Crítica de 'El joven Sherlock' (Prime Video): La familia Holmes
Crítica de la serie (Prime Video)

‘El joven Sherlock’: La familia Holmes

Llega a Prime Video la lectura propuesta por Matthew Parkhill y Guy Ritchie, en forma de ficción seriada, de la saga de libros de Andrew Lane acerca de la juventud del detective del 221B de Baker Street. El programa se mueve de la investigación criminal al retrato de familia íntimo.

Imagen promocional de 'El joven Sherlock', una de las grandes apuestas de Prime Video para el 2026.

Memorias de Sherlock Holmes

El famoso personaje de Arthur Conan Doyle llega, según parece, a la imagen en movimiento en 1900 con el cortometraje de Arthur Marvin Sherlock Holmes Baffled, solo trece años después de la publicación de la primera aventura del detective, “Estudio en escarlata”. A continuación, comienza a montarse a su alrededor una extensa filmografía que, en efecto, llega hasta nuestros días. A pesar de cruzar varias, y diferenciadas, etapas de la historia del cine y la televisión, y de usar las personalidades de Basil Rathbone, Peter Cushing, Christopher Plummer o un perro de animación, en términos generales, el flemático individuo permanece lo suficientemente fiel al modelo original definido por el escritor a finales del siglo XIX en las páginas de sus relatos. 

La investigación no apunta a echar abajo una intriga internacional organizada para apoderarse de un arma potente, el auténtico propósito es el descubrimiento de los fantasmas familiares. 

Las transformaciones más relevantes y significativas llegan en la escena del nuevo siglo con la aparición de las versiones actuadas por Benedict Cumberbatch y Robert Downey Jr. Éste participa en 2009 y 2011 en un dueto de largometrajes, no por excesivamente ruidoso y desmembrado en el apartado literario menos divertido e incluso, a su forma, trepidante, conducido por Guy Ritchie. Ahora, el director británico, tras dejar a un lado, al menos de momento, la producción de una posible tercera película, regresa, acompañado de Matthew Parkhill, al universo del detective para referirse a su juventud, colgando sobre la imagen su característica pegada. Así, la serie El joven Sherlock, convocando la versión juvenil de Sherlock Holmes y su archienemigo Moriarty, y sin el concurso del indispensable Watson, desarrolla un capítulo de aprendizaje en función de la combinación deliberada de tradición y trastorno posmoderno.

El regreso de Holmes

Naturalmente, el plan de enseñar en una película o una serie unos episodios de la juventud del detective no es nuevo. En 1985 Barry Levison y Steven Spielberg, sobre un texto de Chris Columbus, lo hacen con El secreto de la pirámide, aquella interpretación Amblin de las aventuras de Conan Doyle, en donde se describe el primer caso investigado por los dos compañeros inseparables. Fuera del marco adolescente, sin embargo, el filme no entrega demasiadas modificaciones del original y sus variaciones de celuloide. Nicholas Rowe, en particular, plantea una visión del detective respetuosa y tradicional. 

Todo esto, sin embargo, no ocurre, afortunadamente, en la nueva aproximación de Ritchie y Parkhill. Además, por lo menos de algún modo, la estrategia de intervención, también rechaza la perspectiva grotesca y exhibicionista encontrada junto a Downey Jr. en los títulos anteriores. El modelo más cercano, seguramente, es el presentado por el ciclo James Bond con la llegada de Daniel Craig, en particular en Skyfall (Sam Mendes, 2012), asumiendo, desde luego, unas extraordinarias diferencias, de alcance y tono. Lo mismo que allí, sin renunciar al paso por las características más expresivas, la serie recomienda, sin parar, desvíos y negaciones de un formato ya anodino debido a su persistente repetición. 

Sherlock Holmes

James Moriarty y Sherlock Holmes, compañeros de fatigas.

De esta manera, primero que nada, desaparece el temperamento hermético e impasible de la figura central con el propósito de revelar a un chico imprudente y granuja, convertido en mozo en Oxford después de una estancia en prisión por carterista bocazas, y perseguido por un amargo capítulo familiar sucedido en la infancia: la muerte misteriosa de su hermana pequeña, Beatrix, en un lago cercano al caserón de los padres. 

El total se recupera de los golpes, varias veces, hasta configurar un informe Holmes, distinguido por su introspección, casi irresistible. 

De hecho, tal cual ocurre en la película de Mendes de 007, el relato parte de un enigma criminal y, paso a paso, va cerrándose alrededor del personaje hasta revelar, en el acto último, una serie de secretos significativos de su pasado. Esa es la estructura trabajada por la nueva función. De lo general, por mucho que pueda involucrar al héroe, en este caso al ser acusado de un robo en la universidad, se pasa a lo estrictamente privado. La investigación no apunta a echar abajo una intriga internacional organizada para apoderarse de un arma potente, pese a las apariencias de la primera parte, el auténtico propósito es el descubrimiento de los fantasmas familiares. 

Sherlock Holmes

Zine Tseng en un fotograma de ‘El joven Sherlock’.

Una vez más, este enfoque no es innovador, precisamente, pero funciona. A decir verdad, El joven Sherlock cuenta con una habilidad sorprendente, es capaz de actuar muy bien desde sus lugares comunes y sus supuestas equivocaciones, tal y como la representación un tanto insensible de Hero Fiennes-Tiffin, en comparación con la mucho más matizada de Dónal Finn sobre Moriarty, y esa escritura acelerada, puesta de relieve por las artimañas formales del montaje, marca inequívoca de Ritchie, que en el primer capítulo parecen comprometer el avance adecuado de la versión. El total se recupera de los golpes, varias veces, hasta configurar un informe Holmes, distinguido por su introspección, casi irresistible. 

El archivo de Sherlock Holmes

A diferencia de El secreto de la pirámide, El joven Sherlock decide no reunir a la célebre pareja literaria, como mínimo en esta primera manifestación. Así, la no intervención del doctor Watson impulsa el cambio de voz narrativa y el reconocimiento de vínculos privados alternativos. La perdida del personaje no frustra la definición de una pareja de investigadores pero sí la perturba al juntar a unos Holmes y Moriarty señalados acá como auténticos parias de Oxford. De ese modo, los futuros adversarios se convierten en camaradas, con naturalidad y casi por supervivencia, en una escena hostil y clasista dirigida por el codicioso rector de Colin Firth, en este tratamiento de sus historias tempranas. 

En conjunto, ‘El joven Sherlock’ resulta tan inesperada como admirable.

Uno de los apartados de la serie atiende el progreso de la amistad de los dos muchachos, mientras, gradualmente, pone de manifiesto, con sutileza, algunos puntos oscuros del malvado del mañana que, tarde o temprano, podemos suponer, provocarán una grave ruptura personal. La progresión de esta sección hace posible el análisis de apartados particulares del protagonista que, en líneas generales, permanecen invisibles o inmovilizados; y, de igual forma, ayuda a mostrar las sorprendentes habilidades de deducción, aunque quizá oponiéndose, en demasía, al sabido peso intelectual, en busca de una suma de golpes de efecto con la forma de visiones fantasiosas e inauditas, que rompen bastante la sujeción con un cierto relato policiaco clásico.  

Sherlock Holmes

‘El joven Sherlock’ ya está disponible en Prime Video.

Por las imágenes de El joven Sherlock pasan variantes menores de figuras habituales del ciclo y personalidades novedosas, con diferentes responsabilidades emocionales sobre el conjunto, como esa falsa princesa china dispuesta a vengarse de los asesinos de sus padres. No obstante, la interpretación más destacada propuesta sobre el patrimonio Holmes concierne a su familia. El seguimiento y el comentario de un grupo roto después de un incidente terrible, alterado con el paso de los años por complicaciones de salud mental y evidentes envidias y desencuentros entre los dos hermanos sobrevivientes, son la gran cuestión del programa.

La desintegración de la familia surge sobre la imagen permanentemente. Los dos capítulos finales trabajan este asunto estupendamente enfrentando unidades frágiles que intentan mantenerse vivos en una escena imprevista, ya sea en París o Constantinopla. La verdad es que, en conjunto, El joven Sherlock resulta tan inesperada como admirable. Por debajo de los aparatosos cuadros de pelea, las salidas de tono gamberras o las estridencias sonoras vive un delicado retrato de penas de infancia que, en voz baja y con arte, capítulo a capítulo, se convierte en el verdadero corazón de un recuerdo subjetivo de los ingenios del popular detective de Conan Doyle.      

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