Hiperrealismo espía o lo aburrido que puede ser trabajar como agente secreto
'Oficina de infiltrados'

Hiperrealismo espía o lo aburrido que puede ser trabajar como agente secreto

Después de ver 'Oficina de Infiltrados' todas las series del género del espionaje parece exageradas o irreales.

Durante la pandemia del coronavirus, en abril, un espía del Mossad confesó para un programa de investigación de la televisión israelí que se estaba produciendo una guerra encubierta entre los servicios secretos de cada país por conseguir respiradores. Por entonces, la máquina sanitaria en cuestión era uno de los productos más codiciados del mercado global y los estados se esmeraron para que no faltara en sus hospitales. Si el servicio secreto de un país descubría que un avión con material médico haría escala en un aeropuerto dentro de las propias fronteras, lo detenía para requisar la carga del pasaje. Pagaba por ella al país de destino, pero se quedaba con los respiradores que se destinaban a los centros médicos patrios. Para conseguir esta información, los espías se infiltraban en empresas de productos médicos, entre el personal del aeropuerto, en ministerios de sanidad de otros países o en las compañías aéreas.

Este suceso real es el tipo de casos que aparecen en la serie Oficina de Infiltrados, una de las joyas seriales de la televisión francesa y una de las mejores series de espías de la historia que recientemente ha concluido su quinta temporada. Se trata de un relato que, a diferencia de las clásicas películas u otras series del género, no ofrece persecuciones de coches, hombres con gabardina que utilizan pistolas con silenciadores cada dos escenas o relojes a lo James Bond que incorporan un sistema lanzallamas. Para alguien que en la vida no pisará el servicio secreto de un país, Oficina de Infiltrados refleja lo que parecería ser la realidad de lo que ocurre en el mundo de los espías. El trabajo del espía, la vida privada del espía, los problemas laborales del espía, los sinsabores de la cotidianidad de los espías o los riesgos laborales de los espías. Realismo espía.

Es cierto que hay otras muy buenas ficciones del tema como Homeland o Kalifat. Sin embargo, existe algo que no se puede explicar con palabras que diferencia Oficina de Infiltrados del resto de series. La narración francesa es la prueba del algodón: después de verla, todas las otras series del género parecen irreales, exageradas, de papel cartón. Al mismo tiempo, Oficina de Infiltrados es una joya desde una perspectiva narrativa: no necesita grandes giros de guion, ni personajes chillones. Consigue compaginar en cada temporada más de dos tramas que aún siendo totalmente independientes se entrelazan, se retroalimentan o van por separado cuando les conviene.

Malabarismo de tramas

El relato empieza cuando Guillaume Debailly, interpretado por el actor Mathieu Kassovitz, regresa a Francia después de haber estado infiltrado en Damasco durante seis años. Pese a que su apodo en la Dirección General de Seguridad Exterior de la República Francesa (DGSE) es Malotrou -todos los agentes del servicio secreto francés tienen como apodos palabras utilizadas por el capitán Haddock de Tintín- Debailly vivió en Siria bajo la falsa identidad de un profesor universitario llamado Paul Lefebvre. Contrario a todo lo que el manual del buen espía dice, Debailly-Malotrou-Lefebvre se enamora en el país asiático de Nadia El Mansour, una profesora de historia casada.

Por casualidad, pese a que la pareja de amantes ha cortado cuando Debailly decide regresar a Francia terminando así su misión, vuelven a encontrarse en París y deciden reemprender la relación, pese a que de nuevo, el manual del buen espía dice que mantener el contacto con personas de la vida de espía es un grave error. Más cuando tu amante ha viajado al país europeo para encontrarse con tipos turbios del régimen de Bashar Al Assad que están negociando con la oposición para llegar a una tregua.

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‘Oficina de Infiltrados’ puso el cierre con su quinta temporada este 2020.

Mientras esto sucede un agente de la DGSE encubierto desaparecer en Argelia después de una noche de juerga, borracho como una cuba pese a ser abstemio, y una joven geóloga llamada Marina Loiseau y apodada como Phénomène es entrenada por la DGSE para infiltrarse en una empresa de análisis sísmico en Irán para obtener información sobre los planes nucleares del régimen de los ayatolás.

Y a todo hay que sumarle los quebraderos de cabeza que producen las idas y venidas de estos espías para Marie-Jeanne Duthilleul, una agente que trabaja en las oficinas de París todo el día pegada al ordenador, y para Henri Duflot, un tipo bonachón que trabaja como jefe de la DGSE.

A partir de entonces, y en sus cinco temporadas, Oficina de Infiltrados va avanzando en numerosas historias que sería largo enumerar (un spoiler en esencia): espías estadounidenses tratando de cazar terroristas en el Sáhara, agentes rusos en Siria con intención de desestabilizar los planes franceses, miembros del ISIS que quieren atentar en Francia o que quieren abandonar el grupo armado islámico, o sabotajes israelís a las centrales nucleares iranís. Como en las series de antaño, las tramas se suceden infinitas y la serie podría alargarse hasta el fin de nuestros días. Algo que como Good Fight pocas series hacen hoy día.

El aburrimiento espía

De pequeños, muchos críos sueñan con ser astronautas, médicos, presentadores de televisión o jugadores de fútbol. En la actualidad entre esas profesiones se ha colado la de Youtuber. Con todo, lo cierto es que nadie quiere ser espía. Ni en Tinder, el moderno suero de la verdad, los espías están bien vistos: el diseño gráfico, la dirección creativa, la enfermería y la arquitectura son las profesiones con las que más se liga.

Después de ver Oficina de Infiltrados se entiende el motivo por el cual ser agente secreto no entra en la perspectiva de muchos individuos que apenas han cumplido los diez años ni entre aquellas personas que buscan una relación.

Las escenas de acción brillan por su ausencia. En consecuencia, las tramas se desarrollan mayoritariamente en las oficinas de la DGSE, como es obvio por el nombre de la serie. Este es uno de los grandes aciertos y revelaciones de la ficción, y uno de los motivos que demuestran que la profesión de espía es algo parecido a cualquier profesión que se realice en una oficina.

El título en francés parece mucho más adecuado: ‘Le Bureau des Légendes’ nos remite a la burocracia que implica trabajar en un servicio de inteligencia

Contrariamente a lo que pensamos, los servicios de inteligencia funcionan de un modo bicéfalo. Hay un espía sobre el terreno -un intrépido agente que trabaja en una profesión que no levante susceptibilidades- y otro espía en las oficinas centrales del servicio de inteligencia, en este caso la DGSE, que ejerce de enlace; una suerte de asesor que al menos una vez al día se pone en contacto con el agente encubierto en países como Siria o Rusia y que ejerce hasta de psicólogo. En este punto, Oficina de Infiltrados entronca con El Espía, la serie israelí en la que el cómico Sacha Baron Cohen interpreta magistralmente el papel del agente secreto real, Eli Cohen.

Lanzar una operación que implique un verdadero riesgo para el agente sobre el terreno no es algo sencillo. El jefe, el espía infiltrado, su enlace y otros analistas de los servicios secretos deben estar de acuerdo tras repasar los pros y los contras de la misión. En este sentido, el nombre en francés de la serie parece mucho más adecuado para describir lo que realmente pasa en el mundo del espionaje. Le Bureau des Légendes nos remite a la burocracia que implica trabajar en un servicio de inteligencia estatal y lo soporífero que puede resultar ser un agente secreto. ¿Operaciones de rescate de rehenes en Siria? ¿Intercambios de información con un confidente ruso? Siéntense cómodamente en el sillón y no esperen tiros y sangre, pues la DGSE se toma cualquier operación con el mismo tiempo y mimo que un constructor de catedrales con mondadientes.

Dicho esto podría parecer que la serie es lenta, sin embargo es todo lo contrario. Lo verdaderamente relevante de Oficina de Infiltrados son los personajes y su evolución. Sus miedos cuando deben realizar una nueva misión, el modo en que sus víctimas se creen su cuartada o las desconfianzas que nacen en los protagonistas cuando una acción sobre terreno empieza a torcerse son la verdadera esencia de la serie y lo que la hace avanzar y crecer.

Es en realidad lo que mantiene al espectador sentado en su sillón: saber los motivos que hacen a Guillaume Debailly esconda su relación con Nadia El Mansour o que hacen que Marina Loiseau abandone su misión en Rusia.

Pero en honor a la verdad habrá que decir que cuando hay que arremangarse y meter acción, la serie es impecable. Ahí queda -perdón por el spoiler- una escena increíble de la primera temporada en la que se describe cómo es rescatado el agente borrachuzo que había desaparecido en Argelia. En esos minutos increíbles, vemos cómo la DGSE coordina desde París y en una sala minúscula el rescate. En ningún momento llegamos a ver cómo el cuerpo de élite militar está realizando la operación sobre el terreno más allá de la retransmisión de las cámaras de visión nocturna que los espías oficinistas ven en las pantallas de la sala de operaciones. Puede decirse sin miedo que esa escena es tan adrenalínica como cualquier persecución jamesbonera. Y todo pasa en una misma sala: Doce hombres sin piedad a la francesa y con espías. ¿Qué más se puede pedir?

Escrito por Albert Alexandre en septiembre 2020.

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