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Cartel promocional de la serie.
“Soy una persona jodidamente normal y me veo metida en una red de mentiras y muertos que desaparecen”. Una frase, queja amarga de la protagonista en un relevante momento de la serie, que parece aludir al canon de un tal Alfred Hitchcock: “Empieza colocando a alguien corriente en una situación extraordinaria y mantenlo en apuros hasta el clímax”, decía el orondo mago del suspense cuando le preguntaban por las claves de (gran parte de) su cine. Gente corriente en situaciones peligrosamente anómalas, una premisa aparentemente sencilla que, 60, 70, 80 años después, sigue señalando el camino. La sombra de Hitch es alargada, la vida sigue igual.
En Satisfacción garantizada hay un poquito de Falso culpable y otro poquito de Con la muerte en los talones, y aún un poquito más de La ventana indiscreta: ¿qué es la pantalla del portátil si no una oportunidad para no quedarse encerrada en una realidad poco, o nada, estimulante? En la obra maestra de Hitchcock, un inmovilizado James Stewart solo encuentra solaz en unos prismáticos que convierten las vidas cotidianas de sus vecinos en un voyeurístico entretenimiento.
A medio camino entre el thriller y la comedia negrísima, abraza una ligereza que potencia la impresión de divertimento para que el espectador sienta lo que el título promete
De nacer siete décadas más tarde, aquel personaje con la pierna rota tendría muchísimas más posibilidades de combatir el aburrimiento gracias al mismo Internet que permite que Paula, la protagonista de la serie que nos ocupa, huya a ratos de su estresante realidad: en su trabajo como verificadora de datos en un periódico (una figura que. por cierto, en nuestro país funciona regulinchi), no hay manera de lograr una promoción y un aumento de sueldo; en su vida personal, es una madre divorciada que lucha por la custodia de su hija con su ex y la manipuladora nueva pareja de este.

Tatiana Maslany es Paula en ‘Satisfacción garantizada’.
Así las cosas, y demasiado ocupada para relacionarse con otros hombres, nuestra (anti)heroína pagó a un trabajador sexual para un fugaz momento de placer online, pero, tan majete él, lo ha acabado convirtiendo en una mezcla de amigo, amante y terapeuta virtual. Separados, ese es el signo de nuestros tiempos, por esa misma pantalla que, como la ventana de Hitchcock, sirve para que Paula sea testigo de un delito. Y, a medio segundo de quitarse las bragas, vea en vivo y en directo cómo su noviete virtual, que lo sabe absolutamente todo de ella, es atacado por un misterioso encapuchado.
El escrutinio cambia cuando quien consume sexo virtual es un tío o una tía, y ahí está uno de los quids de la cuestión en Satisfacción garantizada
Horas después, una llamada pidiéndole dinero destapará el pastel. La estafa está servida. Y, por supuesto, los cadáveres no tardarán en aparecer. Todo ello ocurre en el primer episodio, pero es solamente la atractiva premisa de una serie que no deja de ofrecer constantes giros de guion, algunos más sorprendentes, otros más desacomplejadamente simpáticos.
A medio camino entre el thriller nada-es-lo-que-parece y la comedia negrísima, y abrazando una ligereza que potencia la impresión de divertimento para que el espectador sienta lo que el título promete, es probable que la serie no hubiera logrado garantizar idéntica satisfacción sin la exhibición de Tatiana Maslany. No sorprenderá a quienes disfrutaron de sus mil caras en Orphan Black, pero en la piel de Paula, la atribulada madre coraje que lo mismo entrena al equipo de fútbol de su hija que se convierte en detective amateur para salir del entuerto en el que está metida, la carismática actriz ofrece todo un despliegue de recursos interpretativos sin aparente esfuerzo. Ella marca la diferencia, da el plus a una historia no tan distinta a otras pero que resulta tremendamente eficaz.

‘Satisfacción garantizada’ está disponible al completo en Apple TV.
Maslany es el alma de Satisfacción garantizada, pero su recital da margen de lucimiento a un robaescenas nato como Murray Bartlett (The White Lotus) y a dos parejas de secundarios (los inspectores de policía que interpretan Dolly De Leon y Jon Michael Hill, y los compis de trabajo de la protagonista, detectives improvisados, a los que dan vida Charlie Hall y Kiarra Hamagami Goldberg) cuyas dinámicas ofrecen ingeniosos instantes de respiro. Quizás se eche de menos algún otro momento de brillo para un Jake Johnson (eterno Nick en New Girl) que, en la piel del pusilánime ex de Paula, apenas se suelta (o le dejan soltarse) en un divertidísimo interrogatorio.
En medio de una absorbente trama de chantajes, traiciones y asesinatos, la serie deja también un par de apuntes para quien quiera escucharlos: por un lado, en el dibujo de una mujer que, como la esposa del César, tiene que parecer virtuosa más allá de serlo, podemos leer una diferencia de rasero que conocemos de sobras en las demandas sociales según los niveles de testosterona de quien está delante. Una madre tiene que serlo 24/7 y está perdida si le cuelgan la etiqueta de desastrosa, un padre tiene mucho más margen de maniobra.
El gustirrinín se instala en el visionado de cada uno de los diez capítulos de una primera temporada que pide binge-watching a gritos
Y es otra obviedad señalar que el escrutinio cambia cuando quien consume sexo virtual es un tío o una tía, y ahí está uno de los quids de la cuestión en Satisfacción garantizada. Como también lo es la nada revolucionaria reflexión de la paradoja tecnológica: las pantallas nos abren mil posibilidades de interacción y, al tiempo, nos aíslan y vulnerabilizan, nos hacen, en definitiva, mucho más frágiles.
En cualquier caso, y de la misma manera que garantiza el anuncio del camboy que desencadena el relato, el gustirrinín se instala en el visionado de cada uno de los diez capítulos de una primera temporada que pide binge-watching a gritos, y que se remata abriendo una sorprendente puerta a continuar con las regocijantes peripecias de Tatiana Maslany. ¡Sí, queremos más!

