Carta a... Terry Jones

Ey, Terry

Ey, Terry. Hay una cosa que te quiero decir desde hace mucho de tiempo. Una cosa muy importante para mí y que, un día, intenté decirte en persona. Fue hace par de décadas, probablemente por los alrededores de la primavera de 1992, pocos meses antes de los Juegos Olímpicos que se celebraron en Barcelona. En aquella época yo tenía veinticuatro años y vivía en el 210 de la calle Pare Claret de Barcelona, justo delante del Hospital de Sant Pau.

Aquel día, como cada día, salí de casa para ir a trabajar al hospital (sí, en aquella época, aparte de vivir delante, también trabajaba, pero esto es otra historia que ahora no viene a cuento), y vi que delante de la fachada estaba pasando algo poco habitual en el barrio. Había muchos camiones aparcados, mucha gente, mucho movimiento. Me acerqué a la entrada principal (es por donde entraba cada día para ir a trabajar) pero unas vallas y un guardia de seguridad me lo impidieron. ¿Qué está pasando aquí? Me pregunté.

Entonces vi que toda aquella gente que había visto de lejos yendo arriba y abajo, iban, la mayoría, vestidos con ropa negra y cinturones llenos de herramientas, y que estaban instalando focos que sacaban de camiones, pintando marcas en el suelo, llevando bandejas de catering, bebidas y termos de café que colocaban bajo unas carpas blancas junto a unas autocaravanas que lucían en las puertas nombres de personas que, supuse, deberían ser actrices y actores. También vi una cámara y, todo ello, gracias a mi gran poder intuitivo, me hizo pensar que se trataba de un rodaje. Pero, ¿de qué?

Me acerqué a uno de los guardias de seguridad que vigilaban que nadie ajeno al rodaje entrara dentro del perímetro y que impedían que yo accediera a mi lugar de trabajo por el mismo lugar donde lo hacía siempre y le pregunté qué estaban rodando y, sin mirarme a los ojos me contestó: «Ni puta idea. Algo inglés». Todo amor aquel hombre. Me quedé por allá curioseando, fascinado con todo lo que veía, porque aquello era lo que algún día yo quería hacer. Estaba estudiando interpretación en aquella época, pero esto también es otra historia que ahora tampoco hace falta.

Entonces, entre todo el hormigueo de personas yendo arriba y abajo, vi un hombre con la edad que ahora tengo yo, quieto, mirando el reloj del Hospital de San Pau. Una chica se le acercó para hablar con él, y al girarse, vi que eras tú. ¡Hostia puta, Terry Jones!, recuerdo que pensé. No me lo podía creer. Terry Jones, fundador de los Monty Phyton, ¡a menos de diez metros de mí! Tenía que poder acercarme hasta ti para decirte una cosa importante.

Lo primero que me pasó por la cabeza fue utilizar mi tarjeta de trabajador (de la biblioteca, en realidad) del hospital para hacerme el importante y poder pasar por la zona de rodaje con la excusa de que accedía a mi puesto de trabajo. Le dije al guardia de seguridad todo amor, y él, otra vez sin mirarme en los ojos, me dijo: «Acceda usted por la entrada de urgencias». ¿Por la entrada de urgencias? Lo que era una urgencia es que yo pudiera darte mi mensaje, Terry. Pero bien, pensé, ok, entro por urgencias. Me conozco este hospital, conozco sus laberínticos pasillos subterráneos, conozco sus secretos. Los aprovecharé para acercarme a ti.

Pero no. No pude. Lo único que conseguí fue hacer el ridículo un par de veces. Nada más. Más tarde supe que lo que estabais haciendo allá era rodar un capítulo de la serie Las Aventuras del Joven Indiana Jones que se ambientaba en Barcelona el mayo del 1917. El caso es que no pude decirte aquella cosa tan importante que me habría gustado decirte en persona, con el inglés macarrónico que tenía entonces (es posible que no hubieras entendido nada de todo lo que te quería decir). Por lo tanto, te lo diré hoy. Desde aquí.

Terry, gracias a ti, gracias a una de las películas que dirigiste con aquella tribu de locos clarividentes a la que pertenecías, tuve una revelación. Una revelación, sí, que me cambió la vida. La película en cuestión fue The Meaning Of Life (El sentido de la vida). Te confieso que cuando la vi me trastornó profundamente. Me vi superado por tanta acidez, tanta mala leche, tanta inteligencia, tanto mal gusto para poner en evidencia nuestra estupidez como especie, tanto amor, tanta crítica feroz, tanta obscenidad, tanta profundidad, tanta humanidad, tanta incorrección política, tan poco respeto por todos los dogmas y tabúes. Y, encima, haciéndome reír mientras todo lo que iba viendo en pantalla me provocaba preguntas que no tenían fácil respuesta.

Entendí que el humor no es solo una herramienta para provocar risa, sino que, bien utilizado, es un arma muy poderosa para hacer reflexionar, para poner el dedo en las llagas de nuestra sociedad, para convertir en barro mitos y dioses, para atacar al poder donde más le duele, desnudándolo del aura casi sobrenatural con la que se rodea para tenernos atemorizados y sometidos. Y, sobre todo, para perder el miedo a todo aquello que nos paraliza. Incluso a la muerte.

Esta fue la revelación que tuve gracias a ti. A vosotros. Desde aquel día mi vida ha dado muchas vueltas. Ha cambiado mucho. Empecé a escribir teatro, intentando combinar humor con crítica, con dolor, con rabia, como tú hiciste durante toda tu vida. Y más adelante escribiendo y dirigiendo comedias para la televisión, siempre fijándome en vuestra maestría, siempre pensado: ¿Cómo lo haría esto lo Terry?

Y por el camino he ido conociendo mucha gente que tuvo la misma revelación que tuve yo cuando vi The Meaning Of Life. Otros la tuvieron viendo Monty Phyton’s Flying Circus, otros The Holy Grial, otros Life of Brian, pero todos entendimos lo mismo. Y somos muchos. No te puedes ni imaginar, Terry, la huella tan profunda que has dejado en este pequeño rincón de tierra en el que vivo. De verdad, no te engaño. Somos hijos tuyos, vuestros, de vuestro sentido del humor, de vuestra visión descarnada, rebelde y nada complaciente.

Por lo tanto, Terry, en nombre mío, y creo que también en nombre de otros muchos, muchas gracias. Gracias por todo. Siempre estaré en deuda contigo porque me cambiaste la vida. Espero que el día que me toque marcharme también me cambies la muerte, y la pueda recibir cantándole «It’s Christmas in Heaven» porque, allá donde me hagan ir, esperaré encontrarte y por fin decirte en persona, o en esqueleto, o en ectoplasma, «Ey, Terry, gracias a ti tuve una revelación». Y a continuación, para animarnos un poco, unas cuántas fotos de pollas.

Escrito por Sergi Pompermayer en enero 2020.

Ver más en Brexit, Mitos, Tele de tubo, Monty Phyton's Flying Circus.