El sueño americano de los nerds
'Westworld' (T3)

El sueño americano de los nerds

'Westworld' se emite en HBO España.

El mito fundacional de América es el salvaje oeste, sólo que ahora en vez de cowboys quienes tienen el destino de todos en sus manos son los hackers.

La tercera temporada de Westworld empieza con un travelling del océano. Miento, empieza con un plano virtual, la representación del mundo visto por lo que suponemos que es una inteligencia artificial, hasta que la imagen se desvanece, ahora sí, hacia el océano. O sea, dos océanos: si en la historia del arte, el agua siempre ha representado el subconsciente, las profundidades de la mente fuera del alcance de la vigilia; en jerga silliconvalleyesca a una gran acumulación de datos sin procesar se le llama pool.

Del agua emergió la vida, de las corrientes de neuronas interactuando emerge la conciencia, y de la piscina de datos capturados cuando aceptas una política de privacidad sin rechistar emergen patrones de comportamiento con los que se forran las grandes empresas tecnológicas. Según la ciencia de la complejidad, disciplina fetiche de los coders -los programadores y propietarios de las corporaciones que dirigen nuestro universo-, algo emerge cuando «se observa una entidad con propiedades mayores o no reducibles a la suma de las partes que la conforman».

Y así, un año después de la escapada, lo primero que vemos hacer a Dolores Abernathy (Evan Rachel) es emerger desnuda de una piscina dentro de la casa de un milloranio-hijo-de-puta en la que se acaba de colar para robarle su dinero. Robar sí, pero no como un caco cualquiera, pues Dolores ya ha alcanzado su forma final de villana de cómic, con la parsimonia de movimientos psicopática de rigor y esa media sonrisa que solo da tener un plan para dominar el mundo.

De momento, nuestra protagonista de silicona domina el arte del hackeo, y en un futuro 2050 en que cada edificio, medio de transporte, y herramienta están controlados exclusivamente a través de software sin ninguna capacidad de veto humana, eso es un buen primer paso. Igual que lo está haciendo un virus biológico en nuestro 2020, los virus digitales de Westworld nos recuerdan que, a mayor complejidad, mayor fragilidad.

Dirigiéndose a la esposa maltratada del rico, Dolores se presenta: «Soy la persona que te liberó». Corte, secuencia de créditos y damos la bienvenida a Caleb (Aaron Paul debuta en Westworld), que todavía no lo sabe, pero también necesita ser liberado. Con esa cara de perro noble apaleado que tan bien sabe poner Paul, Caleb se nos presenta como un veterano de guerra atormentado por flashbacks que ahora trabaja en el sector de la construcción de Los Ángeles.

Para poder pagar el cuidado que necesita su anciana madre, el exsoldado está suscrito a RICO, un Cabify del crimen que ayuda a los más aventureros a sacarse un dinerillo con un atraco aquí y un asesinato allá, sin intermediarios y con reviews de 5 estrellas en la App Store del lado oscuro. Por obra del azar, ocurrirá algo que la inteligencia artificial misteriosa que vemos al inicio de cada episodio denomina «divergencia»: Dolores y Caleb se conocerán.

Aaron Paul interpreta a Caleb, un veterano de guerra atormentado.

¿Qué ha pasado con el resto personajes? El bueno de Bernard (Jeffrey Wright), perseguido por medio mundo como el responsable de la masacre en el parque, vive como un proscrito, obsesionado con que el código de su conciencia todavía esté siendo manipulado y con la capacidad de autotunearse para entrar en modo berserker, muy útil para su objetivo de regresar a Westworld.

El mundo exterior de ‘Westworld’ no es más que la implementación definitiva del capitalismo de vigilancia, que ya estamos experimentando nosotros (a raíz del coronavirus)

Justo lo contrario de lo que desea la indomable Maeve (Thandie Newton): escapar de Warworld, un nuevo formato de entretenimiento para ricos parecido al viejo parque pero estrictamente virtual y ambientado en la Italia fascista de la Segunda Guerra Mundial; una narrativa en desarrollo en la que se encuentran atrapadas las unidades de control -las esferas que contienen la personalidad y los recuerdos de los huéspedes- de ella y su amado Hector (Rodrigo Santoro). Siguiendo la política de género de Westworld, siempre es la mujer la que es capaz de darse cuenta que nada es lo que parece, mientras los hombres continúan jugando al videojuego ensimismados.

Gracias a Dolores descubrimos que el mundo exterior, que no es más que la implementación definitiva del capitalismo de vigilancia que ya estamos experimentando nosotros, está exactamente igual de controlado por un «jefe de narrativa». La única diferencia es que, al contrario de los huéspedes, los humanos no se han cuestionado la naturaleza de su realidad y viven felizmente ignorantes, igual que unos tecnobros del primer episodio a los que oímos bromear sobre el precio de una botella de champagne: «Vivimos en una simulación».

En la ficción de Westworld, no hay ninguna competición entre China y Estados Unidos por la supremacía digital: el planeta se encuentra en manos de Incite, una megacorporación enfrentada con Delos -si no lo recordáis, la responsable de Westworld. Salvo que el narrador total del universo no es nadie de Incite: Rehoboam, «el sistema», es una inteligencia artificial completamente autónoma que orquesta el devenir de la humanidad entre bambalinas, el Big Data supremo que ajusta el destino de cada persona para que coincida con el que ha previsto su guion.

Dolores siempre ha sido la primera en emerger. Si la temporada original nos habló de cómo emerge su conciencia individual, difuminando la línea entre inteligencia artificial y la humana, y la segunda nos mostró cómo emerge su conciencia de clase, asociando el colonialismo que sufrían los huéspedes a las patologías del capitalismo contemporáneo; la tercera tratará de su lucha para conseguir que una nueva forma de libertad emerja en el mundo. ¿O quizá no es tan nueva?

El mito fundacional de América es el salvaje oeste, el horizonte en la llanura solitaria listo para que Clint Eastwood lo conquiste a punta de pistola. La ironía de Westworld, el plan magistral de Robert Ford (Anthony Hopkins) que ahora vemos en perspectiva, es que un personaje nacido en la simulación de una película de vaqueros deberá salir al mundo real para traer la libertad que nuestra ensoñación tecnológica nos ha quitado. En el tercer episodio de la nueva temporada, cuando Dolores quiere reclutar a Caleb, le pregunta si prefiere dejar su destino en manos de un algoritmo o tener la capacidad de elegir, de hacerse a sí mismo. Es el sueño americano, la Roma a la que llevan todos los caminos del cine de palomitas. Salvo que en esta ocasión, en vez de los cowboys, el sueño americano está en manos de los nerds.

Escrito por Joan Burdeus en abril 2020.

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