Pálidos reflejos
'Black Mirror T5'

Pálidos reflejos

La temporada 5 de 'Black Mirror' la componen tres capítulos: ("Añicos", "Rachel, Jack y Ashley Too" y "Striking vipers").

Echamos la vista atrás para recordar lo que ha sido 'Black Mirror' y entender mejor esta nueva temporada, algo descafeinada para muchos.

Esta vez los voceros de la indignación tienen razón: el espejo negro se ha resquebrajado más de la cuenta y nos ha devuelto un pálido reflejo de lo que ha llegado a ser. Ahora los hay que podrán pavonearse batiendo las alas al ritmo de un sonoro «yo ya os avisé». Por supuesto. También los futboleros más pesimistas acaban acertando tarde o temprano respecto al declive de su equipo, si lo vaticinan una y otra vez. Cuando Charlie Brooker pactó con el diablo de Netflix para extender el alcance y la duración de su antología de cuentos sobre el reverso oscuro de la tecnología llamado Black Mirror, se multiplicaron los lamentos en las mismas redes sociales que tan a menudo han funcionado como huevo de serpiente en la ficción. Sin que Brooker llegara a temer por una campaña de desprestigio mortal como la que él mismo inventó en el capítulo «Odio nacional«, muchos se precipitaron a diagnosticar el agotamiento de su fórmula. Parecía que doblar la apuesta de cada temporada de tres a seis historias, aunque siguiera siendo una dosis prudente, administrada con cuentagotas al estilo británico, había comprometido para siempre el empaque del producto.

En la era del maratoneo compulsivo, el público exige un impacto inmediato que mantenga el listón y que a ser posible pueda ser encapsulado en 280 caracteres. O en un #hashtag, que también sirve para expresar la decepción más absoluta. ¿Qué hubiera pasado si en tiempos de Rod Serling hubiera existido Internet, siempre voraz e impaciente? ¿Cuántas veces a lo largo de la emisión de los 156 episodios que compusieron la etapa clásica de La dimensión desconocida (1958-1964) hubiera corrido el rumor que aquella serie había perdido su fuerza, simplemente porque uno o dos capítulos no nos habían gustado tanto? Ese tipo de escrutinio minuto a minuto es el que ya está experimentando Jordan Peele, el venerado autor de películas como Déjame salir o Nosotros, con la resurrección de The Twilight Zone recientemente estrenada, que producto de una memoria audiovisual tirando a corta más de uno debe pensar que ha nacido inspirada por Black Mirror, invirtiendo los términos correctos de la ecuación.

Volviendo a la serie clásica, Serling se rodeaba de los mejores escritores de ciencia-ficción de su época, y ofrecía píldoras mucho más concentradas, de media hora de duración, capaces de satisfacer los paladares más exigentes; aún así, seguro que hubiera sufrido la dictadura del tuit y el juicio inmisericorde de los sagaces detectores de bajones de calidad, tan activos durante la última temporada de Juego de Tronos. Probablemente algunos de ellos son los mismos que al referirse a los capítulos de Black Mirror te siguen hablando de «el del cerdo», el primero de todos, emitido hace casi ocho años, como una plantilla insuperable, como si después de esa epifanía inicial hubiera habido poco más a destacar, quizá con excepción del reverenciado «San Junípero«.

Las docenas de rankings de capítulos (de mejor a peor) demuestran que desde el inicio esta antología de pavores tecnológicos ha competido contra sí misma 

Podemos compartir la impresión generalizada que la quinta temporada de Black Mirror ha sido la más floja, siempre que admitamos que todas las anteriores habían sido irregulares por definición, como lo suelen ser las series antológicas o las películas compuestas por diversos episodios. De hecho, esta última entrega sería la más regular, puesto que los tres capítulos han sido uniformemente olvidables. Repasando por encima, incluso en la elogiada primera temporada, entre «el del cerdo» («El himno nacional«), y el que quizá sea el mejor de todos los emitidos hasta la fecha («Toda tu historia«), nos enfrentamos a 15 millones de méritos, una pesadilla orwelliana en la era de los realities que ya nos dejó con un sabor agridulce y sigue figurando en los puestos más bajos de la tabla en esas listas de capítulos de Black Mirror ordenados de peor a mejor, unos rankings que puedes encontrar a docenas en la red, demostrando que desde el inicio esta antología de pavores tecnológicos ha competido contra sí misma a ojos de los internautas.

Hasta ahora, en todas las temporadas se escondía alguna historia más plana y convencional, claramente por debajo de la media: recordemos «The Waldo Moment« en la segunda entrega, «Playtesting» en la tercera o «Cabeza de metal» en la cuarta, estas dos últimas loables ejercicios de estilo, incursiones en el terror puro o en la acción postapocalíptica que no obstante se quedaban muy lejos de resultar memorables. Estos baches se acompañaban siempre de pequeñas grandes compensaciones: ahí están «Ahora mismo vuelvo«, el primero en abrir la veda largamente explotada de los dobles virtuales; «Blanca Navidad», un endiablado juego de muñecas rusas; «Caída en picado«, uno de los más cercanos a nuestra realidad esculpida a golpe de like; «San Junípero«, una historia de amor más allá del tiempo y el espacio… Si nos centramos en la cuarta temporada, la más criticada hasta la fecha, encontramos el juego maquiavélico trufado de referencias de la cultura popular de «USS Callister«, puntos de partida tan abiertos al debate como el tipo de control parental extremo que propone «Arkangel«, una visión inquietante de las aplicaciones que prometen amor a la carta en «Hang the DJ» o el diabólico rompecabezas de «Black Museum«. Sin llegar a la excelencia en todos los casos, fue otra entrega perfectamente disfrutable.

«Toda tu historia», de la primera temporada, sigue considerándose uno de los mejores capítulos de ‘Black Mirror’.

Las cosas se torcieron bastante más en el capítulo especial, «Black Mirror: Bandersnatch«, un intento de sumergir a los espectadores en ese futuro de opciones ilimitadas, permitiéndoles elegir el rumbo de la trama en diferentes encrucijadas estratégicamente situadas, en un innovador híbrido de televisión y videojuego interactivo. Que ese fuera el dispositivo narrativo utilizado en su día por los libros de la colección Elige tu propia aventura, hasta el punto que la editorial propietaria del formato denunció a Netflix por un presunto delito de apropiación de marca registrada, no deja de ser una simple anécdota. El problema de «Bandersnatch» era que apostó exclusivamente por hacer brillar el andamiaje, dejar muy claro que desde el sofá de casa podíamos hacer avanzar la historia por donde quisiéramos, descuidando por el camino la necesidad de construir un discurso sólido sobre los riesgos de la tecnología y convirtiendo la trama en un constante juego de chistes metalingüísticos y guiños al deus ex machina que controla el destino del protagonista (a su vez, dios en la ficción del videojuego que está creando a contrarreloj). Como quien se compra el descapotable más lujoso, provisto de todo tipo de gadgets futuristas, pero cuando invita a las amistades a subir al coche se limita a dar vueltas a la manzana.

Precisamente el esfuerzo de producción de este capítulo interactivo, que sirvió sobre todo para constatar que esta vía de futuro en la oferta de las plataformas de vídeo bajo demanda todavía tiene mucho campo creativo por recorrer, fue la coartada esgrimida para anunciar que la quinta temporada de Black Mirror volvería a la concreción de los orígenes, en los tiempos de la cadena británica Channel 4: tendría tres únicos capítulos. Cuando muchos suspiraban esperando que esa condensación obligara a redoblar la eficacia y produjera un par de perlas cultivadas que añadir al rosario de míster Brooker, la serie ha optado por el vuelo rasante, el que permite cubrir el expediente y poco más, dejando un cierto regusto de oportunidad perdida.

1. «Striking vipers»

En Black Mirror hemos conocido diferentes tipos de videojuegos, que han llevado la simulación de la realidad a otro nivel, desde el sufrimiento carcelario en bucle de «White Bear» al mundo sideral hecho a la medida de su tiránico creador en «USS Callister«, pasando por la terrorífica casa encantada de «Playtesting«. En esta historia el juego que desencadena la trama parte de un referente sobradamente conocido, compartido por la mayoría de su público objetivo. «Striking Vipers«, algo así como «víboras que golpean», es la versión bastarda, libre de derechos de autor, del mundialmente célebre Street Fighter, una plataforma inmersiva convertida en el último refugio de dos viejos amigos que exploran su relación de un modo insospechado, desafiando los límites de la amistad entre colegas, aquello que los anglosajones llaman «bromance» (y que no es un romance de broma, sino un romance entre «hermanos/amigos»).

A saber lo que hubieran hecho Sam y Frodo si de camino a Mordor hubieran dispuesto de un videojuego como este. Si bien es cierto que el episodio plantea dilemas pertinentes acerca de los límites de la propia identidad, la honestidad con uno mismo o la fidelidad en un entorno virtual, transcurre en un tono algo plano. Más allá de la fiel recreación del entorno de una máquina recreativa llevada al grado máximo de verismo, la historia avanza con cierta desgana una vez se ha destapado el giro decisivo. Todos sabemos que no es fácil plasmar en una hora situaciones mantenidas durante años, empezando por la rutina matrimonial, pero es que los personajes de «Striking Vipers» resultan casi tan unidimensionales como los combatientes del videojuego virtual. Y eso que cuenta con algunos rostros muy reconocibles, como Anthony Mackey, el Halcón de la saga de Los Vengadores, a punto de volar hacia la nueva plataforma Disney+ con la serie Falcon & Winter Soldier, o Nicole Beharie, protagonista de la Sleepy Hollow televisiva (una serie de espíritu gozosamente juguetón de la que se ha hablado menos de lo que se debería). En todo caso, este capítulo despertará la sonrisa cómplice de aquellas generaciones que no son tanto del Un, dos, tres… responda otra vez como del «One, two, three… fight!».

«Striking Vipers’ es el primer capítulo de esta quinta temporada.

2. «Añicos»

Cuando nos es desvelado qué impulsa al conductor, y por mucho que empaticemos con su angustia, no podemos dejar de advertir que asistimos al anuncio de seguridad vial más caro de la historia

En su obsesión por puntuar alto en la última aplicación de moda, Bryce Dallas Howard emprendía un particular descenso a los infiernos en «Caída en picado». Algo parecido le ocurre al chófer de un vehículo de transporte con conductor (los famosos VTC), cuyos enemigos no son los taxistas sino sus propios fantasmas, interpretado con convicción y conmovedor dramatismo por Andrew Scott, el Moriarty del Sherlock menos victoriano que ha alumbrado jamás la televisión. «Smithereens«, el título original, es el nombre de una empresa en alza en las redes sociales, una más que añadir al universo ficticio de Black Mirror junto a TCKR Systems (creadora del mundo de «San Junípero») o SaitoGemu (padres del terrible videojuego de «Playtesting»). El episodio se plantea como una set piece tensa, lamentablemente demasiado estirada, a partir de un secuestro con rehén del cual desconocemos el móvil hasta bien avanzada la acción, en el momento en que aparece Topher Grace en el papel de un gurú de las nuevas conectividades en pleno retiro espiritual, en unas escenas rodadas en Granada, en la llamada «casa del desierto». Cuando nos es desvelado qué impulsa al conductor, y por mucho que empaticemos con su angustia, no podemos dejar de advertir que acabamos de asistir al anuncio de seguridad vial más caro de la historia, la versión extendida de uno de esos polémicos docudramas con que de tanto en tanto nos obsequia la DGT.

Aquí se hace especialmente patente el lastre de la duración excesiva, común a estos tres nuevos episodios, empeñados en rebasar la marca de los sesenta minutos por decreto. La última vez que Black Mirror se concentró a lo largo de todo un capítulo en una sola situación, una persecución sin apenas referencias a los hechos anteriores o posteriores, fue en «Cabeza de metal», que duraba tan sólo 41 minutos. Si bien «Añicos» está filmado con mucho oficio y sentido del suspense, y desemboca en un montaje en paralelo final resuelto con brío, la adicción a las redes sociales ha sido tratada con mayor fortuna en anteriores entregas.

«Añicos», interpretado por Andrew Scott (‘Sherlock’, ‘Fleabag’), es el segundo capítulo de la quinta temporada.

3. «Rachel, Jack y Ashley Too»

El más entretenido de los tres nuevos episodios, el único que juega con un agradecido humor autoparódico como una de sus bazas principales, es también el más hipócrita y tramposo. Ya el título elegido resulta algo sospechoso. Probablemente es el menos sugerente en la historia de la antología, una referencia perezosa al trío protagonista, como si se tratara de una versión 2.0 (o 3.0, a estas alturas ya hemos perdido la cuenta) de aquel otro título sobre las aventuras de Pepi, Luci, Bom (y otras chicas del montón) que empezó a cimentar la carrera de Pedro Almodóvar. La obsesión de una adolescente tímida y solitaria por una estrella del pop prefabricada, autora de lemas filosóficos a medio camino de la señorita Pepis y Paulo Coelho, del estilo de «persigue tus sueños y se cumplirán», sirve para reflexionar sobre la autonomía personal y la madurez en una sociedad superficial marcada por el culto a la fama y el esclavismo del marketing. Sobre todo cuando la cantante saca al mercado una muñeca robot que replica sus pensamientos, la representación más lúdica de la conciencia desdoblada, uno de los temas preferidos de Brooker.

Siendo sinceros, en este episodio lo que más interesa es sacar lustre a la participación de la cantante Miley Cyrus, ex ídolo adolescente embarcada en una cruzada para demostrar su talento dramático, que hasta ahora había tenido su etapa más destacada en la criticada serie de Woody Allen para Amazon, Crisis en seis escenas. Vamos, que si Mahoma no va a la Montana, la Montana va a Mahoma. Cyrus insinúa estar hablando en parte de ella misma al interpretar a Ashley O, una chica en la cima del éxito, modelo para millones de jóvenes, que en realidad ha sido obligada a adoptar una personalidad superficial por su tía, manager pérfida y codiciosa instalada en la caricatura. En esta defensa de la integridad artística, pretenden que creamos que la única compositora de los éxitos de Ashley O es ella misma, y que su conato de rebeldía compromete el lanzamiento de material nuevo, como si estos ídolos de masas no estuvieran rodeados de un ejército de compositores, productores y arreglistas capaces de dar forma a la voz menos inspirada. No sólo eso: el personaje de Myley Cyrus evoluciona de manera inverosímil del pop hipertecnificado, de voces modificadas en la mesa de mezclas, a una especie de neopunk contestatario, un estilo que siempre da más caché en la escala de la independencia creativa, a pesar de que huela a rebeldía de diseño. Todo ello pasando por un final feliz más que forzado, en clara contradicción con el espíritu cínico y existencialista de la mayoría de episodios de Black Mirror (una contradicción que algunos apreciaron también en «San Junípero», pero que le fue perdonada por la emotividad de aquel capítulo).

Tendremos que esperar a una nueva tanda de fábulas del futuro algo más inspiradas, rezando a los dioses del software para que la evolución de la sociedad de la información no convierta las pesadillas de Charlie Brooker en documentales de nuestra realidad inminente.

Escrito por Serielizados (@serielizados) en junio 2019.

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