Mátame poco a poco, Vic
'The Shield'

Mátame poco a poco, Vic

El actor Michael Chiklis interpretó a Vic MacKey en 'The Shield'.

'The Shield' es un atroz retrato de la humanidad, parido en aquella época en la que la verdad no daba lugar a finales felices y la inexistencia de "expertos" dejaba a uno mismo formarse su propia opinión.

Alguien hace algo impensable. No es algo que atraviese nuestras líneas rojas, lo que algunos llaman, simplemente, ‘moral’. Es algo que las pulveriza. Luego nos obligan a mirar a ese alguien, nos obligan a observarle, a escrutarle. Y poco a poco, ese algo inmoral, esa aberración intolerable que debía marcar para siempre nuestra relación con el sujeto, se diluye. Las cortinas que separan nuestro mundo del suyo se abren, y no pueden volver a cerrarse. No hay vaivén ético, ni montaña rusa emocional, lo único que queda es una suerte de oscura comprensión por las circunstancias que podrían obligarte a buscar tus propias fronteras (y a cruzarlas) y un balbuceo similar al de un animal en su madriguera, agazapado, viendo a dos depredadores dirimir un territorio.

No basta un párrafo para meter en vereda a Vic MacKey, pero lo hemos intentado. MacKey es la quinta esencia del villano que transita entre el mal necesario y el mal abyecto. El antihéroe que le atiza en la cara a un pederasta con una guía telefónica y el criminal que ejecuta a un agente federal que está a punto de delatarte. MacKey es un mal bicho y el hecho de que sea policía es meramente circunstancial. Pero no solo eso, Vic MacKey es un personaje que bebe de todos los hijos de puta con los que te tomarías una copa, aun sabiendo que al final de la noche y con la excusa de llevarte a casa, acabaría llevándose tu tele y pegándole un tiro a tu perro porque le daba la impresión de que el chucho le miraba mal.

Cuando empezó The Shield (recuperada al completo ahora por AXN Now) la gente -como ente global que mira la tele casi por inercia- desconfió inmediatamente de la serie. HBO ya andaba por ahí dando patadas a cualquier puerta que condujera a territorios inexplorados y penetrando en ellos con la voracidad de un escuadrón antiterrorista, y que un tal Shawn Ryan firmara un show de un grupo de asalto policial en Los Ángeles no provocó ninguna arritmia en espectador alguno. Ryan estaba al frente del asunto y un pequeño canal llamado FX pagaba los gastos. Nadie con garantías, compañía pequeña, otra serie de policías y ladrones. O eso pensábamos.

La maestría de ‘The Shield’ viene marcada por ese retrato del homo homini lupus que hubiera hecho sonreír a Hobbes

En el primer episodio, The Shield resonó como un coche bomba colocado al lado de la cama, a las 3 de la mañana, una noche de invierno. Nadie lo esperaba, nadie lo vio venir, nadie se apartó. En cuanto Vic MacKey se cepilló al chivato, todo cambió: había arrancado una de las mejores series de la historia de la televisión moderna. Un clásico instantáneo, con unos tipos dispuestos a todo para asegurar su statu quo, pero que en sus horas libres eran padres de familia, maridos, amigos y cómplices. Una troupe de cabrones de gatillo flojo que se pasaban la ley por el forro, robaban todo lo que era posible y luego más, y usaban la placa para distorsionar, chantajear, extorsionar y asesinar. Y luego se tomaban unas Budweisers bien frías mientras se echaban una partidita de softball y unas risas. Porque podían. Porque se lo merecían.

La maestría de The Shield, más allá de su sobresaliente juego en las grandes ligas de la ambigüedad (la que viene marcada por las acciones de los personajes; no la que acostumbramos a ver, en la que parece que el malo es complejo per se) viene marcada por el retrato de la humanidad más atroz, aquella que te permite usar tu contexto como excusa para cualquier destrozo que puedas causar. Ese retrato del homo homini lupus que hubiera hecho sonreír a Hobbes, es el gran hallazgo de The Shield: no lo inventaron ellos, pero pocos lo han afilado tanto.

Por si fuera poco, la serie fue capaz de mejorar en cada temporada (podrían haberse ahorrado la segunda, pero nadie se lo va echar en cara visto la brillantez del conjunto) hasta llegar a una triada final de temporadas perfectas, casi sobrehumanas, con mención especial a Glenn Close y Forrest Withaker que fueron gasolina pura para un fuego cuyas llamas ya se alzaban hasta quemarle el culo a cualquier escéptico, aunque a aquellas alturas, si no eras fan de The Shield eras más bien bobo.

Naturalmente, la serie debía descansar sobre los hombros de un tipo excepcional y los showrunner dieron con él: el actor Michael Chiklis.

Chiklis convirtió a MacKey en un villano creíble, le metió el alma por el gaznate a un personaje que de otro modo no hubiera resultado cercano, hasta convertirlo en un hijo de perra al que abrazarías justo antes de que te pegara un tiro. La sombra de Vic MacKey es tan alargada que desde entonces Chiklis anda por ahí comiendo arena, sin poder librarse de las esposas de un personaje tan monumental que tratar de huir de él es absolutamente imposible. Él es The Shield, con la inestimable ayuda de Walton Goggins, que empezó aquí una carrera de las que limpian y dan esplendor, y que no falla ni una. Su Shane es memorable, un sidekick que llega a comerse al mismísimo Chiklis y que convierte a esta pareja (una especie de revisión perversa de El Gordo y el Flaco, sin rutina cómica y expectativas más negras que el Vantablack) en uno de los mejores duetos interpretativos de la historia de la televisión.

No habrá otra serie como esta, estrenada el mismo año que The Wire (2002) con la que comparte una sucia apuesta por un determinismo muy doloroso: lo que no puede acabar bien, no va a acabar bien y, de hecho, va a acabar rematadamente mal. Y esa puede ser la mejor parte de The Shield: su final. Pocas veces se ha visto en televisión algo similar al desenlace de esta serie. No hay piedad, ni guiños al espectador. Es un “que te jodan, ¿qué esperabas?” de dimensiones épicas.

The Shield forma parte de esa época televisiva donde reinaba la calidad. Las series aún se producían por docenas, no por centenares, y la opinión se la formaba uno mismo, alejado como estaba el sector de las manazas de los (presuntos) expertos. En un mundo en que abundan los charlatanes y los falsos profetas, Vic MacKey y los suyos representaban la verdad: el ser humano es capaz de lo mejor y -sobre todo- de lo peor.

 

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Escrito por Toni Garcia Ramon en febrero 2019.

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