'Reina Roja' y el sentido de la crítica
Crítica de la serie (Prime Video)

‘Reina Roja’ y el sentido de la crítica

La adaptación del thriller español más vendido de la historia tiene todos los ingredientes para convertirse todo un éxito de audiencia. Y, sin embargo, para quien escribe esta crítica es una serie fallida, cosa que obliga a preguntarse para qué sirve la crítica hoy en día.
Reina Roja

Vicky Luengo es Antonia Scott en 'Reina Roja'.

Hay un momento en el cuarto capítulo de Reina Roja en el que unas aceitunas se ponen a bailar, flotando sobre la mesa en la que los dos protagonistas almuerzan con la madre de uno de ellos. Esa danza aceitunera marca el inicio de una oda a la tortilla de patatas como pieza fundacional de una tradición gastronómica basada en la profunda valoración de productos que, por muy humildes que sean, bien tratados pueden rozar o incluso traspasar la excelencia. Puede que sea uno de los instantes de menor importancia para la trama principal y, sin embargo, resulta crucial para descifrar el producto del que forma parte

La escena, de hecho, remite al final de una película que poco o nada tiene que ver con la serie basada en la novela de Juan Gómez Jurado. Hablamos de la epifanía que vive Anton Ego, crítico culinario que, a pesar de ser un personaje secundario, se convirtió en la gran revelación de esa obra maestra de la animación, y del cine en general, que es Ratatouille. Tras probar la versión cocinada por Remy, la rata protagonista, del clásico guiso de verduras francés, Ego vive su propio momento magdalena de Proust y vuelve a su infancia, a los sabores que lo configuraron y a aquello que tanto tiempo hacía que había perdido, la auténtica pasión por la comida y, por tanto, por su oficio. 

La adaptación televisiva de ‘Reina Roja’ parecía contar con todos los elementos para convertirse en una especie de adicción para cualquiera que la empezara

Más o menos eso es lo que le sucede a Antonia Scott (Victoria Luengo) al probar la tortilla de la madre de Jon (Hovik Keuchkerian), que después de media vida sin sentir el calor humano que se desprende en una comida familiar experimenta los mismos fuegos artificiales en su interior que el crítico animado, solo que en el caso de Scott se manifiestan con ese extrañamente largo ballet de olivas, tan largo que una llega a plantearse si se trata de una nada camuflada campaña de La Española, diseñada por un agente publicitario con mucho sentido del humor. 

La referencia a Ratatouille, en todo caso, no es gratuita. Además de reivindicar que el talento se puede encontrar en cualquier lado y que nada más importante para alcanzar lo sublime que valorar la sencillez, la octava película de Pixar ponía sobre la mesa una cuestión que 17 años después sólo ha adquirido mayor vigencia y profundidad. ¿Qué sentido tiene la crítica cuando el público también se puede manifestar? ¿Para qué sirve que alguien analice un producto, sea del tipo que sea, en la era de las redes sociales, donde todo el mundo puede opinar? ¿Sirve de algo que yo reflexione sobre los motivos que hacen de Reina Roja una serie fallida cuando puede que en unos días, con miles de comentarios favorables en Twitter, se celebre su estreno triunfal?

Reina Roja

Antonia compartiendo mesa con Jon y su madre, dispuestos a acabarse toda la tortilla de patatas.

Aunque, en realidad, algunas de esas preguntas ya plantean sus propias respuestas. La función del crítico no es solo opinar, es sobre todo analizar, como bien sabe J. A. Mendiola, gran referencia del mundo de la crítica balear. “Además, el crítico tiene que verlo todo, tanto lo que le apetece como lo que no”, dijo en una reciente entrevista, “sólo así puede tener una imagen completa. De otro modo, siempre le faltarían elementos para poder argumentar”.

Y es que no, yo no formo parte de los más de tres millones de lectores del thriller español más vendido de la historia, y no porque tenga nada en contra de los best sellers, ni mucho menos: devoré los escritos por Dan Brown, he sido orgullosa lectora de toda la saga de Harry Potter y, aunque me esforcé tanto como pude para engancharme a Mañana y mañana y mañana, no lo conseguí. No he leído los libros de Juan Gómez Jurado como tampoco he leído una sola línea escrita por J. R. R. Tolkien, ni por Marguerite Duras, ni por Jon Fosse, el último premio Nobel. Que tire la primera piedra quien no tenga centenares de autores pendientes, sean reconocidos o no.

Sobre las diferentes tramas de ‘Reina Roja’ sobrevuela una sensación de incredulidad que traspasa diálogos y escenarios

Sin embargo, la adaptación televisiva de Reina Roja parecía contar con todos los elementos para convertirse en una especie de adicción para cualquiera que la empezara. Una trama criminal cargada de extravagancias, unos personajes con pasados que los atormentan y a la vez los hacen destacar, un director de los más experimentados del género en España y un reparto difícilmente mejorable, encabezado por dos actores que en los últimos tiempos, y por mérito propio, se han convertido en absolutas referencias. Volviendo al símil culinario, una sabía que la tortilla se iba a cocinar con los mejores huevos, patatas y cebollas que se podían encontrar en el mercado. La sorpresa ha sido encontrarlos casi crudos sobre el plato. 

Reina Roja

Hovik Keuchkerian y Vicky Luengo, los dos grandes pilares de ‘Reina Roja’.

Para empezar, en una serie de estas características una parte muy importante del buen funcionamiento del engranaje -por no decir mayoritaria- recae sobre la personalidad o, mejor dicho, sobre la gracia de sus protagonistas. Y eso depende de una difícil combinación de guión, dirección e interpretación con la que no siempre se consigue la cuadratura del círculo. Ni Killing Eve sería lo que es de ser por la pareja que interpretaban Jodie Comer y Sandra Oh ni la última de Fargo tendría sentido sin el atractivo de Roy Tillman y Dot Lyon, véase Jon Hamm y Juno Temple. 

Para bien o para mal, el estreno de ‘Reina Roja’ sirve para recordarnos que el trabajo del crítico nunca ha sido más necesario que ahora

En cambio, y aunque sea más que evidente que los personajes de Reina Roja se esfuerzan constantemente por mostrarse, cada uno a su manera, carismáticos, unos por exceso y otros por defecto todos terminan quedándose en poco más que un estereotipo que en algunos casos llega a rozar la vulgaridad -ciertos comentarios del policía Gutiérrez hablan por sí mismos. Respecto a la reina roja, una cosa es ser introvertida, lúcida y maniática y la otra es que sea imposible saber de qué pie calzas, en qué cosas piensas, quién se supone que eres. Y si a la mitad de la serie ya ni siquiera las dudas generan interés, poco margen queda para hacer que el personaje resulte memorable. 

Por otro lado, nada más importante en una historia que la verosimilitud, ese elemento tan difícilmente explicable como absolutamente necesario para que cualquiera quiera prestar atención. Qué más da que sea real o posible, lo único que importa es que parezca verdad. Y sobre las diferentes tramas de Reina Roja sobrevuela una sensación de incredulidad que traspasa diálogos y escenarios, secuencias y secundarios, como si en el fondo todos supieran que nada termina de ser muy lógico y ni siquiera se esforzaran en disimular. En lugar de excitante y enigmática, la serie resulta básicamente sosa, como si nadie se hubiera acordado de echarle sal. 

‘Reina Roja’ está disponible en Prime Video.

Y esa es la cuestión, en realidad. Que de los productos más vendidos en el mercado no tiene por qué salir la mejor tortilla. Que uno puede tener el mejor material del mundo -sea o no éste el caso-, que para que las aceitunas bailen hay que ir mucho más allá. Y de la misma manera que un crítico culinario puede rendirse ante la evidencia de que el mejor cocinero de París es un animal, de una serie con todos los ingredientes para convertirse en un absoluto éxito comercial tiene que haber alguien que, de forma constructiva y razonada, pueda estar dispuesto a objetar.

Aunque parezca cada vez más accesorio y sea, en realidad, más arriesgado y también menos valorado. Para bien o para mal, el estreno de Reina Roja sirve para recordarnos que el trabajo del crítico nunca ha sido más necesario que ahora, cuando hay quien pretende que los presupuestos millonarios y las cifras de reproducciones se conviertan en garantía de calidad. 

En tiempos de sobreproducción, algoritmos y likes, en la era en la que la cultura va camino de convertirse en un producto de consumo más, resulta imprescindible reivindicar el valor de la crítica, del análisis y de la reflexión en profundidad, todo ello sin olvidar lo que tan sabiamente apostillaba Anton Ego en su célebre discurso final. “El hecho más amargo que debemos afrontar los críticos”, decía, “es que, a la hora de la verdad, cualquier producto mediocre tiene probablemente más sentido que la crítica en la que lo tachamos de basura”. Tuviera o no razón -que la tenía-, la conclusión es que no, Reina Roja no consigue que las aceitunas se pongan a bailar.

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