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El solar sigue exactamente igual. Infinitas veces durante su estancia en la cárcel había anhelado volver a este lugar aunque fuera por un triste segundo. Solo es un maldito descampado repleto de hierbajos y tres tubos de cemento olvidados en el centro, pero para él significa mucho más; para él simbolizaba la libertad. Saca del bolsillo de su chaqueta un paquete de cigarros arrugado y se pone uno en la boca lentamente, saboreando el dulce alivio del preso que ha dejado de serlo. Su barba de tres días, negra y descuidada, hace juego con unas ojeras que reflejan una mente demasiado castigada como para dormir con placidez. La condena del duermevela. Expulsa el humo de la primera calada mientras deja caer la cabeza hacia atrás y observa el precioso día que le ha regalado Tokyo hoy. El sol saluda orgulloso desde un cielo completamente azul, tan azul que a Nobita no le queda otra salida que recordar. Furiosos océanos de recuerdos, olas gigantes de dolor.

«El mundo descubrió la presencia de un ente del futuro que durante años había convivido con una familia japonesa sin que a nadie le pareciera raro»
Una mañana cualquiera, tras una noche de fuego perenne, Nobita observaba a Shizuka durmiendo plácidamente. Pensó -pobre de él- que tras dos años juntos algo en el subconsciente de su amada le habría hecho enamorarse de él y que la pegatina del amor ya no era necesaria. Y se la quitó. Y Shizuka despertó. Y quedó horrorizada al encontrarse desnuda al lado de Nobita sin tener la menor idea de cómo había acabado allí. Gritó, lloró, insultó y amenazó. Nobita, presa del pánico de perder a quien lo era todo para él, le explicó que los dos últimos años habían sido pareja gracias a uno de los inventos de Doraemon pero que ahora era momento de seguir con su amor sin necesidad de ningún tipo de tecnología. Al ver el rostro desencajado y lleno de odio de la chica, Nobita supo que todo había acabado. Pero no sospechaba el infierno que se desataría. Una denuncia de Shizuka por violación reiterada lo llevó ante los duros tribunales nipones. El abogado de ella argumentó que al encontrarse bajo los efectos de las pegatinas del amor el sexo con Nobita no había sido consentido. Los tribunales no lo dudaron y encontraron culpable a un destrozado Nobita, al que condenaron a 25 años de cárcel. Pero al castigo penal se sumó el castigo psicológico. El caso tuvo una repercusión mediática sin precedentes, y el mundo descubrió la presencia de un ente del futuro que durante años había convivido con una familia japonesa sin que a nadie le pareciera raro. Nada más salir el caso a la palestra, Estados Unidos, China y Rusia negociaron interminables horas con el gobierno japonés para acceder a Doraemon y poder estudiar tanto sus inventos como la tecnología con la que estaba confeccionado. El acuerdo finalmente se cerró, creándose un equipo internacional científico-militar compuesto por grandes mentes de los países más potentes del mundo cuyo objetivo sería el estudio del simpático robot. Lo que empezó con cierta armonía y con amables preguntas a Doraemon se transformó en disputas internas y experimentos cada vez más agresivos. El desastre se consumó en abril de 2029, cuando se comunicó de forma oficial que Doraemon, el robot venido del futuro, había cesado en su funcionamiento regular (eufemismo de fallecer usado para robots con sentimientos y comportamientos humanos) tras un intento fallido de extraer su chip central situado en la parte trasera de la cabeza. Una lobotomía demasiado ambiciosa había acabado con Doraemon.

Nobita apura el cigarro del paquete arrugado, recostado contra los tubos de cemento. Sigue mirando al cielo. Un día precioso, piensa. Saca el gorrocóptero del bolsillo. Lo acaricia, sonríe y se lo coloca en la cabeza. Un escalofrío recorre su espina dorsal, la nostalgia mezclada con una tristeza inabarcable le hace temblar. Sus pies se separan lentamente del suelo, despega. Asciende verticalmente, siempre mirando hacía arriba. El color azul del cielo cada vez está más cerca. Una día precioso, piensa. La velocidad del ascenso va aumentando y las casas son ya pequeños cuadrados a sus pies y el solar una mancha verde perdida en la inmensidad de Tokyo. Pero Nobita sigue subiendo. Cuanto más cerca está de la gran bóveda azul, más cerca se siente de su amigo. Levanta un brazo, intentando alcanzar lo inalcanzable. Está tan alto que sus ojos solo ven ya color azul por todos lados. Un día precioso, piensa. Por primera vez en más de 25 años se siente en paz. Siente como si lo tuviera al lado, como si estuviera abrazando una última vez a su amigo Doraemon. Sigue mirando el cielo. Una lágrima baja suavemente por su mejilla, lamiendo su piel caduca. Todo es azul. Un día precioso, piensa. Nobita se quita el gorrocóptero. La gravedad lo lleva sin remedio de vuelta a tierra, pero él no deja de mirar el cielo azul. Tan azul. Un día precioso, piensa.

