No me mates que me aburro
'Killing Eve' (T3)

No me mates que me aburro

Jodie Comer en una escena rodada en Barcelona / Killing Eve 3 (BBC America)

Vuelve Villanelle y vuelven los asesinatos, el humor negro y la complicada relación con Eve. El problema es que se han perdido bastantes cosas por el camino.

Que, a nivel cultural, Killing Eve es una de las series más importantes de los últimos años es un hecho. La ficción, creada por la célebre actriz y guionista Phoebe Waller-Bridge, ha enganchado a millones de espectadores pero sobre todo ha orientado el debate público hacia temas como la caduca mirada masculina sobre géneros clásicos como el de investigación criminal, mientras escandaliza a golpe de asesinato y consigue copar las listas de tendencias con los absolutos looks de sus protagonistas.

Killing Eve (HBO), en pocas palabras, está completamente in. Se ha convertido, a fuerza de estilo y gracias a una narrativa lo bastante eficaz como para que no le veamos las costuras, más en una sensación que en una serie. Una sensación en sus dos acepciones: la de fenómeno fan y la de mood, la de haber creado un universo lo bastante sólido como para que sintamos algo muy específico al pensar en él. Algo a lo que nos gusta volver.

Lo malo de los productos culturales capaces de enganchar siendo a la vez rentables y estimulantes es que escasean. Hay que sacarles partido, porque ¿cuándo llegará el siguiente? La primera temporada de Killing Eve nos contaba una historia hasta cierto punto auto contenida, en la que todos los rasgos que hemos apuntado en el anterior párrafo se conjuraban para armar un poderoso discurso político; pero en su segunda entrega, en la que Waller-Bridge le cedió las riendas del proyecto a Emmerald Fennel, el puñetazo iconoclasta se fue diluyendo bastante, a pesar de una primera mitad muy sólida, para acabar poniendo la lupa esencialmente sobre una cosa: la sangre.

La segunda temporada de Killing Eve es, en pocas palabras, buena: igual de gamberra que la primera, y capaz de mantener intacto el carisma de la mayoría de sus personajes. Pero, en sus compases finales, la multiplicación de amenazas y la acumulación de villanos (serías muy malo pero nadie se acuerda de ti, multimillonario tecnológico insoportable) hizo que se perdiese por el camino algo que hacía muy especial a la serie en sus inicios: su condición de pequeña rara avis, de thriller de espías en el que lo importante no eran tanto las conspiraciones multinacionales como la relación inesperada y fascinante entre dos mujeres que habitan mundos radicalmente opuestos.

Sin una estructura sólida nos encontramos ante una colección de escenas visualmente atractivas pero vacías narrativamente

Hace ya tiempo que no entiendo por qué Konstantin no está muerto. Que el exjefe de Villanelle siga con vida ejemplifica para mí el extraño rumbo que Killing Eve empezó a tomar a finales de su segunda temporada, el mismo que parece haberse adueñado de esta tercera (no, no me han gustado los dos episodios que de momento se han podido ver). En la primera temporada de la serie, Konstantin era prácticamente mi personaje favorito: un tipo duro y a la vez infinitamente complejo, atado a Eve de formas crueles y sutiles que iban más allá de la clásica relación mentor-alumno.

Entonces, se supone que murió. Luego, resultó que estaba vivo, y desde ese momento se ha convertido en un  tipo que se pasea por ahí, en un vector para seguir acercando a la serie a esa mitología de clanes criminales que, personalmente, no me interesa en absoluto: lo que me interesaba era el misterio. En Killing Eve, lo que al principio era un mero decorado, una excusa para explorar la perversidad humana y la atracción por el mal, se ha convertido ahora en la atracción principal.

Konstantin y Villanelle en París, Francia / Killing Eve

En lo que llevamos de tercera temporada, esta vez capitaneada por Suzanne Heathcote, vemos a Villanelle en un hermoso palacete modernista en Barcelona. Poco antes del estreno, se publican algunas fotos promocionales en las que visita una fiesta infantil vestida de payaso. Ambas cosas son celebradas con pasión en las redes sociales.

En dos episodios, la verdad es que no ha pasado mucho más. Sigue, claro está, una mirada feminista sobre los lugares clásicos del género que es innegable, pero sin una estructura sólida que sostenga los hallazgos nos encontramos ante una colección de escenas visualmente atractivas pero vacías narrativamente, ante una sucesión de petardos que se consumen rápido y explotan aún más velozmente.

Killing Eve lleva desde sus inicios celebrando la obsesión esteticista de su protagonista, es cierto, pero antes eso significaba algo más allá de una sucesión de planos bonitos. Con cada vestido, mueble de diseño y vehículo de lujo manchado de sangre, la serie se preguntaba por cosas importantes: desde si es posible perdonar a alguien que nos ha hecho algo terrible hasta si somos capaces de imaginar una realidad en la que tener cantidades desproporcionadas de dinero no sea algo obsceno. Ahora, Killing Eve corre el riesgo de dejar de ver el bosque por culpa de los árboles.

Escrito por Ricardo Jornet en abril 2020.

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