Crítica ‘Furious’ (Disney+): ángel de venganza
Crítica de la serie

‘Furious’: ángel de venganza

Elizabeth Meriwether reescribe el clásico de 1987 para construir un rompecabezas moral tan complejo como perturbador. Apoyada en las insuperables interpretaciones de Emmy Rossum y Lola Petticrew, la serie convierte un duelo de inteligencias en una radiografía feroz sobre el trauma, la corrupción y los vacíos del sistema.

En El caso de la viuda negra (Bob Rafelson, 1987) asistíamos al duelo de inteligencias que mantenían Alex Barnes (Debra Winger), una agente federal adicta al trabajo, y Catherine (Theresa Russell), una mujer que se afanaba a engordar sus cuentas bancarias liquidando maridos como quien cambia la ropa del armario en función de la estación. 

De aquel guion original obra de Ronald Bass, la siempre interesante creadora Elizabeth Meriwether (The Dropout, Dying for Sex) apenas ha rescatado el enfrentamiento entre ambas mujeres y algunos apuntes de su planteamiento.

Este remake seriado de El caso de la viuda negra es lo suficientemente inteligente como para conservar algunos detalles del original y resignificarlos

En Furious, Alice Black (Emmy Rossum) ha ingresado en el FBI tras abandonar la policía de Nueva York. El motivo del cambio no es otro que la relación sentimental que mantenía con otro agente, Marshall (Jack Lacy), un tipo que trataba a su pareja como un antidisturbios a un manifestante. Ella prefirió coger los bártulos y marchase a otro cuerpo policial antes que denunciar los malos tratos. Ahora, en el bureau, se limita a atender llamadas y a aguantar las reprimendas de su superior. 

Por su parte,  Catherine (Lola Petticrew) se entrega a la metódica supresión de los hombres que intervinieron en un caso de abuso de menores en el que ella estuvo involucrada cuando apenas contaba con 15 años. Si la Catherine de Theresa Russell se movía por ambición y frecuentaba ambientes lujosos, la que encarna una magnífica Lola Petticrew deambula entre hogares de acogida y la casa de un hombre afectado por una enfermedad degenerativa al que cuida. Su único objetivo es la venganza. Su personaje tiene el mismo glamour que el de Yo, Cristina F. (Uli Edel, 1981).

Furious

‘Furious’ está disponible en Disney +.

Si bien es cierto que en el arranque, largometraje y miniserie encuentran ciertos parecidos – todo empieza con la inesperada conexión que la testaruda Alice encuentra entre la muerte por sobredosis del hijo de un millonario y la de un criminal de baja estofa fallecido años atrás en idénticas circunstancias-, los derroteros por los que Meriwether desvía la trama nada tienen que ver con el libreto de Bass, quien, por cierto, aquí ejerce como productor ejecutivo

La Alice de una insuperable Emmy Rossum es, desde ya, candidata a todos los premios de 2027

Este remake seriado de El caso de la viuda negra es lo suficientemente inteligente como para conservar algunos detalles del original y resignificarlos. También para modificar radicalmente el contexto y ofrecer nuevas lecturas. El personaje de una estupenda Debra Winger en la película de 1987 vestía de una manera muy particular – ropa ancha, nada femenina – y andaba como un sargento de infantería en plena formación embutido en los ropajes de El príncipe de Bel-Air. Encerrada en una oficina que parecía un vial de testosterona, su trabajo consistía en rechazar con la rotundidad de un boxeador veterano las proposiciones carnales de sus colegas y en desobedecer las indicaciones de sus superiores para poder investigar un caso en el que nadie, salvo ella, creía. 

La Alice de una insuperable Emmy Rossum es muy distinta (es, desde ya, candidata a todos los premios de 2027). Su indumentaria es, de nuevo, importante (como su apellido). Viste siempre de oscuro, ropa cómoda, no se maquilla, NO SE DUCHA. El maltrato sufrido la convierte en una apestada a ojos de la mayoría de sus compañeros: ¿por qué no le denuncio? ¿No se lo habrá inventado todo? Además, utiliza una aplicación de citas para quedar con hombres y entregarse a una disciplina erótica que mezcla el sexo con las artes marciales mixtas  (¿se acuerdan de Elle de Paul Verhoeven?).

El rough sex sirve para explicar, también, su oscilante relación con Marshall, atravesada por la atracción, la manipulación, el interés profesional y el miedo. El final del tercer episodio es pavoroso, por lo que expone (una madre defendiendo a un abusador) y por cómo se cierra, Alice echando mano al arma reglamentaria y la cámara abriéndose a un plano general, fijando una distancia de seguridad que solo es posible cuando la violencia en rigurosa defensa propia asoma la patita. La serie no se anda con remilgos.

Furious

Lola Petticrew es Catherine en ‘Furious’.

La longitud serial permite a Meriwether construir una Alice mucho menos firme que la Alex de 1987, mucho más inconsistente, voluble, compleja. Ya no está únicamente rodeada de hombres. De hecho, su evolución está vinculada a una doble relación. La que mantiene con Danny (Scoot McNairy), un antiguo compañero de la Policía de Nueva York, el único que la defendió cuando su ex le dejo la cara como un oso panda, con el que tendrá que volver a trabajar en el nuevo caso, pues FBI y NYPD se ven obligados a colaborar. 

Su otra compañera de fatigas será Nora (Quincy Tyler Bernstine), una superior hastiada que desayuna zumo de maíz destilado en Kentucky quien sabe si para poder enfrentarse a los videos de menores abusados que tiene que ver a diario. Casi cada frase pronunciada por la Bernstine es oro molido. Cuando está en pantalla, la serie gana enteros. 

El conjunto está bien armado e incluso su carrusel de giros finales cumple con esa sacrosanta norma del noir que nos dice que han de ser imprevisibles e inevitables.

And last but not least, el viaje conjunto que harán Alice y Catherine, marcado por un paulatino proceso de identificación que desemboca en un final tremebundo que no les adelantaremos y que nada tiene que ver con la rivalidad del film original (de hecho, Meriwether ha confesado que la secuencia de la película en la que ambas confraternizan y encuentran puntos de unión, situada en una playa de Hawai, es la que la llevó a plantearse el remake). Y todo porque Alice no es una víctima ejemplar. Es alguien que, como Catherine, aprende que para obtener la justicia que se merece deberá operar al margen del sistema. De hecho, deberá conocer las reglas, pero también a los hombres y mujeres envueltos en el caso, para poder manipularlos a su antojo. A Maquiavelo le hubiese gustado Furious, no les quepa ninguna duda. 

En los tres casos, las ligaduras emocionales que atan a Alice a cada una de estas tres personas están lejos de ser simples. Se entrecruzan la ambición profesional, el interés personal, la fragilidad, el miedo, la incomprensión, el rechazo, la sed de venganza, la necesidad de afecto, … Y ahí está Emmy Rossum para ponerle rostro a todas ellas. Lo mismo podemos decir de Lola Petticrew y su Catherine, un juguete roto que lo mismo emula a la Amy (Rosamund Pike) de Perdida (David Fincher, 2014), véase el segundo capítulo, que a la Lilja que nos presentó Lukas Moodyson allá por 2002. 

Furious

Jack Lacy es Marshall en ‘Furious’.

Es cierto que, en algunos momentos, la construcción de personajes está muy por encima de la intriga. Sobre todo en la parte final, el guion se toma algunas licencias poco convincentes, pero, en líneas generales, el conjunto está bien armado e incluso su carrusel de giros finales cumple con esa sacrosanta norma del noir que nos dice que han de ser imprevisibles e inevitables.

‘Furious’ comparte ciertos rasgos con la primera entrega de ‘True Detective’

Es cierto que hay algunos personajes sobrecargados de conflictos – ¿es necesario que el hijo de Danny padezca una enfermedad mental? – y otros excesivamente esquemáticos – el detective Choi (Rob Yang) -, pero son apuntes negativos secundarios dentro de una teleficción que está muy por encima de los estándares de los policíacos de este 2026 (y a la que el personaje de Steve Way le inocula las dosis de humor negro necesarias para despresurizar una atmósfera saturada de tragedias). 

Aunque en un principio les pueda parecer una boutade, Furious comparte ciertos rasgos con la primera entrega de True Detective (Nic Pizzolatto & Cary Joji Fukunaga, 2014). La relación ambivalente entre Alice y Nora – la primera, por lo demás, un personaje tan o más torturado que el de Rust Cohle (Matthew McConaughey)- con sus cuitas laborales, sus secretos inconfesos y unas líneas de diálogo tan brillantes como una canica en un cenagal. Por ejemplo esta, entre Danny y Nora, con Alice presente: 

– Soy Danny Kelly. Trabajo en homicidios.
– Danny Kelly. Joder, ¿Cómo de irlandés eres?
– He cagado una patata esta mañana.

Furious

Una brillante Emmy Rossum protagoniza ‘Furious’.

La descripción de un entorno, en este caso urbano, corrompido hasta la médula, en el que las élites hacen y deshacen a su antojo y pueden permitirse cometer cualquier atrocidad también recuerda a la historia de Pizzolatto. Y otro tanto sucede con la aparición, nuevamente, del abuso de menores, la connivencia de las autoridades y la existencia de un perturbardor entramado familiar  (los Tuttle en True Detective, los Easton aquí) visto como un mal endémico que anida en el corazón de la sociedad estadounidense (¡hola Jeffrey Epstein!). 

Siguiendo el hilván comparativo, diremos que si en la entrega inicial de True Detective el noir se cruzaba con el gótico sureño y la obra literaria de Robert W. Chambers y Ambrose Bierce, Furious se aleja de esas coordenadas para situarse en las del thriller urbano hasta cierto punto estilizado. 

Destaca la importancia de las líneas verticales entendidas como barreras que fijan una separación dramática

Ahí están el uso de filtros para definir las turbulencias emocionales que afectan a los personajes o el modo en que se filman la psique rota de Alice (espejos quebrados, planos fragmentados) y sus ataques de ansiedad mediante encuadres opresivos.

Pero, sobre todo, destaca la importancia de las líneas verticales entendidas como barreras que fijan una separación dramática; véase cómo está rodada la primera conversación entre Alice y Marshall o, sobre todo, cómo se resuelve el enfrentamiento final entre Alice y Catherine: un tabique media entre ellas dos mientras la primera está a punto de dar caza a la segunda; si se compara esa conversación, cuyo contenido no desvelaremos, con su última charla posterior al clímax, filmada con planos frontales de ambas que expresan una identificación total entre las dos  – esta es una historia de empatía – solo nos queda desentrañar qué es lo que ha cambiado entre una secuencia y otra para que ahora la frontera moral que se manifestaba en forma de pared, desaparezca. La respuesta la tienen en el último capítulo. Confío en que sabrán encontrarla

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