Rayos catódicos que atraviesan la Historia
El pasado en mi televisor

Rayos catódicos que atraviesan la Historia

El atentado del 11-S obligó a series en emisión, tales como la excelente 'El Ala Oeste de la Casa Blanca', a replantear sus contenidos en un esfuerzo encomiable por atender la caprichosa y luctuosa realidad.

Cuando en 1999 la cadena estadounidense HBO estrenó Los Soprano la Historia parecía haber llegado a su temido fin. Algunos incluso se preguntaban si el ínclito Francis Fukuyama no tendría finalmente razón. El plácido devenir de finales de los noventa, con su crecimiento económico y desarrollo sostenido, con la promesa tecnológica ofreciendo oportunidades ilimitadas, chocó frontalmente con la nueva realidad de los tiempos, la del odio en forma de atentado suicida. El 11 de septiembre del 2001 la Historia se reactivó de manera abrupta y caprichosa, resistiéndose a cumplir la profecía de Fukuyama y revelando a las claras que el supuesto fin de la eterna lucha entre liberalismo político y autoritarismos varios era poco menos que una ficción de filósofo de urgencia [i].

Y es que Fukuyama no sólo tuvo que aceptar lo inevitable, a saber, el elevado margen de error que toda predicción asume, sino que además se vio obligado a ver cómo la televisión, no sin cierta retranca, situaba de nuevo la Historia en primer término. La urgencia del momento obligó a series en emisión, tales como la excelente El Ala Oeste de la Casa Blanca (NBC, 1999-2006) o la más intrascendente Turno de guardia (NBC, 1999-2005), a replantear sus contenidos en un esfuerzo encomiable por atender la caprichosa y luctuosa realidad. Si la ficción serial norteamericana había tenido en el pasado alguna oscura tentación de olvidar los envites de la realidad, dichas tentaciones se disiparon en apenas unas horas.

El derrumbe de las Torres Gemelas es difícil de olvidar para los espectadores que lo vivieron y para tantos y tantos personajes de ficción

El impacto mediático de los atentados del 11-S, la imagen del derrumbe de las Torres Gemelas y los rostros de los terroristas inundando las emisiones televisivas día y noche son momentos difíciles de olvidar para los espectadores que lo vivieron en primera persona y, cómo no, para tantos y tantos personajes de ficción, atrapados por la pérdida de seres queridos -como en C.S.I. Nueva York (CBS, 2004-2013) o en la cruda Rescue Me (FX, 2004-2011)-, por las consecuencias de las guerras libradas como represalia –Mercy (NBC, 2009-2010), Damages (FX y Audience Network, 2007-2012, en su cuarta temporada)- o por la necesidad de ser parte de la lucha –Generation Kill (HBO, 2008), Homeland (Showtime, 2011-actual)-.

En este bosque de reacciones sigue sorprendiendo la llamada a la calma y la serenidad con la que Aaron Sorkin enfrentó el problema en el capítulo de El Ala Oeste de la Casa Blanca titulado “Isaac e Ismael” (3.1, emitido el 3 de octubre del 2001), alejándose del patriotismo de manual que muchos otros intelectuales y creadores utilizaron en los meses posteriores a los atentados [ii]. Sorkin se ha distinguido por sus planteamientos liberales, políticamente incorrectos y aún hoy sigue preocupado por el papel que juegan los medios de comunicación como formadores de opinión –la excelente The Newsroom (HBO, 2012-actual) así lo demuestra.

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‘El Ala Oeste de la Casa Blanca’ (NBC, 1999-2006).

Ese renovado interés por la Historia con mayúsculas se materializó igualmente en algunas de las más interesantes series norteamercianas de los últimos años. En un intento de buscar las raíces históricas y políticas de los EE.UU. las series Deadwood (HBO, 2004-2006) y Boardwalk Empire (HBO, 2010-actual) se alzan orgullosas proponiendo un viaje iniciático para conocer las raíces de un país que a lo largo del siglo XX ha tenido que lidiar con la construcción y formalización de diversos sistemas de violencia institucionalizada. La historia de EE.UU. es la historia de su conquista –Deadwood-, de su transformación en una sociedad moderna e industrializada –Boardwalk Empire- y de su definitivo asentamiento como un poder mundial que necesita ser defendido –Homeland-. Sin olvidar que incluso una serie como Mad Men (AMC, 2007-actual) apuesta por recuperar un momento decisivo en la historia norteamericana, el doloroso tránsito por los años sesenta, y que bien puede ser leída como el producto de ese renovado interés por la historia que estamos comentando.

No es casual que la escindida y compleja consciencia de Don Draper se extienda por un país que tendrá que digerir y dar respuesta al movimiento por los derechos civiles, al desastre de Vietnam, al impacto de los asesinatos de los Kennedy y, en definitiva, a la muerte de la ilusión de una generación del bienestar que ve cómo la inseguridad y el miedo se adueñan del entorno como un cáncer en plena metástasis. Mad Men comprende a la perfección que el momento decisivo en la historia de los EE.UU. es el conjunto de cambios que se produjeron en los años sesenta, siendo la década posterior el resultado de esa progresiva descomposición económica y moral que los republicanos aprovecharían en los ochenta para llevar a un antiguo actor de Hollywood a la presidencia [iii].

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Y si el fin de la Guerra Fría trajo la falsa ilusión de una seguridad creciente, el 11-S resituó el debate en sus justos términos. El terrorismo low-tech, las bombas sucias, el ataque suicida impredecible, las redes terroristas policéntricas con franquicias por doquier; todo apuntaba a un nuevo escenario en el que, como bien argumenta el último Robert D. Kaplan, la geopolítica adquiría la renovada importancia que nunca debió perder [iv]. Y eso es precisamente Homeland. Además de una adictiva serie plagada de giros argumentales imposibles y algunos callejones sin salida, es una apuesta narrativa que habla del futuro de los países occidentales en un mundo crecientemente inseguro, amenazante, con intereses cruzados y en donde el miedo, la paranoia y la disputa por el poder serán las piezas de un nuevo juego en el tablero mundial.

La serie no sólo describe el presente en términos ficcionales, sino que intuye el previsible y poco halagüeño futuro que nos aguarda a todos realizando incisivos comentarios en los tiempos políticos del presidente Obama, del que sabemos que lejos de abandonar la guerra sucia contra el terrorismo en Afganistán e Irak, la ha continuado por otros medios menos visibles pero igualmente mortales [v]. Los desvelos de la torturada agente Carrie Matheson y de su benefactor Saul Berenson muestran a las claras otro elemento esencial del complejo tablero en el que toca jugar la actual partida. Y es que más allá de la parafernalia tecnológica, de los sistemas de escuchas electrónicos y de una cierta “digitalización” de la actividad del espía, lo más importante sigue siendo comprender al enemigo, entender su cultura, su lengua y su manera de pensar. Sólo así se puede ir un paso por delante de quien entiende la lucha no en términos meramente ideológicos, sino en términos más amplios, culturales en este caso. La serie Rubicon (AMC, 2010), que tuvo una única temporada en televisión, defendía una posición muy similar a la que vemos en ciertos pasajes de Homeland.

‘Rubicón’ (AMC, 2010).

La enorme dificultad que implica entender al terrorista y a los estados que les apoyan ha empujado a no pocas administraciones a renovar su apuesta por el realismo político y por las enseñanzas de Hans J. Morgenthau, quien en 1948 escribió su Política entre las naciones: la lucha por el poder y la paz, explicando que el precedente histórico es más importante en el juego de naciones que el principio abstracto y que “las buenas intenciones nada tienen que ver con los resultados positivos” [vi]. Los políticos realistas están más apegados al orden que a la libertad, y pueden perfectamente adoptar medidas que sacrifiquen a la segunda en aras del primero.

Esto suena sospechosamente a discurso de Dick Cheney o Donald Rumsfeld, entre otros, y es el fiel reflejo de oscuros personajes que pueblan el universo ficcional de Homeland. Si en la ya finalizada Rubicon era el malvado Truxton Spangler quien encarnaba las más altas cotas del realismo amoral, en Homeland la lucha entre Saul y Carrie ejemplifica a la perfección este debate. Carrie quiere ser un personaje más justo e idealista, que comprende parte de la maldad del sargento Brody (el terrorista interior) como reacción a la injusticia y la barbarie desplegada por los todopoderosos EE.UU., mientras que Saul es el realista de buen corazón, que intenta ser mejor que el sistema burocrático en el que vive inmerso.

Carrie quiere ser un personaje más justo e idealista, que comprende parte de la maldad del sargento Brody como reacción a la la barbarie desplegada por EE.UU.

El drama de Homeland es que los principios de ambos personajes se ven sometidos constantemente a la fuerza irracional de unos hechos que les desbordan, les ponen a prueba día tras día y, finalmente, desmontan su frágil sistema de valores. Saul no deja de ser un elemento más de ese brazo ejecutor que es la CIA, en donde la responsabilidad de las decisiones se va diluyendo a medida que subimos escalones en el escalafón de mando. Al final, nunca se sabe quién es el responsable último de esas órdenes ejecutivas que firman oscuros burócratas, porque el poder último emana del propio presidente de la nación. Y Carrie, la loca más cuerda del manicomio en el que viven los personajes, es incapaz de mantener sus principios y los viola cada vez que su país enfrenta una amenaza directa y real, por lo que, en determinados momentos de la serie, no tiene más salida que caer en la noche oscura de su propio desorden mental como falso escape ante la dura realidad.

Puede que Homeland no sea la mejor serie en emisión. Puede que ni siquiera los responsables de la serie sean capaces de desatascar el embrollo en el que han metido a los personajes. E incluso es posible que los giros imposibles de guión, las casualidades y la inverosimilitud se adueñen del resultado, pero no dejen de pensar y leer Homeland como la figuración de un posible futuro lleno de inseguridades, como una predicción de la importancia que la geografía y la geopolítica adquirirán con el paso del tiempo y, en definitiva, como una ficción sobre la renovada importancia que la Historia está adquiriendo en los últimos años.



[i] Aquí cabría contrastar las teorías del Francis Fukuyama de El fin de la Historia y el último hombre (1989, edición en español del 1992) con las del André Glucksmann de Dovstoievski en Manhattan (2002). Publicado en Francia pocos meses después de los atentados, el libro de Glucksmann bien puede ser leído como una reivindicación de la renovada importancia que la Historia habría de adquirir en los próximos años.


[ii] Para un análisis detallado de estos episodios puede consultarse De Felipe, F.; Gómez, I.: Ficciones Colaterales: Las huellas del 11-S en las series “made in USA”. UOCPress: Barcelona, 2011. Para un análisis del contexto general televisivo en el que nacen estas ficciones, Cascajosa, C.: Prime Time. Las mejores series de TV americanas, de C.S.I. a Los Soprano. Madrid: Calamar ediciones, 2005.


[iii] Sobre el contexto televisivo de la serie, consultar Cascajosa, C.: “Enmarcando Mad Men: Elogio del contexto televisivo”, en VV.AA. Guía de Mad Men. Reyes de la Avenida Madison. Madrid: Capitán Swing, 2010.


[iv] Kaplan, Robert. D.: La venganza de la geografía. Cómo los mapas condicionan el destino de las naciones. RBA: Barcelona, 2013 (edición original, 2012).


[v] Sobre esta cuestión hay que consultar las obras del periodista de investigación Jeremy Scahill. También la entrevista publicada por La Vanguardia el 17 de octubre del 2013.


[vi] Ídem, p. 55. Para una mejor comprensión de las implicaciones de la doctrina realista, puede consultarse el capítulo segundo de Kaplan (2013).

Escrito por Iván Gómez en octubre 2013.

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