Hasta el apocalipsis y más allá
Tragedia más tiempo

Hasta el apocalipsis y más allá

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‘El último hombre en la Tierra’ y ‘The good place’, dos vodeviles en los límites de la existencia.

Una de las ecuaciones más comúnmente aceptadas por todos aquellos que se dedican a esa ardua tarea que es hacer reír a sus semejantes es la que establece que la comedia es igual a “tragedia más tiempo”. Vamos, una teoría de la relatividad cómica en toda regla. Ha tenido tanta fortuna que, siguiendo las normas no escritas de la citación de pensamientos ajenos, ha sido atribuida indiscriminadamente a unos cuantos comediantes. Carol Burnett afirmaba que su madre solía invocar la fórmula. También la utilizó en alguna entrevista el irreverente Lenny Bruce (encarnado en el cine por Dustin Hoffman en Lenny, la película dirigida por Bob Fosse en 1974). Y si la solemos asociar a Woody Allen es porque puso la famosa frase en boca del personaje de Alan Alda, productor de televisión, en esa obra maestra absoluta llamada Delitos y faltas. Siguiendo los pasos de Hércules Poirot para descifrar quién fue el primero en expresarla públicamente, deberíamos remontarnos un poco más atrás, hasta una entrevista publicada en la revista Cosmopolitan en 1957. En esta hipótesis el culpable seguiría siendo Allen, pero no Woody, sino Steve, una estrella de la comedia televisiva en blanco y negro. Sea como sea, si aceptamos la ecuación, existen pocos hechos luctuosos con tanto tiempo por delante para que macere la comedia como una hecatombe que arrase con todo.

Macerado entre latas de cerveza es como encontramos a Phil Miller al inicio de El último hombre en la Tierra, una de las mejores sitcoms recientes, una apuesta arriesgada de la Fox por un tipo de humor gamberro más propio de una cadena por cable (como mínimo, en los Estados Unidos). Un año después de que un virus acabara con la vida humana, presuntamente de manera casi total, Miller ha instalado su campo base en una lujosa mansión de Tucson, en Arizona, convirtiendo su existencia ociosa en un domingo por la tarde sin fin, como si la ropa de andar por casa se hubiera convertido en una segunda epidermis. Ha aprovechado los últimos meses para coleccionar obras de arte y otros artículos lujosos que han quedado fuera de los circuitos onerosos de la oferta y la demanda, básicamente porque no queda nadie para ofrecer y demandar, usa la piscina como lavabo de dimensiones olímpicas y destroza mobiliario cuando le viene en gana. Se dedica a esa clase de holgazanería que algunas personas convertirían en un arte si supieran que están a salvo de cualquier mirada, discreta o indiscreta, y que el eco de un eructo lanzado al aire con saña puede dar la vuelta al mundo sin rebotar en los oídos ofendidos de nadie.

El personaje encarnado con convicción desvergonzada por Will Forte, hijo preocupado en Nebraska, la película de Alexander Payne, y cómico irreverente en Saturday Night Live, ha llegado a las cotas más altas de juanpalomismo cuando descubre que no está realmente solo, lo que le obligará a intentar refrenar sin mucho éxito la misantropía desplegada a sus anchas en un mundo sin prójimo. Estamos ante esa insolidaridad típicamente masculina de quien acepta casarse con una mujer en vistas a repoblar la Tierra (la divertidísima y nunca suficientemente alabada Kristen Schaal), pero se arrepiente cuando a las pocas horas conoce a una mujer que considera más atractiva (January Jones, revalorizando su carrera tras el fin de Mad Men). Quizás este vodevil distópico no suponga un gran progreso en lo que respecta a la visión androcéntrica del mundo, incluso del fin del mundo, pero en cambio ha demostrado que es posible hacer comedia televisiva a partir de un hecho tan trascendente como el apocalipsis, materia primera de tantas superproducciones de acción y zombis.

De haber podido escoger cuál debía ser el ser humano póstumo, Phil Miller no hubiera entrado en las quinielas ni por casualidad. Su mezquindad y egoísmo le sitúan más cerca del común de los mortales que de aquellos caracteres nobles y ejemplares representados por el Dwayne Johnson o el Will Smith de turno. Con El último hombre en la Tierra (título desmentido desde el propio piloto) ha nacido un nuevo antihéroe grosero y crepuscular, un tipo al que nunca le confiaríamos nuestra supervivencia. Como mucho, lo aguantaríamos unas horas mientras nos tomamos unas birras en su bar, sintiéndonos observados por su ejército de pelotas con rostros pintados.

Esta comedia posapocalíptica es un esbozo canalla de ‘Soy leyenda’, novela llevada al cine en tres ocasiones, la primera titulada ‘The last man on Earth’

Parece que Phil Lord y Christopher Miller, creadores de la serie y directores de los dos primeros episodios, consiguieron empatizar con su criatura hasta el punto de bautizarla mezclando sus propios nombres. Venían de escribir y dirigir películas tan estimables como Lluvia de albóndigas, Infiltrados en clase y La Lego película. Antes de embarcarse en la dirección de Solo: una historia de Star Wars, (un proyecto del que fueron apeados y sustituidos por Ron Howard, sin lograr encajar su visión cachonda de la existencia en la filosofía galáctica), concibieron esta comedia posapocalíptica como un esbozo canalla de Soy leyenda, la novela de Richard Matheson llevada al cine en tres ocasiones, la primera de ellas titulada precisamente The last man on Earth y protagonizada por Vincent Price. La gran diferencia es que ahora no hacen falta vampiros; nos basta y nos sobra con este monstruo de las malas formas llamado Phil Miller.

A medida que Miller entra en contacto con otros supervivientes se va poniendo más en evidencia. ¡Pero si incluso intenta ligar con Mary Steenburgen, la profesora Clara Clayton de Regreso al futuro 3, y por tanto, señora de Doc Brown en nuestra memoria cinéfila! Tras ser ruborizados testigos de diversas situaciones embarazosas, como el secuestro de una vaca o la aparición de un segundo Phil Miller mejor torneado, acabamos por sospechar que en realidad es el primo yanqui del personaje de Javier Gutiérrez en Vergüenza. Y al final, hasta nos apiadamos de él. De momento, sus aventuras han sido canceladas tras cuatro temporadas y un cliffhanger de manual por decisión de la Fox, pero hemos asistido a resurrecciones mucho más forzadas. Aunque había perdido parte del fuelle inicial, se sostenía en parte gracias a las colaboraciones puntuales de amigos y saludados, de Jason Sudeikis a Kristen Wiig pasando por un tal Jon Hamm, que se deshizo el nudo de la corbata hace un tiempo y por ahí sigue, desmelenándose.

Vayamos más allá. Concretamente, al Más Allá. Si a la tragedia no le sumamos un tiempo determinado sino toda la eternidad, la comedia puede elevarse a la enésima potencia. Es el caso de The good place, la serie creada por Michael Schur, uno de los cerebros de la añorada Parks and recreation. Elleanor Shellstrop no es la superviviente del fin de la humanidad… si no es que consideramos su propia muerte como una apocalipsis doméstica. A pesar de haber sido una persona superficial, envidiosa y maliciosa, lo que la hubiera convertido en la media naranja ideal de Phil Miller, un error burocrático del funcionariado ultraterrenal la ha destinado al “buen lugar”, una sociedad exageradamente feliz a la que van a parar todas las almas bondadosas. Como el cielo, pero con dosis inagotables de yogurt helado en todas las tiendas. Este proyecto de paraíso ha sido diseñado por un arquitecto del Más Allá, el extravagante Michael, impecablemente vestido y ataviado siempre con enormes pajaritas.

Estos dos personajes centrales han sido un auténtico regalo, una oportunidad de lucimiento para Kristen Bell, la protagonista de Verónica Mars, reconvertida a estrella de la comedia gracias a esta serie o a películas como Malas madres, y a Ted Danson, mucho más divertido en su madurez que cuando trabajaba tras la barra de Cheers. Su arquitecto en The good place no está muy lejos del editor que le vimos interpretar en la recomendable Bored to death. Junto a ellos brillan con luz propia los trabajos de William Jackson Harper, en el papel de Chidi, supuesta alma gemela de Eleanor en el otro barrio, encargado de darle lecciones de ética, y D’Arcy Carden como Janet, la omnipresente asistente del “buen lugar”, base de datos, sistema operativo y risueña informadora. The good place conecta directamente con películas que han aprovechado las posibilidades cómicas de la vida después de la muerte. El cine clásico, desde los tiempos de El diablo dijo no, está poblado de ángeles y espíritus a los que se les da una segunda oportunidad.

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Aunque la trama también tiende al vodevil, y quizás en la segunda temporada, demasiado preocupada por ofrecer giros de guion sorprendentes, ha diluido parte de su originalidad, The good place apuesta por una nueva línea de renovación de la sitcom. Tras unos años en que algunas comedias de situación, liberadas ya de la cotilla de las risas enlatadas, han experimentado con las formas del falso documental, empezamos a ver cómo algunas otras se atreven a desafiar las convenciones del género por lo que se refiere a ambientes y escenarios. Hemos dejado definitivamente atrás esas comedias con voluntad más o menos realista, comprimidas entre las paredes de una casa con jardín o un piso de solteros. En los ochenta el objeto de estudio fue la familia, progresivamente afectada por el virus de la disfuncionalidad (entre la familia de Bill Cosby y la de Roseanne mediaba un abismo social, pese a que ambos hayan dilapidado su prestigio por motivos diferentes). En los noventa el foco se fue desplazando a los grupos de amigos emancipados, eternamente jóvenes, eso que antes se conocía como “peter-panes” y que en esta era de hipsterismo global llamamos “young adults”.

Actualmente no existen límites para la imaginación de los guionistas. Es evidente que las dinámicas entre los personajes de una comedia siguen siendo las propias de un clan, incluso cuando no hay un parentesco directo, pero sus historias se desarrollan en una encrucijada de géneros, al borde del abismo por el que se despeñan los tópicos. Las situaciones ridículas se plantean ahora en un mundo en ruinas en el que el imperturbable Mad Max ya no es el único inquilino, o bien en un paraíso celestial con más fachada que sustancia. Cuando sirve para hacer brotar un buen chiste, la extinción colectiva o individual deja de ser un drama. Y la ecuación funciona.

Escrito por Josep Maria Bunyol en julio 2018.

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