Seriedependientes Anónimos
La serie como droga

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Los rockeros ya no esnifan. Ven televisión.

Si consultas Filmaffinity día tras día para descubrir la nueva perla del universo televisivo. Si renuncias al cine el día del espectador para ponerte al día con The Americans. O aprovechas las vacaciones de Navidad para recuperar el sabor de viejas -y voluminosas- obras del pasado como Oz o Six Feet Under. Si los únicos documentales que se pasean por tu televisor tienen por nombre Cosmos o Sonic Highways. Si en lugar de libro de cabecera -digamos Ulises, que aquí somos todos hombres y mujeres de gruesa erudición- tienes serie de cabecera -digamos Friends, la inagotable-. Si empezaste The Leftovers porque la firmaba Damon Lindelof y a pesar de la inanidad y naufragio de su relato llegaste hasta el final. Si continúas dando oportunidades a The Walking Dead. Si viste a Louie en el patetismo derrotero del Birdman de Iñárrirtu. Amigo o amiga, tienes una relación masoquista y tóxica con lo seriado.

Hasta hace escasos meses, el consumo -horrenda palabra que nadie ligaría a la pintura o el teatro- compulsivo de series de televisión no iba más allá de la despectiva pero nada preocupante -médicamente hablando- delimitación de frikismo. (¡Putos frikis, volved a John Ford!) A alguien se le ocurrió, sin embargo, experimentar con las reacciones químicas, físicas -¿qué dirían los científicos de mi erección con Audrey Horne, de Twin Peaks?- y emocionales de los espectadores de ficción televisiva y desembocar en la siempre mediática conclusión de que los seriéfilos somos, en buena medida, unos yonquis.

Querer conocerlo todo y experimentarlo todo no solo genera una malsana ansiedad sino que acarrea el riesgo de no conocer ni experimentar nada en profundidad

Eso es, seasoneros y cliffhangeros, ahora sois esclavos de las técnicas telenovelescas que los guionistas os sirven en aguja hipodérmica HD. Seres autodestructivos sin vida más allá de las fábulas seriadas que han encontrado en Netflix y su política de emisión para binge watchers el látigo de flagelación definitivo. Mindundis que se reconocen en las toxicomanías del Doctor Thackeray, de Frank Gallagher o del bueno de Bubbles. Que comprenden los mecanismos internos de tortura con los que la adicción castiga a Barney cuando los dados del Craps le dan la espalda -pues así nos martiriza a nosotros cuando los subtítulos se demoran horas que parecen siglos-. Que ríen al observar cómo Monica Geller frota y frota obsesivamente con su bayeta embadurnada en limpia-todo, pero con una risa triste, de camarada.

Envainando por unos instantes la espada de la ironía, cabe reconocer el peligro que conlleva amar algo con demasiada intensidad -que se lo digan a Carrie Mathison-. Querer conocerlo todo y experimentarlo todo no solo genera una malsana ansiedad sino que acarrea el riesgo de no conocer ni experimentar nada en profundidad. La digestión tiene sus procesos. Y en el caso de las series, obras cuya naturaleza misma es la de perpetuarse ad infinitum, el peligro es exponencial. Esto no anula, sin embargo, que debamos preguntarnos por qué esa discriminación entre el ermitaño que vive por y para la literatura, rodeado de novelas y ensayos, y el anacoreta de las series. El porqué pensar en Lost al subir a un avión es un indicador de trastorno mental mientras que pensar en Orwell al visitar la granja de tu tío abuelo es síntoma inequívoco de ilustración.

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No hay artes y artes. Hay arte, y la solución pasa, en todos los casos, por el criterio y la reflexión. Por eso leemos revistas como Serielizados: para paliar la zozobra que supone el amplio desconocimiento de ese fecundo e inabarcable mundo al confiar en la criba que otros colegas serietóxicomanos hicieron por nosotros -gracias Carlos Perelló por Olive Kitteridge y gracias Roger Vila por P’tit Quinquin, dos maravillosas miniseries, nuestra particular metadona-. Por eso algunos escribimos: para poner en orden la sesera. Porque algunos no queremos que nos saquen de la mala vida. Si es tu caso: hazte un Colacao, métete entre las mantitas y dale al play. Y al resto que les den por saco.

Escrito por Juan Antonio Navarro en febrero 2015.

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