Que el pu*o oeste no se acabe nunca, me cag*en sus put*s muertos
'Deadwood: la película'

Que el pu*o oeste no se acabe nunca, me cag*en sus put*s muertos

'Deadwood: la película' se estrenó en todo el mundo el 1 de junio en HBO.

'Deadwood' cierra tres temporadas y tres lustros de ausencia con un final más emocionante que todo el catálogo de esa plataforma en la que estás pensando. Sí, esa.

La única pega que se le puede poner a la película que cierra Deadwood, es que para gozarla como es debido, es obligatorio haber visto las tres temporadas de una de las mejores series de la historia de HBO. Para los veteranos es sencillo recordar la cara de tonto que se le quedó al respetable cuando la cadena estadounidense comunicó su cancelación.

Deadwood formaba parte de una realeza televisiva que podía soltarle un cachete a cualquiera de estos subproductos que ahora se pasean por las parrillas como un gallo por el corral y que claman por su territorio, empeñados en mirarse al espejo para asegurarse de que parecen complejos.

Han pasado dieciséis años y aún retumban los «cocksuckers» de Mr. Wu, los improperios de Trixie, las cogorzas de Calamity Jane, la mala hostia, constante como el fluir de un río en primavera, que gastaba Seth Bullock y el carácter de ese trilero hijo de puta, cabronazo con corazón de oro llamado Al Swearengen. Y ha bastado con un minuto de Deadwood: la película para recordarlo todo.

Como quien vuelve -después de una eternidad- a reencontrar a alguien a quien amó, y de repente el tiempo deviene irrelevante y los recuerdos te patalean en la boca del estómago. Y te preguntas por qué has dejado pasar tanto tiempo y dónde coño se habían metido esos recuerdos, enterrados bajo una tonelada de indiferencia fingida.

Aunque se aprecian unos diálogos menos inclinados al caos, podría decirse que todos los personajes llegan a un cénit narrativo y vital

David Milch, integrante con honores de la sagrada trilogía de los David(s) de HBO (Simon, Chase y él mismo), fue diagnosticado de Alzheimer, algo que explicó en una entrevista poco antes del estreno de la película. Milch, famoso por reescribir sobre reescrituras y por dejar que la improvisación volara raso en sus sets, contó que no hubiera podido acabar su gran legado catódico sin la colaboración de su productora, Regina Corrado, y del director del filme, David Minahan. Y si bien es cierto que se aprecia la voluntad de guardar cierto orden en las formas y unos diálogos menos inclinados al caos, también podría decirse que todos los personajes han llegado a un cénit (narrativo y vital) que los convierte en criaturas más manejables, que no más rutinarias.

Es tal la potencia emocional del reencuentro que uno siente la voluntad de rebobinar a cada poco, para que el Oeste nunca se acabe. Todos están allí: del Marshall a la pistolera, de la rica heredera a la esposa fiel; del deplorable senador por California al chino que arroja forajidos a los cerdos. Hasta los que podrían faltar se marcan un cameo, y en cierto modo la serie arroja un desenlace gatopardesco, en el que los cambios solo subrayan la inmutabilidad del sistema.

Milch, Corrado y Minahan se ocupan de seguir elevando las leyes del western a través de una lectura preciosista de los hechos, disfrazados con tantos improperios que casi cuesta fijarse en un diseño de producción impoluto en un pueblucho con trazas de Boeticher, Hawks, Eastwood y los Coen y una línea de acción con tiros, ahorcamientos, corrupción, una subasta, un tren y un montón de conversaciones de alcoba, que rezuman tanta modernidad que es imposible no sonreír: «¿Un teléfono en mi salón? Cualquier hombre merecedor de ese nombre conoce el valor de permanecer ilocalizable», suelta Swearangen, en una línea de diálogo que se antoja atemporal desde el mismísimo momento en que sale de sus labios.

Más allá de su aparente falta de escrúpulos, ‘Deadwood’ (la serie) hablaba del nacimiento de América: cuando el enemigo de América era la propia América

Deadwood es barro, balas y madera barata, pero también es un microcosmos que dibuja perfectamente un mapamundi de la sociedad occidental. Pasada, moderna y futura. Como decía aquel senador de opereta interpretado por Ned Beatty en Shooter: «Solo hay dos clases de personas: las que tienen y las que no». Un mundo en el que la ley es implacable cuando puede serlo y transita a menudo por una espesa zona gris, y en el que el poder yace en la tierra y no en la base del martillo de un juez. Por eso la serie fue siempre profundamente política, voluntariamente brusca en apariencia y extremadamente inteligente a poco que uno entornara los ojos. Por eso lo que más destacaron muchos en su momento fue la sordidez del entorno y lo soez del lenguaje, porque más allá de su aparente falta de escrúpulos, Deadwood hablaba del nacimiento de América, un lugar oscuro al que muchos preferirían no haber mirado: cuando el enemigo de América era la propia América.

No se vislumbra mejor colofón para un show tan descomunal que ponerle las hombreras de película y dejarla cabalgar a lomos de un presupuesto holgado, como un homenaje de caballo blanco a lo que en su día parecía un percherón. A todas luces, Deadwood: la película es un acto de redención. Un tributo a su creador, a sus habitantes y sobre todo a su espíritu. Como nadie puede volver atrás y renovar la serie, al menos le han dado un funeral de primera clase, con salvas de honor.

«Welcome the fuck back», así anunciaba HBO el estreno de la esperada secuela de ‘Deadwood’.

En el momento más grande de la historia de la televisión moderna, cuando todos parecen competir en volumen (que no en calidad) por llevarse el trono, aparece HBO para dar un puñetazo en la mesa que resulta casi inaudible, ocupados como estamos mirando naderías, mientras por el retrovisor aparecen ya un sinfín de series nuevas, llegadas para pisotear las que apenas hemos empezado. En eso también hay nobleza: apostar por algo cuyo público es una pequeñísima porción de la inmensa tarta televisiva. Simplemente porque había que hacerlo, sin cálculos pergeñados por señores con corbata cuya visión del negocio es… el negocio.

Decir que la película de Deadwood es una obra maestra sería empezar a reconocer que el conjunto es una obra maestra y por eso debería decirse con la boca grande, y megáfono en mano, que Deadwood es una obra maestra. Al final, esa escena en la que Trixie empieza a rezar el Padrenuestro, «Señor nuestro, que estás en los cielos», y Swearengen contesta: «Ni se te ocurra moverte de allí», consigue resumir mejor que una crítica de cinco mil palabras la grandeza de esta serie.

Irreverente, genial y -eternamente- gloriosa.

¿Oigo un ‘amén’?

Escrito por Toni Garcia Ramon en junio 2019.

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