El demonio es un hippie con gafas
'El juramento'

El demonio es un hippie con gafas

Keith Raniere, líder de la secta NXIVM, empezó operando en los sótanos de un local de Nueva York y acabó seduciendo a millonarios, playboys, directores de cine, actrices y al Dalai Lama.

Es tentador no arrancar un artículo hablando de El juramento mentando a Goethe, Cioran o Wittgenstein, algo profundo sobre la existencia, los abismos y la razón. En realidad, todo empieza con un vacío que hay que subsanar. Empieza siendo un hueco, del tamaño del meñique, en el tejido de un traje que parece encogerse; acaba siendo un enorme agujero en una presa que amenaza con romperse.

La tensión de vivir a un tiempo en extremos opuestos del espectro (lo que queremos ser versus lo que somos en realidad), convierte en algo inevitable sentirse como un equilibrista cuyo cable acaba de partirse en dos: los pragmáticos se refugian en la terapia o el peso del raciocinio; los que no conciben una salida pactada consigo mismos, buscan consuelo en lo espiritual. Y hay otros, los que necesitan algo más radical, que apuestan por la vía de la disrupción. Estos últimos acostumbran a ser yunques en busca de un martillo que les golpee, que les haga partícipes de una misión: que les otorgue un propósito.

El juramento arranca con un tono ligero, casi frívolo. Un grupo de hombres y mujeres que no logran volar, que no tienen la vida que desearían. Nosotros, en una palabra. Todos nosotros en algún momento del largo (larguísimo) camino que recorremos, sintiendo que quizás mereceríamos algo mejor. La diferencia es que los tipos de El juramento creen haber encontrado el algoritmo, la ecuación que les sacará del charco.

La desesperación es una criatura sagaz: empieza siendo un dedo que te golpea la sien de una forma rítmica pero aparentemente inofensiva, para luego convertirse en una suerte de enredadera que hace difícil levantarse por las mañanas. No tarda mucho en metamorfosearse a algo mucho peor: un demonio de cuerpo entero que emerge del armario en la oscuridad y nos observa desde la esquina de la cama en una noche cualquiera.

El demonio de El juramento se llama Keith Raniere y el truco magistral que ejecuta ante las narices del espectador es hacernos creer que en algún lugar, escondido en su aspecto de hippie excéntrico con gafas de rata de biblioteca, ese batiburrillo de Jerry Garcia y Steve Jobs, que besa a todos/as en los labios y habla de su verborrea como ‘tecnología’, no es en realidad un parásito enraizado en la desesperación: un parásito de carne y hueso. Bajo esa apariencia de trilero sofisticado, este encantador de serpientes neoyorquino que empieza operando en los sótanos de un local de la Gran manzana y acaba seduciendo a millonarios, playboys, directores de cine, actrices, Richard Branson y al Dalai Lama, le saca brillo a una lengua que sería la envidia de Lucifer.

El problema es que, como en una obra de Calatrava, la estructura se desmorona a medida que se la somete a resistencia y la resistencia es simple observación

Raniere y su secta, NXIVM, tejen una estructura basada en la idea (pretendidamente compleja) de que un ser humano puede ser despojado de su contexto y que, en ese proceso, lo sistémico pasa a ser coyuntural y lo coyuntural puede ser domado, domesticado y reducido a un simple impulso, un impulso desechable. La fórmula, un código pedestre basado en una semántica mecanizada, despojada de cualquier mística pero que -paradójicamente- se recita como un mantra, como un hechizo, es la base de la secta. Uno puede librarse de sus miedos, de las emociones negativas; uno puede convertirse en una divinidad cognitiva. Basta con abstraerse, perder la conciencia, olvidar el entorno, pulverizar las circunstancias. A partir de ahí, solo se aceptan milagros.

El problema es que, como en una obra de Calatrava, la estructura se desmorona a medida que se la somete a resistencia y la resistencia es simple observación. Cuando Raniere es escrutado por los que le consideraban un genio y empiezan a surgir aristas, cabos que acaban pendidos en el aire, extrañas conexiones que empiezan con frases a medias y terminan con negaciones que suenan a excusa barata.

Y de ahí al averno: esclavas, jaulas, castigos corporales, abusos a menores, mujeres marcadas con hierros candentes como propiedad del gurú y la revelación de la verdadera naturaleza del hacedor.

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Keith Raniere, líder de la secta NXIVM / HBO

La salvaje ‘El juramento’ escarba en esa necesidad que todos hemos sentido alguna vez y que acaba haciéndonos un estropicio en el hipotálamo: ser especiales

Lo que convierte a NXIVM en una historia que uno podría contar a sus niños antes de dormir si quisiera que no durmieran nunca más, es la dulce transición (ayudada por la propia narrativa de la serie) que estudia la naturaleza tranquila de la asociación cuando todos creen que es simplemente eso, a una secta atroz, llena de cuartos oscuros donde nadie quiere mirar. Por el camino, el espectador observa aturdido a unos cuantos humanos perdidos en algún lugar de la gama cromática que lleva del gris al negro, que son incapaces de ver que entre foulards, charletas motivacionales y discursos en los que se afirma que “descansar es un vicio”, les están arrancando el alma. Convertidos en simples reclutadores, con un montón de peregrinos despistados dispuestos a pagar miles de dólares por cinco días de acertijos, pociones de palabras y consejos para alcanzar un nivel superior de existencia, NXIVM se convierte en una máquina de hacer dinero timoneada por siervos de un Dios al que le importan un pito sus siervos.

Y desde un punto de vista puramente audiovisual, el acierto que supone un ritmo pausado, el uso de las imágenes de archivo (cuyo aspecto vintage resulta desconcertante y otorga a las actividades de la secta el aspecto cutre que sin duda merece), el estupendo trabajo con los audios, cuyo fondo visual resalta el poder de las conversaciones en lugar de aplacarlas y la poderosísima banda sonora de Mac Quayle, que ya hizo de las suyas en Mr Robot y aquí vuelve a demostrar que sabe cómo ponerle música al abismo.

El juramento es una serie salvaje, que disfrazada de thriller elegante escarba en esa necesidad que todos hemos sentido alguna vez y que acaba haciéndonos un estropicio en el hipotálamo: la necesidad de ser especiales. Y nos advierte: el peligro no es ser especial; el peligro es serlo demasiado.

Escrito por Toni Garcia Ramon en septiembre 2020.

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