres años.

Decíamos que a Franco no le gustaba volar y en ello algo tendría que ver los oportunos y fatídicos accidentes de Sanjurjo y Mola, que le dejaron el camino expedito hacia ese liderazgo que, en un primer momento, no parecía claro que pudiese asumir. José Sanjurjo se estrelló con un De Havilland DH.80 Puss Moth cerca de Cascais. Visto hoy, el avión era un trasto de consideración pero parece ser que no era un mal aparato. Según el piloto, que sobrevivió al accidente, el general llevaba mucho equipaje y por eso se estrellaron. Era el 20 de julio de 1936.

El general Emilio Mola era otro africanista endurecido en guerras coloniales y trifulcas conspirativas que bien le podía haber disputado la jefatura de Estado a Franco. Pero el 3 de junio de 1937 Mola se estrelló. Viajaba en un AS.6 Envoy, manufacturado por Airspeed. El avión era de fabricación británica, como el De Havilland de Sanjurjo, y se estrelló por el mal tiempo, cerca de Burgos. Mola viajaba hacia el frente para supervisar más de cerca las operaciones militares. Su destino era Valladolid.

Con este historial de bajas en vuelo, no me extraña que Franco le pillara algo de miedo a los desplazamientos rápidos. Total, con el tiempo pareció desarrollar una especie de indolencia aplicable a casi todo menos a la eliminación de comunistas, republicanos, enemigos imaginarios de toda condición y hasta carlistas revoltosos. ¿Para qué apresurarse en avión si podía ir en coche?

En aquellos lejanos días de la Guerra Civil, de los que algo podemos saber por los libros de historia ahora que los testigos directos se nos van muriendo, no había televisión ni helicópteros, algo que ha definido el último saludo en el escenario de Francisco Franco. El generalísimo lo era desde el 21 de septiembre del 36 y su nombramiento tuvo lugar en el aeródromo de San Fernando, en Salamanca. Y es que, ironías de la historia, Franco era un militar mucho más aeronáutico de lo que se pueda pensar en un primer momento. Su participación en el golpe de julio del 36 fue posible gracias a los aviones, su liderazgo político y militar del bando nacional se vio favorecido por la aeronáutica fallida, sus victorias en el campo de batalla se vieron auxiliadas por los aeroplanos alemanes e italianos e incluso sobrevivió a un complot aéreo para acabar con su vida en septiembre de 1948 (la avioneta que debía despegar desde Francia con explosivos no pudo hacerlo porque una lluvia torrencial -y providencial para Franco- lo había embarrado todo de tal manera que el cacharro se quedó atascado).

Así que no puede decirse que el volar no fuera algo relacionado con el generalísimo ni tampoco que le provocase grandes infortunios, más bien lo contrario. Por ello el último vuelo de Franco tiene más interés, si cabe.

jose sanjurjo accidente

Cascais (Portugal), 20 de julio. Última fotografía del general Sanjurjo. Murió cuando el avión en el que se trasladaba a Burgos chocó al intentar despegar.

Las discusiones sobre el destino final de los huesos del dictador han ocupado tertulias y a tertulianos de televisión durante años. La cuestión, como se sabe, tenía que ver con el mausoleo del Valle de los Caídos que, chiste mediante, ha provocado de todo, hasta sinsabores judiciales a reconocidos presentadores y humoristas. Sospecho que las grandes peleas televisivas que hemos visto a propósito del caso tienen mucho de espectáculo buscado y poco de posicionamiento razonado. Y ello porque, tal y como era previsible, la exhumación de los restos y posterior inhumación en el cementerio de Mingorrubio, donde comparte reposo con gente tan dispar como Francisco Tomás y Valiente o Carlos Arias Navarro, generó muchas inquinas e insultos, grandes aspavientos y un enorme silencio tras su ejecución.

Un vuelo de apenas cincuenta kilómetros que, tecnologías aparte, siempre me ha recordado la escena inicial de ‘La Dolce Vita’

Es evidente que los problemas e hipotecas que acarreamos tras tantos años de dictadura, sean muchas o pocas, eso ahora no aplica, no se iban a solucionar con un cambio de ubicación de los restos del dictador. Tampoco recuerdo que nadie destacara en su momento, aunque es posible que alguien lo hiciera (no logré deglutir adecuadamente tanta tertulia y debate), la profunda ironía de tener frente a frente, tumba con tumba, a José Antonio Primo de Rivera y Francisco Franco en la basílica del Valle. Es más, la vicepresidenta Carmen Calvo le otorgó a Primo de Rivera la etiqueta de «víctima», pues fue ajusticiado en noviembre de 1936 por el bando republicano, y comentó que no había plan alguno para mover sus restos a otro lugar. Sobre si Franco pudo o no hacer más por salvar la vida del fundador de la Falange española hay muchas discusiones y más especulaciones que pruebas. De momento Primo de Rivera seguirá donde siempre, sin Franco.

Así llegamos a nuestro momento televisivo para la historia: un vuelo televisado, y no al espacio, ni a Marte, ni siquiera muy lejos. Es un vuelo de apenas cincuenta kilómetros que, tecnologías aparte, siempre me ha recordado la escena inicial de La Dolce Vita. Allí un helicóptero llevaba una estatua de Jesucristo en un paseo aéreo de lo más animado y cuyo destino final parece ser, en un primer momento, el Vaticano. El helicóptero pasa cerca de una lujosa azotea donde unas señoras en bikini apuran sus martinis mientras siguen con la mirada al Cristo volador.

El 24 de octubre de 2019 Franco hizo el que, se supone, será su último vuelo. El féretro no iba colgando del helicóptero, como el Cristo de La Dolce Vita, sino en el interior del aparato. Estos cacharros son ahora espaciosos, y hasta lujosos. El gobierno organizó un protocolo y montó una buena escenificación para la cámara de televisión.

A las 10.00 de la mañana del día señalado llegan 22 familiares del dictador en varios minibuses. La realización televisiva efectúa algunos encuadres cercanos. Se ven lazos con la bandera de España en las solapas de los abrigos de algunos familiares de Franco. Fuera del templo, el circo habitual. La cosa excita a propios y extraños. Francis Franco lleva la bandera preconstitucional que cubrió el féretro del dictador el día de su funeral, en 1975. Se supone que es la misma bandera, lavada y planchada para la ocasión. Dos nietos de Franco y la entonces ministra de Justicia, Dolores Delgado, actúan como testigos. La ministra en calidad de notaria mayor del Reino. Ya se sabe que hay figuras jurídicas de raigambre y abolengo.

Y Franco vuela. O lo que queda de él.

Entre tanto, en el cementerio del Pardo se está organizando otro pequeño espectáculo televisivo. Unos pocos franquistas adecuadamente vestidos con la bandera preceptiva esperan al dictador (alguno ni estaba vivo cuando Franco murió). Llega otro actor de los de antes, el coronel golpista Antonio Tejero, que plantea, edad mediante, una sospechosa similitud con el Franco de los últimos tiempos.

En la basílica siguen con lo suyo. El féretro es sacado a hombros por varios familiares, introducido en un coche fúnebre y posteriormente depositado en el helicóptero. El pájaro despega. Vemos planos muy bien medidos, espectaculares. Se aprecia hasta la excelente suspensión del elemento volador (si se puede hablar así de la mecánica de un helicóptero, lo desconozco por completo). Y Franco vuela. O lo que queda de él. Nadie consigue explicar por qué es necesario llevarlo en helicóptero si el trayecto es de cincuenta kilómetros. La excusa oficial tiene que ver con la seguridad. Pero entre vuelos y actas notariales, la televisión deja algunos planos absolutamente majestuosos. En concreto un contrapicado del helicóptero elevándose con la gran cruz del Valle al fondo. Qué sentido del espectáculo. Ni Sáenz de Heredia en su documental celebratorio Franco, ese hombre lo habría hecho mejor.

Pero quedaba alguna sorpresa final. Dos familiares salieron de la basílica tras la misa oficiada por el hijo de Antonio Tejero con una bandera preconstitucional bien extendida. El símbolo era de tamaño respetable. Francis Franco lee un comunicado y habla con la prensa. En paralelo, la contraprogramación televisiva (es un decir, pero ya me entienden). La coda del espectáculo la puso el presidente Pedro Sánchez en una rueda de prensa de las habituales. No dio ningún dato falso, ciertamente; tampoco dio muchos. Vino a decir que el traslado se había hecho con el respeto que el dictador había negado a sus víctimas. No le faltaba razón en eso. Habló de la infamia de las víctimas anónimas enterradas en el valle y de la necesidad de reparar a los damnificados por el franquismo.

La cuestión, ahora que ya ha transcurrido un tiempo desde el mediático traslado, es si se ha avanzado o no en esa dirección. Qué presupuesto se ha habilitado para dar cumplimiento a esos nobles objetivos esgrimidos por el presidente Sánchez no sería cuestión menor. Tampoco lo sería preguntar qué se ha hecho realmente por mejorar el conocimiento de la historia de España entre jóvenes y no tan jóvenes. También habría que saber por qué se sigue insistiendo por parte de demasiados en usar de forma partidista el franquismo como arma arrojadiza en la arena (el fango tantas veces) de la política. Mucho me temo que todo esto queda para días mejores y más soleados.

Frente a las multitudes de 1975, los actuales grupos reducidos de nostálgicos irredimibles

Entre tanto nos queda la prueba televisiva de la excepcional profesionalidad de los realizadores de Televisión Española. Se usaron 22 cámaras, 14 de ellas estaban en la explanada de la basílica. Tenemos todos los ángulos, encuadres y planos que queramos. Y seguimos donde estábamos, o casi. Se discutió durante meses, años según cómo lo midamos, sobre los restos del dictador. Se libró una batalla judicial. Se usó la exhumación con extremo partidismo por parte de muchos. Se presentó la misma como una gran batalla democrática. Y se olvidó todo más rápidamente de lo que costó mover materialmente los restos de Franco al cementerio de Mingorrubio.

Karl Marx inició su libro El 18 Brumario de Luis Bonaparte con una famosísima aseveración, que varía según las traducciones. Allí dijo que Hegel había escrito en alguna parte que la historia se repetía dos veces, pero que olvidó añadir, según Marx, que la primera vez ocurría como tragedia y la segunda como farsa. Igual tenía razón. No sé si para demostrarlo, quién sabe, Televisión Española preparó el especial Los dos entierros de Franco, un documental interactivo en donde se podía comparar diferentes momentos de las dos inhumaciones. Y es ilustrativo. Frente a las multitudes de 1975, los actuales grupos reducidos de nostálgicos irredimibles. Frente al traslado original en coche fúnebre, el actual en helicóptero. Frente a una España dolida y esperanzada a partes iguales (quién sabe realmente qué pesaba más), un país más bien indiferente en gran medida al destino final de quien nunca pensó que su último viaje lo haría por los aires.

En 1975 se asistió al simbólico punto y final de una tragedia que había durado 40 años. El 24 de octubre del 2019 presenciamos algo que, a pesar de tanto supuesto rigor y mesura, se parecía sospechosamente a una farsa. Igual Marx tenía razón. Parece que todo se repite a mayor gloria del respetable televidente.

 

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Serie de artículos ‘Momentos estelares de la televisión’:

Escrito por Iván Gómez en febrero 2021.

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