«Con un personaje como este, siento que no tengo límites»
Entrevista a José Manuel Poga ('La Casa de Papel')

«Con un personaje como este, siento que no tengo límites»

José Manuel Poga interpreta a Gandía en 'La Casa de Papel' / Crédito: Tamara Arranz (Netflix)

Tokio y compañía han encontrado su némesis: se llama Gandía, un agente de seguridad interpretado por José Manuel Poga, toda una bomba en la cuarta temporada de 'La Casa de Papel'.

Podríamos enfocar el asunto buscando agujeros y trampas de guion, dudando de los giros argumentales y de las constantes contradicciones en las que entran los personajes y que amenazan la lógica interna de lo que hemos visto hasta ahora, reflexionando sobre el posible agotamiento de la fórmula, incluso criticando que una actriz cis interprete a una transexual. Puede que todo eso ocurra en la cuarta entrega de un éxito sin precedentes de la ficción española, que encabeza ránkings de lo más visto en todo el mundo. Puede, pero lo que también asegura esta temporada es adrenalina, riesgo desacomplejado, ritmo desatado, locura, puro entretenimiento, mente en blanco. ¿Menos es más? Ni de coña.

En estos días oscuros y encerrados (y no nos engañemos, en tiempos sin Covid-19 también), los pros pesan mucho más que los contras. A las piruetas narrativas, el susurro de Úrsula Corberó y los cliffhangers, marca de fábrica, esta cuarta parte de La Casa de Papel añade una subtrama a lo Jungla de cristal. Aquí, el reverso tenebroso de John McClane se llama César Gandía, es un ex boina verde que protege el oro del Banco de España, que ni va descalzo ni lleva camiseta de tirantes. Tampoco es de los nuestros, todo lo contrario, y se convierte en una mosca cojonera para nuestra panda de atracadores dalinianos favorita.

Tan sádico como hábil, Gandía se convierte en inesperado protagonista de la temporada. Le da vida José Manuel Poga, jerezano afincado en Sevilla, actor de largo recorrido desde que Alberto Rodríguez (o sus habituales directoras de casting, Eva Leira y Yolanda Serrano) le sacaran temporalmente de los escenarios y le hicieran debutar en el cine con Grupo 7 (2012). «Te lo digo a ti y se lo digo a él cada vez que le veo por el barrio… le tengo un agradecimiento que durará para siempre. Me dio la oportunidad de entrar en el cine andaluz, y con un peliculón. Me cuidó muchísimo, a Alberto le quiero mucho», afirma.

Desde entonces no ha parado: pelis como Toro o La Trinchera Infinita, y series como Fugitiva o Gigantes, le han convertido en uno de esos secundarios robaescenas, al que ahora ya pondréis nombre. Hablamos con Poga desde nuestros respectivos confinamientos. «¡Qué situación tan marciana! Creo que estamos acoplándonos a una nueva era, a un nuevo mundo. En un momento todo ha cambiado, la vida es muy efímera, tío», dice.

Una semana después del estreno y, como se esperaba, la cuarta temporada lo ha petado. Pero el éxito te pilla encerrado en casa…

Es extraño, porque todo me está llega través de internet, de los mensajes que me mandan, pero los voy dosificando. No tengo redes sociales más allá de Facebook, no tengo Twitter ni Instagram. De hecho ya han salido un par de cuentas falsas. Así que estoy un poco al margen de esta movida… Y como vivo con un bebé y con un preadolescente de 11 años, no quiero estar demasiado enganchado y pendiente del móvil.

Así que por las noches me pongo un rato y tengo el teléfono que echa fuego. Voy administrando y contestando los mensajes, muchos de enhorabuena, pero poco a poco, para no aturullarme. Que si no… ¡me empapucho! Normalmente ya me saturo muy pronto, estoy más de cinco minutos al teléfono y se me pone la oreja colorá. Y los zooms y skypes me marean, con tanta gente hablando, con los desfases y tal… Prefiero el tú a tú, con un cafetito, con una cervecita por delante, mucho mejor. Cómo se echa de menos.

Eres uno de los grandes protagonistas de la temporada.

Yo lo digo siempre, los caballeros oscuros suelen dejar más huella que los príncipes azules. No sé, Gandía muestra esa parte salvaje, esa ira, ese odio, que a lo mejor no nos atrevemos a mostrar socialmente. Pero él tiene toda la libertad de ser el malo malísimo, y creo que la peña conecta mucho con el mal…

Hay un momento en cada temporada en que las cosas se ponen crudas para el Profesor, y está muy bien que antes de ver la luz tenga que atravesar los infiernos. Y Gandía es el demonio que le acompaña en esa oscuridad. Y yo creo que funciona, es lo que tiene al público con el culo apretado enganchado al sillón. Gandía es un factor que potencia muchísimo la heroicidad de los protagonistas, está al servicio de los héroes.

Todos hablan de Gandía como un villano, pero es cuestión de perspectiva. Está claro que es un sádico cabronazo, sí. Pero al final, el mismo personaje en otro contexto, y pienso en tantas action-movies de los 80 y 90, podría ser el héroe…

Claro, claro. La perspectiva lo es todo: al final su tarea es mantener la seguridad del banco. Ante unos atracadores, que para él son terroristas, que quieren hacerse con el oro español que él custodia… Gandía es soberbio y perverso, y está entrenado y trabaja para proteger ese oro. Y si una banda llega a su casa a molestarle, ante el ataque, él va a defenderse.

Es un personaje bombón, ¿lo has disfrutado?

Sí, muchísimo. De hecho yo he disfrutado con todos los personajes que he interpretado en mi carrera, los buenos y los malos. Pero haciendo un villano como este siento que no tengo límites, que puedo llegar a dónde quiera. Y eso venía en el guion. No hay límites, soy libre de hacer y deshacer, no tengo un código de honor. Los protas de La Casa de Papel no matan, son como Batman. Pero un malo así… es el dueño del mundo.

Cuando curraba haciendo el personaje, tenía la sensación de que podía atravesar las paredes, nada se puede interponer en el camino de Gandía: él fija un objetivo y avanza, avanza, avanza, le da igual lo que tenga por delante. Y si fuera una pared… ¡la atravesaría! Da una energía muy bonita (risas). Por esa libertad de hacer y deshacer, de no agarrarse a un código, a una forma de hacer las cosas. Las hago a mi manera, y si me dan vía libre, me dejan trabajarlo a mi manera, es un gusto interpretar a un personaje así.

Entraste en la tercera temporada, con la serie ya convertida en un fenómeno global… Y rodasteis las 3 y 4 del tirón. Supongo que sabías que un personaje así en una serie como ésta podía ser un punto de inflexión…

«A los actores los guiones nos llegan a cuentagotas mientras rodamos, y ni los mismos guionistas sabían de entrada cuál sería el recorrido de cada personaje»

Bueno, según mi experiencia, eso nunca se sabe. Me ha pasado muchas veces, en pelis y series, que sobre guion parece que voy a tener más protagonismo, y después del montaje final resulta que no es tanto, que a lo mejor se me han caído secuencias… Así que entré con mucha cautela. Pensaba que Gandía iba a ser un elemento distorsionador, que la iba a liar parda, pero quise esperar a verlo, no fuera caso que después la cosa no respondiera a lo que parecía. Pero en esta ocasión sí acabo teniendo bastante peso, mucho más que otras veces. Y  protagoniza ese momentazo…

¡Ese momentazo que no comentaremos! Aún no has podido vivir el impacto de la serie, pero cuando entraste, ¿qué te decían tus compañeros de reparto?

Iba en el coche con Jaime Lorente a promocionar la tercera temporada y le comenté en el coche que no llevo demasiado bien las aglomeraciones, me aturullan, me supera un poco todo eso de los photocalls y las entrevistas y demás. Y me contestó: «¡Pues en chica te has metido, Poga!» (risas).

Lo que ocurre es que en la tercera temporada yo pasaba con perfil bajo. Había youtubers que se grababan viendo el tráiler de la cuarta, y cuando yo aparecía en la habitación del pánico preguntaban quién era. Ninguno teorizó sobre qué pasaba con Gandía, y eso ha sido muy guay. Ha sorprendido mucho. De hecho, a los actores los guiones nos van llegando a cuentagotas mientras rodamos, y nadie, yo creo que ni los mismos guionistas, sabían de entrada cuál sería el recorrido de cada personaje. Iba leyendo lo que me llegaba y pensaba: «oh, aquí hay caña; uy, ahora me desato; aquí con Helsinki… aaah, ya sé qué papel juego en todo esto» (risas).

José Manuel Poga y Úrsula Corberó en la cuarta temporada de ‘La Casa de Papel’ / Crédito: Tamara Arranz (Netflix)

Supe de ti en una visita al rodaje de ‘Miel de naranjas’, que coincidiría más o menos con el estreno de ‘Grupo 7’. Y a partir de ahí has sido una presencia constante en el cine y la televisión española. Uno de esos secundarios robaescenas…

(risas) Sí, yo he tenido la suerte de participar en pelis donde quizás no tenía mucho protagonismo, pero que sí aparecía en secuencias muy bonitas en películas como Grupo 7, Miel de naranjas, Toro, La sombra de la ley o La trinchera infinita. A lo mejor una muerte digna, o una creación de personaje de esas que quedan… Por eso siempre digo que no hay papel pequeño. Y es verdad que he podido interpretar varias secuencias jugosas.

¿Eras seguidor de la serie antes formar parte de su familia?

Empecé a verla cuando me dieron el personaje, para conocer el tono, en qué código estaba. Y me enganché, me enganché. Y después me puse con los guiones… como si fuera una novela, y seguí enganchado.

¿Cómo explicas ese fenómeno, ese poder de enganche? ¿Qué virtudes tiene la serie?

«Este confinamiento está demostrando la importancia que tenemos los titiriteros para la gente»

A bote pronto, la belleza visual. Y ese es trabajo, sobre todo, de Migue Amodeo, el director de fotografía. Y de los compañeros de arte, etcétera. Pero ese aspecto visual, los colores, los planos, cómo se coloca la cámara… la palabra es belleza. También creo que es clave la composición de los personajes, todos los actores están maravillosos, hay una dirección de actores tremenda.

Y luego está su fondo revolucionario, cómo conecta con la gente: los protagonistas son un grupo de inadaptados sociales que tienen algo que a lo mejor no tienen los que sí están adaptados, que es esa valentía para enfrentarse al sistema. La primera temporada llegó en un momento crucial, después del 15 M, y cuando era evidente que el gobierno nos estaba robando… Y llega este grupo de valientes que hacen frente, y yo, como espectador, conecté con esa pasión.

Y la serie no tiene ningún complejo…

Cierto, porque arriesgan mogollón. En cada plano. Y en el rodaje se trabaja muchísimo, se repiten las escenas, se cubren para dar un abanico de material a los montadores de la serie. Podemos estar ocho horas para rodar una escena. Hay un grandísimo equipo que trabaja muy bien. Todo es muy redondo.

Hay una parte muy física en tu personaje, que supongo que es un reto añadido…

(risas) Pues sí, ¡siendo actor hay que estar en forma! Cuando me llega el personaje, y me dicen que es un agente de seguridad, ex boina verde, un notas que está fuerte… tuve claro que había que currarse el físico del personaje en el gimnasio. A tope, para estar a la altura del personaje. Había que estar en forma porque tocaba interpretar peleas, caídas, volteretas… Aunque tenemos un equipo de especialistas estupendo, yo hice todo lo que me dejaron hacer. Y claro, me llevé a casa muchos golpes y contusiones. De todos modos, disfruto más viendo las escenas de acción que rodándolas. Porque en el plató te piden cosas que… ¡madre mía! Rodar acción es muy duro. Pero ya luego en el sofá, cómodo y con la cervecita, ¡cómo mola!

Las cuatro temporadas de La Casa de Papel están disponibles en Netflix.

Volviendo al impacto de la serie, no has tenido feedback de la gente en casa, pero… ¿se ha notado a nivel de interés de prensa?

¡Claro, claro! Yo sabía de la dimensión de la serie, y no me sorprenda que ahora tanta gente quiera saber de mí. Quién se esconde detrás de Gandía. Quién es Poga. Ahora te metes en Google y me hacen el currículum gratis (risas).

Con esta incertidumbre global, ya no se podemos terminar las entrevistas hablando de proyectos…

Sí, esa incertidumbre la tenemos todos y todas. Yo procuro cuidarme, concentrarme, vivir en el presente. El futuro ya irá viniendo. Sobre todo cuando tienes niños en casa, tienes que estar pendiente del aquí y del ahora, centrado en lo importante, en su cabecita y en su esencia…

Pero sí tenía algo más o menos inmediato, otra serie. Este confinamiento está demostrando la importancia que tenemos los titiriteros para la gente, aunque también creo que hemos vivido un tiempo de desconexión respecto a la belleza de lo esencial. Veremos cómo seguirán las cosas en esta nueva era, en este nuevo mundo que está a punto de llegar.

Escrito por Àlex Montoya en abril 2020.

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