Comparte
Maribel Verdú y el resto del estelar reparto de 'El problema final'.
Adaptación de la novela homónima de Arturo Pérez-Reverte firmada por los guionistas Alberto Macías, Carlos Molinero y Marisol Ferré, El problema final (2026) bien podría haberse resuelto en forma de largometraje en lugar de alcanzar las dimensiones de una miniserie de 4 episodios cuyo mayor halago remite a un manido tópico: “se ve un suspiro”. Los suspiros llegan cuando acaba y son de alivio.
Remedo de algunas de las aventuras de Sherlock Holmes aquí reencarnado en un veterano actor español que en sus mejores días interpretó al héroe de Conan Doyle en un Hollywood ya extinto en 1959, fecha en la que se sitúa la historia, y que los prólogos con los que principia cada episodio tratan de recordar –las citas van acompañadas, es un decir, del sonido de un gong para que el espectador no tenga que esforzarse demasiado–: el actor responde al nombre de Benjamin Basil (José Coronado) y la estética de esos preámbulos mezcla la colorimetría propia de las películas de la Hammer –que precisamente en 1959 hizo su versión de El sabueso de los Baskerville (Terence Fisher, 1959)– con escenas que recuerdan a los títulos en los que Basil Rathbone dio vida al detective del 221 de Baker Street entre 1939 y 1946.

Un fotograma de ‘El problema final’, ya disponible en Netflix.
En realidad, y a excepción de una resolución que remite a ‘Escándalo en bohemia’, la trama de El problema final está más cerca de las ficciones creadas por Agatha Crhistie que por las del autor de ‘El mundo perdido’. Un hotel situado en una isla ficticia y solitaria. Doce huéspedes obligados a refugiarse en él después de que una tormenta frustre su travesía hacía Palma de Mallorca. Y una sucesión de asesinatos que arrancan con la muerte de Elisa Mander (Paloma Bloyd), quien aparece ahorcada en un cuarto de enseres cerrado desde dentro (saludos a Gaston Leroux).
Todo acaba en una parodia involuntaria que solo podría mejorar –y créanme, mejoraría mucho– con la aparición de Frank Drebin.
No vamos a entrar aquí a resolver el misterio ni a contarles quién es el asesino, eso lo dejamos en sus manos. Baste con decir que este será solo uno de los tres primeros cadáveres que irán apareciendo y que a los conocedores de la bibliografía de ‘La gran dama del misterio’ esta miniserie les recordará a ‘Asesinato en el Orient Exprés o ‘En el hotel Bertram’. Eso sí, no nos abstendremos de mencionar que resulta poco verosímil que un asesino metódico y juguetón, que pone constantemente a prueba a Basil con los mensajes que le deja en cada escena del crimen, no se cuide de eliminar una prueba a la postre crucial para resolver el caso y que esta aparezca, cuando conviene, en la orilla de la playa. Cuando lleguen a ese punto, sí es que lo hacen, concluirán que un buen fuego hubiese evitado tal contratiempo.
Ahora bien, si deciden acercarse a El problema final, descubrirán un vestuario pintón propio de una actualización de las adaptaciones chic que de las novelas encabezadas por Hercules Poirot hicieron John Guillermin (Muerte en el Nilo) y por Guy Hamilton (Muerte bajo el sol). Ya saben: repartazos, lujo, vestuario del triple ganador del Oscar Anthony Powell, etcétera. Aquí ese glamour se traduce en un deambular de personajes muy bien vestidos reorganizados bajo los parámetros musicales de Downton Abbey (Julian Fellowes, 2010-2015), con las composiciones de Vicente Ortiz Gimeno ilustrando con énfasis cada movimiento.
María Valverde parece una versión lívida de Grace Kelly después de donar sangre y Martiño Rivas es un Watson imposible extraído de Vogue.
Se encontrarán, también, con un grupo de actores con principio de afonía, interpretaciones impostadas y réplicas imposibles extraídas del almacén de saldos de guiones desechados en la década de los 40. Aprovechando la condición de actor de Basil, y el hecho de que el episodio final, elipsis mediante, arranque en unos estudios cinematográficos, la serie apuesta tímidamente por autoafirmarse en clave de relectura metalingüística, lo que uno adivina más como la justificación de su extemporaneidad que como cuidado ejercicio de estilo (algo que, tal y como apunta en este artículo Daniel V. Villamediana, estaba trabajado a conciencia en la obra original que servidor no ha leído). En resumen, todo acaba en una parodia involuntaria que solo podría mejorar –y créanme, mejoraría mucho– con la aparición de Frank Drebin (Leslie Nielsen).

José Coronado, eterno galán…y enésimo Sherlock Holmes.
Es gracioso que el personaje de Coronado le recuerde constantemente a una de las huéspedes del hotel, la aspirante a actriz y pareja del productor que les ha llevado a los dos a la isla, su escaso talento para fingir emociones. O que se queje de los errores que contiene el guion que ha de llevar a la pantalla en el episodio final, a su vez obra de otro de los ocupantes del hotel, el escritor Francisco Foxá (Martiño Rivas). Y es gracioso, e incluso tierno, porque toda la serie adolece de esas mismas flaquezas que el veterano actor señala. María Valverde parece una versión lívida de Grace Kelly después de donar sangre.
Al final, más que una serie, ‘El problema final’ es un reportaje de moda que podría haber aparecido en las páginas interiores de la Paris-Match de la época.
Maribel Verdú le imprime esforzada severidad a la gerente del hotel Auslander. Martiño Rivas es un Watson imposible extraído de una portada de Vogue. Todas las interpretaciones, en mayor o menor medida, se perciben afectadas, propias de un modelo de declamación teatral demodé que aproximan, insistimos, El problema final a la parodia.
Tampoco ayudan el exceso de explicaciones, las reiteradas chanzas sobre el pasado holmesiano de Basil, el uso del manual del método deductivo para niños de siete años (usted no es rubia natural, sus cejas son morenas) o la rimbombante descripción de personajes: suena a todo trapo ‘La cabalgata de las Valquirias’ de Wagner en el gramófono de un inquilino alemán para indicar su procedencia y su ascendente ideológico (por citar solo una).

‘El problema final’ consta solo de cuatro episodios.
Otro tanto sucede con la realización de un Félix Viscarret tan alejado de su reciente Una vida no tan simple (2023) como un francotirador metido a operario del registro municipal. Hay un evidente abuso de los insertos y de los primeros planos para remarcar, constantemente, qué es lo importante, lo que termina por desnaturalizar el valor del recurso. Otro tanto sucede con la acumulación de planos y contraplanos para filmar los diálogos, como si no hubiera más opciones o como si lo importante fuese que viésemos a los actores hablar para no perder comba (en realidad, la serie se sigue perfectamente sin atender a la pantalla).
Al final, más que una serie, El problema final es un reportaje de moda que podría haber aparecido en las páginas interiores de la Paris-Match de la época.

