El arte del birlibirloque
'El inocente'

El arte del birlibirloque

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'El inocente' se estrenó en Netflix el pasado 30 de abril al completo.

Dos maestros trileros, Harlan Coben y Oriol Paulo, están tras 'El inocente', serie de Netflix que, con el manejo de pistas falsas y cliffhangers, hace imposible su consumo en pequeñas dosis.

Pese a no estar aceptada por la RAE, algunos diccionarios definen la expresión «por arte de birlibirloque» como equivalente a «por arte de magia». La palabra birlibirloque surge de decir «birliqui-birloque» rápidamente. Es una especie de abracadabra. Es una expresión onomatopéyica, pero guarda un parecido a las palabras «birlí» (páginas en blanco) y «birlo» (bolo). Juntos dan la idea de tirar la suerte (el birlo) sobre una página en blanco (birlí) para ver qué (birloque) pasa. Según el Centro Virtual Cervantes, este popular dicho se suele utilizar en un contexto como el siguiente: «Lo consiguió por arte de birlibirloque»; es decir, con el arte de birlar, hurtar o estafar de repente, por sorpresa, con destreza y maestría. En lenguaje caló, birlar y birloque significan, respectivamente, «estafar» y «ladrón». Birlar se utiliza también en el sentido de conseguir algo con habilidad sin que se sepa los medios que se han utilizado, pero sin ser necesariamente mediante el robo o la estafa. Acabemos esta introducción (bastante gratuita, cierto, aunque el saber no ocupe lugar) viajando hasta el origen de la palabra: tal vez una abreviatura del trabalenguas árabe «beylerbeyilik buyuruklari(yla)», que significa «por orden del gobierno».

Pues bien, Oriol Paulo domina el arte del birlibirloque como pocos. Con un puñado de exitosas, y bastante tramposas (a veces en buen, otras en mal, sentido), películas de suspense, misterio, crimen y castigo, ha conseguido dominar otro (noble, porque de eso va el cine, de eso va la ficción) arte, el de la manipulación del espectador. Ahora te doy tres pistas, pero dos de ellas son más falsas que las promesas de un político. Ahora te llevo por aquí para que no mires por allá. Ahora parece que resuelvo uno de los siete u ocho conflictos que manejo, pero he abierto un par de puertas más. Ahora termino pero no, porque siempre os regalo dos, o tres, finales después del aparente final. Con El cuerpo (2012), Contratiempo (2016) y Durante la tormenta (2018), incluso con el guion de Los ojos de Julia (2010), Paulo ha ido perfeccionando el manejo de los giros y golpes de efecto, de los twists, del uso del despiste y la trampa, de las filigranas argumentales, de la fragmentación y los trampantojos narrativos. Y ha cultivado un look muy característico, oscuro, con una fotografía en la que mandan los tonos azules y grises, con una creación de atmósferas tan frías como agobiantes.

En el estupendo ensayo, recientemente publicado, Lo leo muy negro (ed. Destino), del crítico especialista en literatura negra Antonio Lozano, se habla del escritor Harlan Coben en estos términos: «Coben ha defendido siempre que sus libros nos hablan del tipo corriente, del hombre de familia (…) Lo que hace en sus novelas es golpearte a las primeras de cambio y llevarte en volandas y aturdido por un laberinto de trampas y puertas falsas hasta mostrarte una salida donde se ata la maraña de emociones fuertes. El combustible que hace avanzar la acción es el filigranesco giro narrativo (…). Si llegar al mayor número de gente imaginando historias que te agarran por el pescuezo en las diez primeras páginas y se pasan las trescientas restantes zarandeándote es un arte, la respuesta a si es un artista es afirmativa». Hiperactivo fenómeno literario global, la figura del estadounidense Harlan Coben se ha globalizado más allá de sus libros superventas, con un contrato con Netflix que ha tenido criaturas como Safe, Última oportunidad o No hables con extraños. O con una adaptación cinematográfica cojonuda que no dejaré de recomendar, No se lo digas a nadie (2006).

Que los imaginarios de Coben y Paulo se hayan unido parecía cuestión de tiempo y del mismo destino caprichoso que lleva a los personajes de sus ficciones por un carrusel de enredos, crímenes y venganzas, preocupados ambos en agarrar al lector/espectador y subirle a una trepidante montaña rusa con sus historias retorcidas y sus trucos de magia narrativa. Pero vayamos al lío y entremos en la adaptación recién estrenada por Netflix: el viaje que propone El inocente tiene el kilómetro cero en una pelea a la salida de una discoteca. Entre puñetazos y patadas, un desafortunado empujón acaba con una vida y casi destroza otra: un muerto y un culpable de homicidio involuntario que acaba con sus huesos en la cárcel. En los ocho primeros minutos del primer episodio de la serie, conoceremos de dónde viene el homicida, cuál es su periplo, cómo sale de prisión y logra una segunda oportunidad, e intenta dejar atrás este trágico episodio de su pasado, cómo rehace su vida junto a una mujer que le ama por encima de todas las cosas, cómo esperan un bebé que solo puede traer cosas buenas… o no.

Usando desvergonzadamente en su guion la pirotecnia y los triples saltos (a veces mortales) sin red, ‘El inocente’ atrapa sin remedio ante tanto cliffhanger desatado

Lo escuchamos desde la voz en off del aparente hilo conductor de esta historia, Mateo Vidal. Pero ahí está el primer engaño de esta enrevesada trama. El protagonismo es mucho más coral de lo que aparenta. Cuenta Oriol Paulo que, con la complicidad del escritor, ha hecho suya la novela. Y uno de los elementos clave de esa apropiación es esa voz en off que abre cada capítulo, y que, en boca de hasta ocho personajes distintos, va cambiando el punto de vista, abriendo nuevas compuertas, añadiendo nuevas piezas al puzle, completando un conjunto en el que siempre hay huecos que rellenar. Que haya episodios que parezcan desvinculados de la trama principal se antoja un recurso estupendo para ampliar el alcance de un relato con múltiples aristas, en el que nadie es lo que parece y donde caben monjas y prostitutas, policías de homicidios y agentes de unidades especiales con capacidad de retener pruebas, chantajistas y asesinos, persecuciones y dramas. Personajes, en definitiva, marcados por los errores o accidentes de un pasado que siempre regresa a buscarlos, que nunca les deja en paz. Aunque cada uno de esos ocho protagonistas crea que puede cerrar esa puerta para siempre.

Con esos mimbres, usando desvergonzadamente en su guion la pirotecnia y los triples saltos (a veces mortales) sin red, visualmente cuidadísima y con un llamativo reparto (Paulo repite con algunos habituales de su cine, como Mario Casas, Aura GarridoJosé Coronado, Ana Wagener, Oriol Vila o Mima Riera; y añade a Alexandra Jiménez, Juana Acosta, Miki Esparbé, Gonzalo de Castro, Xavi Sáez, Santi Pons, Anna Alarcón, Susi Sánchez o la bonaerense Martina Gusman), El inocente reparte juego de forma más que hábil y eficaz, invita a juguetear con sus abracadabrantes travesuras narrativas, y atrapa sin remedio a un espectador incapaz de huir del binge-watching ante tanto cliffhanger desatado. Cosas de dominar el arte del birlibirloque, de «birlar, hurtar o estafar de repente, por sorpresa, con destreza y maestría».

Escrito por Àlex Montoya en mayo 2021.

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