‘You’, yo y el Gran Otro
'You'

‘You’, yo y el Gran Otro

El protagonista de 'You' es una suerte de antihéroe desclasado que aspira a convertirse en el personaje principal de una nueva novela de caballería, capaz de enfrentarse a un monstruo invencible: el Gran Otro de Internet.

El manoseado término hype resulta muy oportuno para entender lo que ha pasado con You. Durante unos warholianos quince minutos (aproximadamente), la ficción de Greg Berlanti y Sera Gamble parecía lo más fresco y desprejuiciado con lo que uno podía toparse en un catálogo de Netflix que tiende irremisiblemente a la homogeneización; hasta que algunas voces empezaron a proclamar (y parece razonable que lo hicieran) que la serie no era más que un globo hinchado de bastante mal gusto, una especie de soap opera hípster con demasiadas ínfulas, que encima encerraba un mensaje más bien misógino y reaccionario (sobre todo en lo que respecta a las nuevas tecnologías).

Aceptémoslo: You no es precisamente un producto de qualité. Su función en la parrilla de la popular plataforma de visionado en streaming es la contraria de Roma, por citar un ejemplo de relumbrón. Recientemente, Slavoj Žižek escribía que quizá nos habíamos apresurado a celebrar la película de Alfonso Cuarón como un “clásico instantáneo” por las razones equivocadas. De modo análogo, podríamos afirmar que You también ha sido denostada con demasiada rapidez, sin tomar en consideración sus cualidades ocultas. Es cierto que, superada la sorpresa inicial, la serie reveló una vocación trash que la volvía indefendible, pero es ahí –en mi modesta opinión– donde radica precisamente su interés. You es pura cultura popular, sin coartadas de complacencia burguesa; un “placer culpable” que condensa de forma hiperbólica el lado menos complaciente de los tiempos que nos ha tocado vivir y que, bajo su apariencia liviana, concita interesantes elementos de reflexión.

Espiando a El Gran Otro

A medida que ingería episodio tras episodio de You, con la culpabilidad que se siente en pleno atracón de fast food, mi cabeza empezó a divagar sin control, hasta tejer una conexión inesperada con la película Atrapado en el tiempo. Como recordarán, en la ya clásica comedia de Harold Ramis, Bill Murray interpreta a un tipo “horrible” que se convierte en un hombre “maravilloso” en su empeño por conquistar a una mujer que es prácticamente su antítesis. En You, por el contrario, Joe, el protagonista, es un chico “maravilloso” que se transforma en un verdadero psicópata para tratar de alcanzar la felicidad junto a la que considera la “chica de sus sueños”. Hay en ambas ficciones, pese a sus evidentes diferencias, algunos rasgos comunes: un cierto tono de fábula moral con retranca irónica, una misantropía y una misoginia que ni siquiera se tratan de ocultar, una evidente ansiedad ante las imposiciones sociales de cada momento y una obsesión casi enfermiza por la consecución del amor.

Phil Connors, el meteorólogo al que da vida Murray en la cinta de Ramis, es, al inicio, arrogante, cínico y egoísta. Su conducta es, en el fondo, fruto del resentimiento hacia una sociedad que no le trata como él cree merecer. Connors es –digámoslo ya– un solitario amargado que transforma en sarcasmo su enorme frustración (profesional y también sentimental). Su conducta es un desafío pirotécnico, pero en el fondo inofensivo, a las normas impuestas por lo que podríamos denominar, interpretando de modo libre a Jacques Lacan, El Gran Otro (un ente omnisciente que decide “castigarlo”, obligándole a vivir una y otra vez atrapado en el mismo “día de la marmota”). Sin embargo, pese a su conducta reprobable, es precisamente el lado más “incorrecto” de Connors el que estimula la “libido” del espectador.

El personaje forma parte de una galería de tipos huraños típicos del cine norteamericano de finales del pasado milenio, como Melvin Udal (Jack Nicholson) en Mejor… imposible (1997) o, yendo aún más allá, William “D-Fens” Foster (Michael Douglas) en Un día de furia (1993), que condensan mucha amargura ante un mundo obsesionado con la cultura del éxito y el espíritu competitivo. Connors aprende que, para enamorarse, debe renunciar a todo aquello que lo hace más genuino. Así que aprende a tocar el piano, hacer esculturas de hielo, recitar poesía francesa… incluso estudia medicina para salvar la vida de un anciano. Todo ello le sirve para recibir la aprobación de un Gran Otro que, finalmente, le “premia” por su transformación en “príncipe” de cuento de hadas, liberándolo del bucle temporal y “permitiéndole” iniciar una relación sentimental con Andie MacDowell.

Melvin Udal (Jack Nicholson) en ‘Mejor… imposible’ (1997).

Examinemos ahora qué nos cuenta You, desde una parecida perspectiva simbólica. Joe Goldberg, el librero al que da vida Penn Badgley, es un chico más bien tímido y encantador que se siente atraído por una joven estudiante de literatura llamada Guinevere Beck (Elizabeth Lail). Como se encargan de recordar las adineradas amigas de esta última, Joe ocupa una posición más bien discreta en el escalafón social, lo que no le convierte precisamente en un “buen partido” para una estudiante con un futuro prometedor. Joe es consciente de que sus virtudes no “cotizan” demasiado en el baile de máscaras de Instagram. Su amor por los libros es un claro signo de rechazo a un presente caracterizado por las posibilidades que ofrece la inmediatez tecnológica. Pero aunque abomina de todo lo moderno, sabe servirse de la tecnología para sus propósitos de conquista.

Para Joe, el ordenador personal y el teléfono móvil son el espejo del alma (de un alma, con frecuencia, desoladoramente vacía). Joe es un stalker enloquecido que contempla la vida de Guinevere, expuesta en las redes sociales y también en ese gran ventanal de su apartamento, con la intención de recopilar la información necesaria para diseñar una estrategia de seducción ad hoc. Al contrario que en Atrapado en el tiempo, el descubrimiento del “amor” no es aquí redentor, sino que implica un verdadero descenso a los infiernos de la moralidad. Joe tiene claro que para conquistar a Guinevere, debe competir con la incesante catarata de estímulos de la “sociedad del espectáculo”, como diría Guy Debord. Cuando Joe inspecciona la vida virtual de Ginevere, no sólo está turbando la intimidad de la chica, también está espiando a ese Gran Otro que nos ha obligado a convertir nuestras vidas en un show permanente difundido en streaming.

“Todicidad” y toxicidad

Joe es, evidentemente, un chalado peligroso, pero también un “moralista estricto” que habita en un mundo post-moral. Sabemos que superó su pasado de infeliz niño dickensiano refugiándose en los libros. Aunque ha aprendido a moverse en un mundo repleto de imágenes ilusorias, siente verdadera devoción por la palabra impresa; una especie de anacronismo en el que trata de encontrar alguna certeza. Como él mismo explicará a Paco (el niño vecino que actúa a modo de alter ego de su yo del pasado), la lectura de El conde de Montecristo de Alexandre Dumas le enseñó a “convivir con el enemigo”. Así es: el Gran Otro de la Red obliga ahora a una constante “espectacularización” de la existencia que Joe reprueba, aunque haya aprendido a convivir con ese nuevo enemigo virtual.

La imposibilidad de aprehender el verdadero meollo de la existencia es el que nos ha lanzado a explorar las posibilidades inagotables del mundo del espectáculo

Pero como si fuera un filósofo de la Internacional Situacionista, Joe sabe que es precisamente la imposibilidad de aprehender el verdadero meollo de la existencia el que nos ha lanzado a todos a explorar las posibilidades inagotables del mundo del espectáculo. Como bien explica Sadie Plant parafraseando a Debord, en El gesto más radical (Errata Naturae, 2008), “es «la vida misma la que está cruelmente ausente del día a día». «La gente está tan carente de comunicación y autorrealización como es posible. Carece de la oportunidad de crear su propia historia personalmente». Y esa privación se manifiesta en la espectacularización de todos los aspectos de la vida”. Efectivamente, la vida de los demás, proyectada a través de las redes, se despliega ante Joe como un espectáculo previsible y fraudulento, como los zumos orgánicos que comercializa el anterior novio de Guinevere. Secretamente, Joe desea denunciar toda esa falsedad, mostrar que los rostros tersos de las fotografías son producto de alguna rinoplastia y unos convenientes retoques de postproducción, satirizar a toda esa gente que padece intolerancia al  azúcar pero que metaboliza sin problema dosis industriales de jäger.

La concepción del amor de Joe está cercana, según su propia definición, a “la todicidad”; un concepto que define como “una conjunción de mentes, cuerpos y almas”.  El deseo romántico muta aquí en psicopatía pueril y vergonzante. En el fondo, Joe es un cliché romántico que se torna siniestro; un aspirante a “príncipe azul” que acaba convirtiéndose en Barba Azul. También puede considerarse la versión enloquecida del Dan Humphrey de Gossip Girl, como el propio Badgley ha insinuado en alguna entrevista. De hecho, este actor de registro más bien limitado parece haberse especializado en la interpretación de “buenos chicos” desclasados que acaban mostrando una faceta inquietante. Sin duda, bajo el alambicado argumento de You subyace la vieja cuestión de la “lucha de clases”.

Joe es el prototipo del “obrero cultural” de hoy que no es aceptado en una alta sociedad más bien hortera y superficial. Cuando Joe entra en la lujosa mansión de Peach Salinger (el apellido es, por supuesto, una ironía) no se impresiona por los objetos lujosos, sino por una primera edición de un libro de L. Frank Baum de la serie dedicada al Mago de Oz. De hecho, Peach y Joe acaban convirtiendo a Guinevere en un “objeto de deseo” por el que competir; es la vieja historia de los rivales amorosos de distintas clases sociales que ahora encuentra una vuelta de tuerca ingeniosa. “¡Es perverso!”, exclama Joe cuando descubre a Peach observando a Guinevere, como él mismo también suele hacer. El propio protagonista confiesa en algún momento que ésta es la historia de un caballero, una bruja y una doncella en apuros. Por eso, como con frecuencia ocurre en los cuentos infantiles, You se convierte en un relato  repleto de posesión maníaca y crueldad, en el que hay menos espacio del que parece para los buenos sentimientos.

La serie nos muestra un mundo glamuroso y también decadente, en el que todos los personajes muestran una cara amable y otra mucho más disfuncional. Joe se fascina por Guinevere como el Pijoaparte que desea codearse con la alta burguesía, aunque su coartada para legitimar ese deseo es la devoción compartida por la literatura. Pero Joe –que, por supuesto, es un narrador no fiable– nos engaña, o por lo menos se engaña a sí mismo. El enamoramiento se produce cuando la chica le pide un libro de Paula Fox. La autora de Personajes desesperados es una cronista brillante de cierto ennui burgués “a la americana”, que conecta con una tradición literaria cultivada por autores tan distintos como Francis Scott Fitzgerald o Richard Yates. Joe desea ser admitido en la fiesta permanente de Gatsby, como se hace patente en la serie; su lado solipsista, por el contrario, desea arrancar a Guinevere de esos ambientes; “purificarla”, encerrándola en su santuario de adoración libresca.

Hay una ingeniosa metáfora de la inadaptación de Joe en la serie que vale la pena resaltar: la celda de cristal, en la que los libros antiguos se mantienen a salvo de la degradación ambiental del exterior. Ese espacio de belleza se transforma pronto en un espacio de muerte; Joe convierte la cámara de los libros en una habitación de torturas, en la que castiga a aquellos que le apartan de su sueño gatsbyano. La habitación de cristal es una cámara de los horrores, propiedad de un mad doctor con aspecto de chico común. Es un espacio a salvo de la mirada omnisciente de El Gran Otro de los tiempos de Internet; la expresión rotunda de que la “todicidad” es un deseo tóxico; y también la confirmación de que el noble caballero no es más que un loco que trata de vivir una aventura novelesca en un mundo implacablemente vulgar, en el que no tiene reservado ningún papel relevante.

Escrito por Enric Ros en febrero 2019.

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