Si gritas tanto, no te entiendo
'La voz más alta'

Si gritas tanto, no te entiendo

Russel Crowe interpreta a Roger Ailes en 'La voz más alta'.

La miniserie de Showtime narra con brocha gorda el ascenso y caída de Roger Ailes, pilar de la derecha mediática estadounidense que convirtió la manipulación en su sello de identidad.

En 1965, en un breve ensayo titulado La imaginación del desastre, Susan Sontag analizó el funcionamiento de decenas de películas clásicas de ciencia-ficción para concluir que todas sus amenazas extraterrestres eran una metáfora de los horrores del mundo real. La ciencia-ficción -y, por extensión, el terror- canaliza así las ansiedades contemporáneas, haciéndolas cristalizar en personajes horripilantes, invasiones a gran escala de seres del más allá o eventos apocalípticos que significarían el fin de la civilización.

Vivir todos estos horrores en la relativa seguridad de una sala de cine, sostenía Sontag, nos «vacuna» contra los del mundo real, haciéndolos más soportables, a la vez que banaliza y simplifica estos procesos, traumáticos para el orden social y demasiado complejos para ser aprehendidos fácilmente (como el peligro atómico durante la Guerra Fría, la emancipación de las mujeres o la culpabilidad de las clases medias estadounidenses).

Los monstruos de la pantalla, en fin, poseen una gran capacidad terapéutica. Y si en aquella época las peores pesadillas hacían referencia a la invasión del Otro, la deriva política de Occidente en años recientes (Trump, Brexit, auge de los partidos protofascistas en Europa…) ya no responde solo a la intervención de un elemento externo (Rusia, claro está, el gran Otro aunque ya no sea comunista) sino al despertar de figuras nocivas que llevaban años anidando en las contradicciones y desigualdades del sistema capitalista global, esperando su momento.

Por eso, aunque el Roger Ailes interpretado por Russell Crowe en La voz más alta no es un alienígena sino un personaje extraído de nuestro mundo, su función para el espectador es muy similar a la de aquellos invasores: aterrorizarnos, sin ahondar verdaderamente en los elementos que han hecho posible su existencia. Porque el retrato de Ailes que hace la miniserie producida por Showtime convierte al fundador de Fox News más en un símbolo forzado de todo lo que ha ido mal en el país en los últimos veinte años que en una persona real, de carne y hueso.

Roger Ailes en los estudios de Fox News en 2011 / Crédito: JAKE CHESSUM

No hay duda de que la trayectoria mediática de Ailes, fundador de Fox News y contaminador de la opinión pública estadounidense, es terrorífica para cualquiera que crea en el periodismo como servicio público. Más aún si tenemos en cuenta la importancia del ideario ultraconservador de la cadena para Trump, cuyo gobierno significa el fin de todas las certezas de los demócratas estadounidenses. Pero la serie fuerza tanto su mensaje, inventando incluso discursos que nunca se produjeron (el impacto de ver a Ailes proclamando «Make America Great Again» en 2008 es innegable, el problema es que no ocurrió) y vaciando nuestra comprensión de Ailes de todo lo que no sea desprecio, que acaba pareciendo más ingenua que inteligente, más ciencia-ficción que documento histórico.

Ese hiperrealismo del maquillaje de Crowe no es sino un trasunto del freak expuesto para que todos nos sintamos más tranquilos sabiendo que no somos como él

En la construcción del monstruo siempre ha jugado un papel esencial el uso de prótesis y maquillaje, y en este caso no podía ser menos: Ailes y su esposa Beth (una literalmente irreconocible Sienna Miller) se parecen más a espantajos que a personas y desde luego se alejan, especialmente ella, de los referentes de carne y hueso a los que pretenden parecerse. Hay algo impresionante en ver a Crowe transmutado en un señor gordo y calvo de setenta años, pero uno se pregunta si ese pretendido hiperrealismo del maquillaje no es sino un trasunto de la atracción de feria, del freak expuesto para que todos nos sintamos más tranquilos sabiendo que no somos como él.

Sí, Ailes ya no viene del espacio exterior, sino de lo más profundo de EEUU, pero la simplificación del personaje o el efecto de extrañamiento que generan las prótesis lo siguen situando en la esfera del Otro. Es la opción más obvia, porque investigar las razones que posibilitaron la victoria de Trump, aparte de la influencia rusa y los nocivos mensajes de Ailes y su aparato mediático, nos obligaría a mirarnos también a nosotros mismos. Obligaría a los demócratas a preguntarse qué hicieron mal, cuando lo más sencillo es perpetuar la creencia en personajes tan malvados que son capaces de hacer que todo el sistema se venga abajo.

En ese sentido, La voz más alta tiene muchos puntos en común con El Vicio del Poder, la película de Adam McKay por la que Christian Bale engordó kilos y kilos para interpretar a Dick Cheney, y ambas se podrían entender como un intento de exorcizar la culpa demócrata en un momento en el que el sistema se ha venido abajo, pero aquella marcaba una importante diferencia: era consciente de que lo que contaba no era la realidad, sino una realidad mediada por una fantasía política. Una pieza de ciencia-ficción.

En El Vicio del Poder, cuando el metraje lleva aproximadamente la mitad, el narrador nos anuncia que Cheney ha decidido retirarse a vivir a una casa al lado de un lago para pasar en paz el resto de su vida, dejando tranquilo al país. Entran los créditos. Poco después, se interrumpen y vemos que todo era una broma: por supuesto que Cheney no se retiró a vivir al campo. Continuó con su carrera, hasta convertirse en el vicepresidente más influyente de la historia de EEUU, promoviendo la Guerra Contra el Terror para devastar países como Irak, permitiendo la tortura contra los presos y utilizando a la NSA para espiar a quien le interesase. Pero habría sido bonito que la película acabase en esa casa junto a un lago: no habríamos tenido que sufrir todo lo que vino después.

Ese tipo de pensamiento inocente es el que satiriza McKay: esa máxima de que si algo no se ve quiere decir que no existe, esa autosuficiencia de parte de los progresistas estadounidenses, instalados en la seguridad de que los monstruos nunca conseguirán nada. El Vicio del Poder se las apaña para ridiculizar y señalar como es debido a los desgraciados detrás de la administración Bush, pero también apunta su dedo al otro lado de la pantalla: a todas las personas que miraron hacia otro lado mientras ocurrían estas cosas horribles. La voz mas alta, paradójicamente, tiene tan claro lo que quiere decirnos que al final no nos dice nada que no sepamos ya. Grita tanto, que lo único que oímos es ruido.

Escrito por Ricardo Jornet en agosto 2019.

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