Resolverse a uno mismo
'Malaka'

Resolverse a uno mismo

El Darío Arjona de Salva Reina ya parece historia de la televisión española / Crédito: RTVE.

Hacemos balance de la última apuesta por la ficción de RTVE, exactamente lo que debería ofrecer una cadena pública: autenticidad, riesgo y una mirada sincera a las contradicciones de una de las capitales turísticas del país.

Ahora que ya ha terminado, podemos decir sin temor a equivocarnos que Malaka huele. Huele mal. En un determinado momento, la exmujer de Darío, policía corrupto, tipo duro de barrio que está perdiendo el contacto con su familia, le confiesa que se siente sucia. Sucia por un pasado que no puede borrar. El empresario Germán Castañeda, tras salir de la cárcel, pasa la mano por el ambientador de su coche, aliviado: «No te puedes imaginar cómo olía ahí dentro», asegura a su secretaria.

Si los primeros compases de una serie son una declaración de intenciones, no hay duda de que Malaka empezó pisando fuerte: en plano general, medio a escondidas y de forma nada glamurosa, asistimos al descubrimiento de un cadáver, hundido en las profundidades de la bahía de Málaga, por parte de un par de pescadores. La forma de encuadrar la escena, desde lejos y sin dejarnos oír siquiera la conversación de los marineros, oculta por el sonido de las bocinas de los barcos y el oleaje, anunciaba un tono casi documental.

En Malaka, las miserias de Málaga y su efecto sobre los anhelos, deseos y emociones humanas se han impuesto sobre la perentoria necesidad de la ficción generalista de antaño por encontrar un final feliz. Unas semanas después, y como ya anunciaba aquella primera escena, la cosa ha acabado como suele acabar la vida: ni bien… ni mal.

En la segunda escena de la serie, una chica joven de la que no sabemos nada sale a pasear y se encuentra con un jabalí, que parece aterrarla. La cámara se detiene sobre su rostro, y de nuevo Malaka adelanta otra de sus constantes: la exploración metódica y ambigua de la psicología de sus personajes protagonistas. Desconocemos, como decíamos, a la chica, pero entendemos perfectamente que en sus ojos anida un misterio que el resto de la temporada ha tratado de desentrañar.

Salva Reina y Maggie Civantos en ‘Malaka’.

Es un inicio de serie valiente, que juega a lo abstracto y pone a prueba la paciencia del espectador, y aunque durante la mayoría del resto de la temporada la narrativa haya ido discurriendo por cauces mucho más tradicionales, asentó muy bien los temas en torno a los cuales giraría Malaka: en los pescadores, el poco valor de la vida humana en determinadas circunstancias socioeconómicas; en el rostro aterrorizado de la chica misteriosa, la certeza de que muchos de los males que asolan el mundo no son sino una extensión de nuestro propio mundo interior, de nuestro pasado y errores; en el bucle que cierra el episodio (cuando descubrimos que la chica muerta y la chica del jabalí son la misma persona), la fatalidad de un destino cíclico del que no se puede huir.

En ‘Malaka’ no ha sido tan importante la resolución del caso como el viaje de cada uno de los personajes hacia la resolución de ellos mismos

Sobre estas obsesiones, Malaka ha urdido un relato policíaco que supera, a su malagueña manera, las distintas etapas del whodunit tradicional: ¿quién mató a Noelia, la chica hallada en el mar? ¿Tiene algo que ver su asesinato con los turbios negocios de su padre, el empresario Germán Castañeda? ¿O es más bien responsabilidad de una de las bandas criminales que controlan los bajos fondos de la ciudad? Haciendo gala de una disciplina narrativa admirable, Malaka ha llenado los prácticamente sesenta minutos de cada uno de sus episodios con estas preguntas, hiladas gracias a la investigación de Blanca y Darío, agentes policiales, y Quino, detective venido a menos.

Son todos ellos personajes tratados con ambigüedad, tal y como demanda el género y sobre todo la época de antihéroes en la que vivimos, y cada uno ha venido sostenido por un actor a la altura de las circunstancias, especialmente un Salva Reina cuyo Darío Arjona ya parece historia de la televisión española, o ese hard-boiled Vicente Romero, que se antoja extraído de las páginas de un Dashiell Hammet afincado en la Costa del Sol. Pero en la serie, finalmente, no ha parecido importar tanto la peripecia puntual como los temas anteriormente apuntados; no ha sido tan importante la resolución del caso como el viaje de cada uno de los personajes hacia la resolución de ellos mismos.

Vicente Romero en ‘Malaka’.

Malaka, en fin, es una serie estupendamente bien escrita, interpretada y dirigida que desborda los análisis unidireccionales que uno quiera hacer sobre ella: su uso del acento auténtico de Málaga, en un momento en el que por fin las cadenas se están atreviendo a huir del español normativo, es encomiable; su retrato de los bajos fondos de la ciudad se nos antoja realista y sincero, valiente; pero la ficción creada por Daniel Corpas y Samuel Pinazo no ha destacado solo por su diferencia con respecto a lo que vino antes, sino por la inteligencia con la que despliega temas tan complicados como los que antes mencionábamos u otros como la transferencia de culpabilidad de padres a hijos.

En un momento en el que las streaming wars amenazan con transformar el panorama de la ficción televisiva para siempre, hay que reivindicar Malaka como quintaesencia de la televisión de servicio público. No solo por su valentía a la hora de tratar temas sociales, económicos o políticos, sino también por su valentía narrativa: en su ritmo, cadencias, estructura. Con gran parte del monopolio de la ficción en manos de multinacionales privadas, todavía no sabemos qué ocurrirá a largo plazo con la producción de productos tan locales y a la vez tan significativos como Malaka. Entretanto, seguiremos volviendo a ella cada vez que queramos saber cómo huele Málaga.

Escrito por Ricardo Jornet en octubre 2019.

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