¿Por qué los guionistas están obsesionados con la física cuántica?
Dios te bendiga

¿Por qué los guionistas están obsesionados con la física cuántica?

Rust Cohle (Matthew Mcconaughey) en 'True Detective' divaga sobre la teoría nietzscheana del eterno retorno.

'Los Soprano', 'True Detective', 'Breaking Bad'... En las últimas décadas, el candidato a gran respondedor de preguntas fundamentales ha abandonado la dudosa parcela de la religión para irse aposentando en el territorio irreprochable de la ciencia.

Si la historia de Tony Soprano es la de un cínico incapaz de “start believing”, el punto en que estuvo más cerca de conseguirlo fue gracias a la física cuántica. Estamos en el cuarto episodio de la sexta y última temporada, y Tony acaba de salir del coma que debería cambiar su vida. El tema de Los Soprano: ¿“It’s all a big nothing”, que decía Livia, la madre de Tony, o quizá “hay algo más”, como empieza a preguntarse nuestro antihéroe después de recibir un balazo? En el sueño inducido por morfina encontramos monjes budistas hablando del ser y la nada, pero ya despierto el hospital, Tony no tiene la conversación más profunda que le recordaremos con un sacerdote, sino con un físico que le explica por qué la ecuación de Schrödinger podría darnos razones para cuestionar la dualidad entre el bien y el mal. Creíamos que la ciencia en las series servía para justificar propulsores hiperespaciales y algún que otro superpoder mutante, pero sin que nos hayamos dado cuenta, ahora la ciencia nos resuelve dilemas morales.

Ni Rick & Morty, ni Star Trek ni Fringe: las series para las que la física cuántica es más importante pertenecen a la familia taciturna de Los Soprano, True Detective o Breaking Bad. No son las series las que se han cambiado, es el mundo. En las últimas décadas, el candidato a gran respondedor de preguntas fundamentales ha abandonado la dudosa parcela de la cultura –ni que decir, el de la religión- para irse aposentando lenta pero seguramente en el territorio irreprochable de la ciencia. El proceso no ha tenido nada de gratuito: ni la física newtoniana, con su descripción del universo como un mecanismo de relojería, ni la relatividad de Einstein, con su velocidad de la luz como límite a los viajes en el tiempo, eran buenas contendientes para sustituir a Dios en nuestros tiempos descreídos. Demasiado cartesianas, demasiado perfectas, demasiado compatibles con un Todopoderoso que no juega a los dados. Abran paso a la física cuántica, con gatos vivos y muertos al mismo tiempo, observadores que crean la realidad en el hecho de observarla, y partículas entrelazadas que se comunican al instante desde confines opuestos del espacio-tiempo. Los guionistas, especialmente los de la Tercera Edad de Oro, se lanzaron como buitres ante una teoría científica que rimaba con su experiencia caótica del mundo después del 11S y del final del final de la historia.

Heisenberg (‘Breaking Bad’) es en honor a uno de los pioneros de la física cuántica que dio nombre al principio de incertidumbre

No solo hay física cuántica en Los Soprano. En el primer episodio de la tercera temporada de A tres metros bajo tierra, que marca la transición del formato 4:3 de las primeras dos temporadas al espectacular y definitivo 16:9 cinematográfico, Nate Fisher (Peter Krause) se debate entre la vida y la muerte mientras, en su sueño de vidas posibles pero no vividas, aparece un gato sospechoso y un programa de televisión habla de la dichosa paradoja de Schrödinger. Podemos recordar las chapas de Rust Cohle (Matthew Mcconaughey) en True Detective divagando sobre la teoría nietzscheana del eterno retorno para ensayar la idea que las violaciones y asesinatos de los pedófilos que persigue se repetirán una y otra vez en el cosmos circular. Para solidificar este nihilismo, Cohle no recurre a la persuasión filosófica, sino a la teoría M del espaciotiempo, vanguardia de la física contemporánea. ¿Y cómo se conoce al personaje de la serie que ha logrado la mejor síntesis entre popularidad y calidad de esta hornada de Grandes Series? El inolvidable Heisenberg, en honor a uno de los pioneros de la física cuántica que dio nombre al principio de incertidumbre. Podríamos seguir, pero ya nos parece un name-dropping respetable.

Werner Heisenberg (1901 – 1976) Físico teórico famoso por el principio de incertidumbre cuántica.

Cualquier showrunner que se precie tiene una idea sobre el sentido de la vida que intenta transmitir en sus historias. Aunque el cine americano pregona el «show don’t tell», en las series hay muchas horas de diálogo por llenar y a todas le llega el momento en que sus personajes principales se ponen existencialistas, alcohol o experiencia cercana a la muerte mediante. Lo novedoso de los ejemplos que acabamos de lanzar es que, ya sea hablando de un mafioso con pocas luces o del propietario de una funeraria, pasando por un detective con acento sureño, los guionistas sudan para introducir un aparato teórico tan esotérico como el de la física cuántica en cualquier contexto, cuando hubiera sido mucho más fácil recurrir a un gurú o a un poeta y quedarse tan tranquilos. Esto sucede porque las grandes preguntas que tarde o temprano preocupan a Tony, a Nate o a Rust, siempre siguen la misma forma de salto: primero describimos cómo es el mundo y luego cómo nos sentimos respecto a él. Y quien explica mejor que nadie la naturaleza última de las cosas en el siglo XXI? La física cuántica.

Sin embargo, la revolución cuántica es una trampa más vieja que la humanidad, lo que se conoce en jerga filosófica como la falacia naturalista o la «is ought question». En pocas palabras: nadie sabe cómo justificar el paso de la descripción del mundo a la valoración del mundo. El agua hierve a cien grados y el sol se apagará en unos millones de años: si estos hechos deberían llenarnos de jolgorio o de angustia, es algo que no está inscrito en la teoría científica, sino que debemos sacar nosotros mismos. Las respectivas civilizaciones y periodos históricos han tenido diferentes hipótesis sobre la realidad: quizás estamos en una tierra plana en el centro del universo mientras un dios barbudo nos juzga moralmente, quizás existimos en una alucinación colectiva de nuestros ancestros, o quizás el universo es un conjunto de átomos chocando al azar en el vacío. El caso es que todas estas descripciones del “is” de la realidad se han dado, junto con incontables más, y ninguna de ellas ha conseguido resolver el debate sobre el «ought». Para todas y cada una de las cosmologías imaginables, ha habido escritores, políticos y profetas que han sabido encontrar la paz y el amor contenidos en los hechos, mientras que otros han visto el sinsentido y la desesperación en los mismos «cold facts».

«El universo es solo una sopa de moléculas chocando entre ellas y las formas que vemos solo existen en nuestra conciencia» (‘Los Soprano’)

Con la física cuántica y l as series ha pasado exactamente lo mismo: la teoría científica es una, pero las interpretaciones seriéfilas son muchas y perfectamente contradictorias. A grades rasgos, encontramos dos paquetes filosóficos: el nihilista y el New Age. En el primero, marca distintiva del desencantamiento de las series Tercera Edad de Oro, los personajes intentan apoyar su pesimismo vital en la incertidumbre de la física cuántica, que parece indicar que el universo es irreductiblemente azaroso. Si las partículas se comportan con la aleatoriedad que les atribuye la teoría y que los experimentos confirman, no hay orden ni sentido bajo el cielo, Dios juega a los dados, y nada tiene sentido. En el otro extremo, encontramos el entrelazamiento cuántico: si, como también parece indicar la física cuántica, el universo puede estar separado en el nivel material pero unido en el informacional (1), si lo que sabemos y experimentamos en nuestra conciencia forma parte del sustrato físico de las cosas, la armonía es evidente y la posibilidad de un espíritu colectivo que transcienda la mera materialidad se fundamenta en la ciencia (2).

Lo ilustramos con una diàlogo para cada una de las interpretaciones seriéfilas. Primero, un ejemplo de la filosofía malrollera: en la conversación antes mencionada entre Tony Soprano i John Schwinn (Hal Holbrook), doctor en física con el que Tony comparte las inquietudes quasireligiosas que le ha despertado el coma, Schwinn dice esto mientras todos están reunidos mirando la televisión: «Es una ilusión que estos boxeadores sean entidades separadas. Verlos así es la forma como elegimos percibirlos. Pero es solo física. Según la ecuación de Schrödinger: los boxeadores, vosotros, yo, somos todos parte del mismo campo cuántico […] El universo es solo una sopa de moléculas chocando entre ellas y las formas que vemos solo existen en nuestra conciencia». Medio episodio después, Schwinn ha muerto de cáncer de laringe y en el último corte a negro de la serie descubrimos lo que el creador de la serie, David Chase, cree que sucede cuando la susodicha ilusión se acaba. Olivia tenía razón: «It’s all a big nothing» y la física cuántica lo confirma más allá de toda duda.

Una de las últimas escenas de ‘Los Soprano’, antes del famoso corte a negro.

En el otro extremo, elegimos una serie poco conocida pero inmejorable que reivindica el producto local: Si no t’hagués conegut (TV3) una obra de ciencia-ficción creada por Sergi Belbel, que cuenta una historia de amor confiando en la hipótesis de los mundos posibles, una de las interpretaciones de la física cuántica que, igual que las que tienen que ver con partículas entrelazadas, satisface los sueños húmedos de los optimistas New Age. En el último episodio de la serie, cuando la Doctora Everest recibe el Premio Nobel de Física, dice: «He dedicado mi vida a buscar la solución al sueño de Einstein, la llave que resuelva el misterio de las cuatro fuerzas fundamentales del universo. Muchos dicen que esta teoría del todo abrirá la puerta a una nueva era en la ciencia y la tecnología. No lo sé, para mí, la única fuerza verdaderamente unificadora siempre ha sido y será el amor de mi familia. El amor es, de hecho, la única fuerza que mueve el universo y que atraviesa y unifica todos los universos posibles». De la teoría científica, una hipótesis que intenta resolver el rompecabezas que presentan determinadas ecuaciones, a una pseudojustificación para que el amor de los protagonistas encuentre un consuelo cósmico y multiversal.

Una vez empezamos a buscar estos maridajes entre física y existencialismo en las series, los veremos en todas partes. De repente, la cuántica aparece en el lugar más insospechado, desde el título de un episodio de Fargo hasta un comentario pasajero en Transparent. Como siempre, los guionistas quieren expresar una idea sobre cómo es el mundo y cómo deberíamos sentirnos acerca de él y, como siempre, el salto de una cosa a la otra es imposible de justificar desde la racionalidad incuestionable. Porque en el camino de los hechos a las interpretaciones siempre hay un abismo, sin una tierra firme que nos permita pasar de un lugar al otro y que todo el mundo nos siga. La gracia es que esto es lo que nos hace disfrutar: dar este salto una y otra vez y de que muchos saltos diferentes sean posibles es lo que nos empuja a seguir pensando, leyendo y viendo series. La física cuántica, igual que cualquier otra de las descripciones del mundo con las que han jugado el arte y las historias, ni es ni podrá ser el puente incuestionable de los hechos a las interpretaciones. La cuántica es, simplemente, la carrerilla más convincente de nuestros tiempos.

 

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Escrito por Joan Burdeus en julio 2019.

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