Lazos de sangre y barro
'Succession' y 'Gangs of London'

Lazos de sangre y barro

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La familia Roy de 'Succession' (izq.) y los Wallace de 'Gangs of London' (dcha.)

Analizamos y comparamos dos de las series del momento, que comparten una visión fatalista de la familia: 'Succession' y 'Gangs of London'.

Por muy misántropo que se ponga uno, establecer ciertos lazos familiares más o menos armónicos es lo habitual, y lo necesario, en esta sociedad interconectada en la que vivimos. Como diría un constitucionalista contumaz, la sociedad que nos hemos dado entre todos. Mira que han pasado siglos y civilizaciones, y todavía ningún genio inspirado ha hallado una alternativa mejor para organizarnos en comunidad. Tampoco parece que nadie la vaya a encontrar a medio plazo, ahora que incluso hay nuevos modelos de familia dispuestos a sostener el andamio de una fachada que resiste todo tipo de aluminosis.

Al fin y al cabo, en cualquier hogar se pueden llegar a reproducir a pequeña escala aquellos achaques globales que acechan de puertas afuera. Especialmente si diseccionamos la familia patriarcal y adinerada. Quien se atreva a fisgonear por el ojo de esas cerraduras supuestamente cerradas a cal y canto tendrá ocasión de ser testigo de episodios diversos de abuso de poder, corrupción, rivalidades y favoritismos, alianzas interesadas, traiciones… todas ellas manifestaciones del egoísmo congénito del ser humano, desafiado por el culto al dólar, el euro o la libra esterlina.

La casualidad ha querido que dos de las series más comentadas del firmamento de novedades constantes que llevamos avistando desde hace lustros, dos de las que amenazan con perdurar algo más que tantas estrellas fugaces que se estrenan semanalmente, pivoten alrededor de la crisis de la unidad familiar como puerto seguro y fiable en el que siempre se puede (o se podía) recalar. Las separa un océano y parten de supuestos argumentales y temáticos aparentemente diferentes, pero una corriente invisible las une a través de las cloacas de la existencia.

Succession forma parte del catálogo de HBO, ha conseguido redoblar su apuesta cínica en la segunda temporada y es una de las favoritas de los premios Emmy en la categoría de drama, con 18 nominaciones, tras haber triunfado en los Globos de Oro antes de la pandemia. Gangs of London, una producción de Sky y Cinemax, cosechó un éxito no exento de polémica en su emisión en la Gran Bretaña, por la extrema crudeza de sus escenas de acción, durante meses no tenía plataforma para el mercado castellano y finalmente va a desembarcar en España a través de Starzplay.

La primera se desarrolla en las impolutas salas de reuniones de una corporación mediática de proporciones casi monopolísticas, Waystar Royco, y en más fiestas, banquetes, cenas de lujo y cruceros de los que un ciudadano medio vivirá en toda su vida. Pese a las numerosas amenazas, a menudo proferidas a voz en grito, la sangre no llega casi nunca al río. La otra escarba en los bajos fondos de una metrópolis amoral para poner de manifiesto que los cimientos de los rascacielos más brillantes y elevados pueden estar anclados en el crimen sin cortapisas, sostenido por una especie de Naciones Unidas del hampa en el que se reúnen o se machacan, según el día, irlandeses, albaneses, kurdos, nigerianos y paquistaníes. The Wallace Organisation, presunta firma inmobiliaria, resulta ser un gigante con pies de barro y sangre. Porque aquí sí que las aguas del Támesis bajan rojas como la colada de Caperucita.

En ambas series se intuye que la buena marcha de determinados negocios depende de los pocos escrúpulos de sus responsables y de los caprichos de los accionistas e inversores mayoritarios, aunque los ingleses vienen a ser algo más explícitos. Cosas del Viejo Continente, pese a que un tal Martin Scorsese ya nos hizo ver en Gangs of New York (2002) que la violencia era una de las mayores herencias transatlánticas de la llamada a ser primera potencia mundial. Pese a que las dos Gangs no forman parte de una franquicia al estilo CSI, no nos costaría trazar algunas conexiones. De aquellos polvos vinieron estos lodos.

El recurso a la toxicomanía parece ser corriente entre determinados hijos de papá deseosos de huir de sus jaulas doradas ni que sea por unas horas

En Succession, Logan Roy es un líder furibundo, la viva reencarnación en el corazón de Wall Street de Saturno devorando a sus hijos. Y si no los devora los manipula o los anula, que es peor. Uno de los hijos, Roman, el bufón de la familia (Kieran Culkin, el hermano de Macaulay, menos ingenioso en Twitter, un poco mejor actor), define acertadamente al patriarca como Arabia Saudí hecho ser humano. Capaz de desatar su ira al primer contratiempo, es cierto, pero también artero y sibilino cuando conviene, el escocés que logró medrar partiendo de los primeros peldaños del ascenso social es todo un experto en el arte de desarmar al interlocutor con un comentario hiriente y una actitud de superioridad, aunque éste sea uno de sus vástagos (quién escogió tan terrible palabra para referirse a la propia descendencia se debe estar quemando en el infierno, concretamente en las calderas reservadas a la RAE).

Brian Cox está inconmensurable en el papel. Hablamos de un actor de físico entre shakespeariano y olímpico, el hombre que casi nadie recuerda que fue Hannibal Lecter antes que Anthony Hopkins, y con igual solvencia, en Manhunter, dirigida por Michael Mann en 1986. Algo de psicópata tiene la mirada turbia de Logan Roy. Cuando le reprocha la falta de instinto asesino a otro de sus hijos, ese perpetuo sufridor que es Kendall (Jeremy Strong, capaz de encarnar el reverso inseguro y depresivo de quien parece destinado a triunfar), sabemos que detrás del lenguaje figurado se oculta mucho dolor. Dolor ajeno y doméstico. Ahí están los tortuosos traumas sexuales de Roman, un sádico aquejado de impotencia, o la adicción a las drogas de Kendall. El recurso a la toxicomanía parece ser corriente entre determinados hijos de papá deseosos de huir de sus jaulas doradas ni que sea por unas horas. Que se lo pregunten si no a Billy, el pequeño de los Wallace.

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Kendall Roy (interpretado por Jeremy Strong) en ‘Succession’ / HBO

En la esquina contraria del ring, el Finn Wallace de Gangs of London es mucho más partidario de cortar por lo sano. Al personaje interpretado por Colm Meaney, habitual en la etapa más costumbrista del cine de Stephen Frears e invitado de lujo en desfases de la talla de Con Air (Simon West, 1997), no le van las metáforas. Eso sí, con independencia de dónde situemos las líneas rojas, tanto el empresario despiadado como el mafioso reconvertido en prohombre desconfían de su presunto heredero. Y buena parte del drama se deriva de ese recelo. En el fondo no se fían ni de su sombra. En el caso de los Wallace, el árbol genealógico cuesta más de desbrozar, ya que Finn se ha apoyado desde la juventud en su amigo y cómplice Ed Dumani, prácticamente un hermano. Y los Dumani, padre e hijo, tienen una visión contable que les ha permitido bucear sin problemas entre los tiburones de las finanzas más implacables mientras los hijos legítimos de Finn no pasaban del chapoteo típico de quien opta por el snorkel.

La familia ha dejado de ser garantía de estabilidad, ya que cualquier peón es susceptible de entrar en la liza por la hegemonía. Sobre todo cuando el líder supremo puede ser retirado del tablero sin previo aviso. En los respectivos primeros episodios, Roy sufre un ataque grave de salud y Wallace sufre el ataque no menos grave de un pistolero a sueldo. De la suerte que corren uno y otro pende el resto de la trama. Succession adopta las formas de un drama corporativo de alto standing, un Dallas del nuevo milenio que incorpora la mala leche y el descreimiento de estos tiempos que nos ha tocado vivir. Al lado de Logan Roy y su descendencia, los Ewing, con aquellas ineludibles barbacoas anuales, nos parecen una panda de boy-scouts. El patriarca de los Roy se empeña en apostar por la prensa de papel y la televisión como medio de presión política, y en cambio desprecia las nuevas tecnologías, con lo que también tiene algo de dinosaurio, pero a pesar de ello este personaje en quien algunos han querido ver un alter ego ficticio de Rupert Murdoch, extremo negado por los guionistas, sobrevive a todos los embates.

En ‘Succession’ buena parte del reparto está diseñado para generar antipatía, dejando al espectador sin asideros morales

Quizás la primera temporada de la serie creada por Jesse Armstrong pecaba de dejà vu, de la incómoda sensación de estar asistiendo a un drama impecable plagado de réplicas fustigantes y súper ingeniosas que a pesar de todo ello no aportaba grandes novedades en su género. Vista la brillantez de la segunda entrega, quizás ese era el peaje, el de disponer todas las piezas siguiendo una presentación más convencional para poder llevarlas luego a cotas deliciosas de maquiavelismo. Bastaría ver el capítulo titulado “Hunting” para ratificarlo; casi parece firmado por el Yorgos Lanthimos de Canino (2009), por la crueldad y la capacidad de humillar a los personajes (ahí está el cuñado mayor del reino, el petulante Tom, un ser presuntuoso y patético al que da vida Matthew MacFadyen). Ahora ya no se intenta maquillar al antihéroe. En Succession buena parte del reparto está diseñado para generar antipatía, dejando al espectador sin asideros morales, sin una brújula que marque el norte. Exceptuando quizás a la única hija de Roy, la ambiciosa Shiobhan, de la cual por lo menos entendemos su lucha sorda contra el peso de los estereotipos de género.

Gangs of London está planteada de otra manera. Ha sido publicitada como un Peaky Blinders para la era del Brexit, apoyándose en el hecho de que Joe Cole, el actor que fuera el hermano menor de los Shelby, es ahora el heredero Sean Wallace. Digámoslo alto y claro: tiene bastante menos carisma que Cillian Murphy. La mirada azul glacial es la misma, incluso el tono de voz susurrante. Sin embargo, Cole transmite una cierta sensación de estar capeando una resaca perpetua. Es cierto que Sean Wallace queda noqueado más de una vez por los diversos giros perversos que le tienen preparados los guionistas. Aun así, un actor más expresivo le hubiera dado más matices y le hubiera aportado otra dimensión.

Por eso el gran descubrimiento de la serie hay que ir a buscarlo en el secuaz ambiguo, Elliott, sin duda el personaje más complejo, torturado e interesante. Habrá que seguirle la pista a Sope Dirisu, un Idris Elba de segunda generación. Es él quien se encarga de algunas de las escenas más físicas y salvajes, empezando por la pelea a hachazos del piloto, un tour de force digno de la recordada Oldboy (Park Chan-wook, 2003) que sirve de advertencia al espectador: en Gangs of London hay ecos de tragedia griega y una madre encarnada por Michelle Fairley, que de Catelyn Stark ha pasado a ser la Lady Macbeth del West End, pero de lo que se trata es de impactar al respetable con una planificación de cámara que pretende sumergirnos en algunas de las peleas más audaces y violentas vistas en la televisión, pensadas para satisfacer a los fans del gore lúdico que nutre la programación de Sitges y otros festivales, de esos que estallan en carcajadas cuando cualquier extremidad es cercenada al azar y celebran con ovaciones cerradas la explosión de una cabeza cual calabaza madura. Es tal el nivel que en algún momento podemos pensar que estas bandas criminales operan en Hong Kong o en Corea, dos de los epicentros del mejor cine de acción reciente, el que no tiene miedo a la desmesura.

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Elliott (interpretado por Sope Dirisu) en ‘Gangs of London’ / Sky

También aquí nos asalta el inevitable alarde técnico en forma de plano secuencia, en los últimos minutos del cuarto capítulo, pero destaca especialmente la fastuosa y tensa set piece del quinto, un paréntesis brutal en que dejamos de lado a los personajes principales para asistir a una masacre en la campiña galesa, a medio camino entre el asedio de Río Bravo (1959), el magistral western de Howard Hawks, y la catarsis feroz de otra obra maestra, Perros de paja (1971) de Sam Peckinpah (alguien podría acordarse también de las diversas batallas que puntuaron las intrigas de Juego de Tronos, en episodios monográficos generalmente memorables). Ahí es donde los creadores, Gareth Evans y Matt Flannery, dan rienda suelta a su buena mano en el género de acción hiperbólica, demostrada cuando el primero fue director y el segundo director de fotografía de la saga de películas Redada asesina (2011).

Y precisamente por la voluntad manifiesta de empaquetar una refriega por capítulo, en un más violento todavía que no parece tener freno, más que con Peaky Blinders, Gangs of London podría compararse con otra serie también producida por Cinemax, la adrenalínica Banshee. Ya sabes, esa que encabezaba el rudo Antony Starr, el mismo que ahora reparte radiaciones superheroicas en The Boys, y que en Banshee era una especie de Jessica Fletcher del mamporro, o quizás un agente doble a sueldo de Ikea, porque allí donde él iba, tarde o temprano estallaba una reyerta sangrienta que acababa destrozando todo mueble al alcance, alguna pared y más de un tabique nasal. Ese sí que no tenía familia, pero visto como despachan sus asuntos los Roy y los Wallace, casi que mejor.

Escrito por Josep Maria Bunyol en septiembre 2020.

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