El placer de la angustia
Sobre 'Olive Kitteridge'

El placer de la angustia

El mismo pueblo. La misma casa. El mismo clima. Su marido. Lo único que sigue cambiando es el cuerpo de Olive. Y una depresión congénita que la mantiene lúcida ante la ingenuidad de los que la rodean.

La angustia no tiene personalidad. Por eso no es un género. Ni un subgénero. Ni un tag. Depende del amparo de otros cuerpos para reaccionar, como un virus. Y como un virus la angustia también llega para destruir.

Hablamos de Olive Kitteridge. La última miniserie de HBO es de aquellas historias que te deja la bilis inquieta. ‘Love and loss, sorrow and joy’, son las palabras que la productora escogió para promocionarla. Pero que no nos engañen. El amor y la pérdida, la tristeza y la alegría, sólo son cuerpos pantalla que ocultan una tremenda angustia que no abandona esta miniobra maestra en sus 230 minutos de duración. Cuatro capítulos que se atascan en tu esófago como una pelota de goma. ¿A quién le puede apetecer esto? A priori, a nadie. Por eso la angustia está condenada a no recibir un cuerpo nunca, y a parasitar en las entrañas de los géneros oficiales.

No me imagino a la angustia posando en marquesinas o protagonizando los anuncios buenrollistas de Canal Plus: ‘Una serie agónica’. Mal. ‘Una temporada que te quitará las ganas de sonreír’. Fatal. ‘Sumérgete en un universo desolado y potencialmente revelador para tu panfletario estilo de vida’. Mejor.

Habitualmente, los cuerpos, o géneros, como el terror o el drama, se las arreglan para dejar un espacio entre ellos y el espectador. Un territorio de no agresión entre tu sillón y la tele donde pone esto es ficción. Pero cuando la angustia penetra en un género se rompe el tratado de paz. Los personajes rebasan este territorio e invaden tu salón. Se irán cuando les dé la gana. Y te toca esperar sentado mientras remueven tu habitación y ensucian el baño. ¿A quién le puede apetecer esto? A mi. A mi me encanta. Crear angustia requiere una dedicación absoluta en los detalles más pequeños. Dilatar un silencio hasta el punto justo donde convergen la ansiedad y el desánimo. Bravo.

‘Olive Kitteridge’ es una gran resaca

Frances McDormand encarna a Olive. Una mujer en pausa. Camina por los restos de una vida que culminó hace mucho tiempo. Ya no hay cambios. El mismo pueblo. La misma casa. El mismo clima. Su marido. Lo único que sigue transformándose es su cuerpo. Y una depresión congénita que la mantiene lúcida ante la ingenuidad de los que la rodean, de los que siguen pensando que todavía pueden pasar cosas, cuando ella tiene claro que la vida dura demasiado. Lo suficiente como para que todo lo que ha construido empiece a ceder y solo quede mantenerlo en pie y esperar el fallo que la sepulte. Aguantar hasta el final o dejar que todo caiga es una tensión constante. Olive nos mira a menudo preguntando ¿y qué harás tú cuando llegue este momento? El momento en el que la fiesta termine y de comienzo la gran resaca. Pues no lo sé Olive, no me hagas pensar en esto ahora. Pero ahí está.

Ese momento, cuando te levantas un domingo solo en tu casa después de una fiesta de disfraces. El maquillaje de vampiro galán se ha comido tu cara hasta reducirla a la de un murciélago común. Podrías repetir delante del espejo todas las bromas que hiciste anoche y ninguna te haría puta gracia. O intentar recordar sin éxito la lista de personas que prometiste que te ibas a convertir. ¿Dónde están todas ellas ahora? ¿Adónde se ha ido esa música? Al mismo lugar donde se oyó por última vez una carcajada de Olive Kitteridge.

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Durante la serie, piensas, «esta tía está mejor muerta». Que se muera y deje de intoxicar a los demás con su fatalismo. Pero entonces te detienes a mirar a esos «demás«. Muchos de ellos en el último capítulo de sus vidas también. Y te das cuenta de que la mayoría se han quedado alargando una fiesta que terminó hace mucho. Se han inmerso -o imserso– en un «after» donde el colorete ya no pueda hacer nada y los chistes son residuos de otros. Olive pasa de eso. Ella asume la resaca. Si resulta aplastante será que se lo pasó en grande en su día. Aun así, podría oír de alguien: «No, pues yo pienso tener una vejez muy pero que muy alegre, ¡y llena de nuevas aventuras!». Y le parecería genial. Mientras no hagas mucho ruido, genial.

Cuando dé comienzo la gran resaca de mi vida, la querré tener lo más lejos posible

Yo, personalmente, si pudiera escoger a mi vecina de los domingos de resaca después de una fiesta de disfraces, escogería a Olive. Sin pestañear. Y cuando dé comienzo la gran resaca de mi vida, la querré tener lo más lejos posible. Porque una vez a la semana sí. Pero compartir el jardín de mi jubilación con la señora Kitteridge puede ser agotador. Por mucho que cuide las flores a diario. Quizá, la única tarea que la mantiene en contacto con el cambio.

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Esto no es ficción

Donald Rumsfeld decía que hay tres tipos de amenaza. La que conoces. La que sabes que no conoces. Y la que no sabes que no conoces -la mitad de las inversiones en defensa de los países occidentales están dirigidas a localizar esta última-. Pero el «señor de la guerra» se dejó otra: la amenaza que sabes que no quieres conocer. Esta es el motor de la angustia. Y donde van a parar la mitad de nuestros anticuerpos: No quiero ver cómo un matrimonio de ancianos se mira a los ojos y no ve nada. No quiero ver cómo el tiempo te quita las ganas de disfrazarte. No quiero ver lo que mi vida puede acabar siendo. Venga. Mira ‘Olive Kitteridge’, solo serán 230 minutos. Un paseo rápido por el crepúsculo de las cosas.

Todas las cosas que forman su vida desde que tiene memoria van resquebrándose

En algunos momentos de la serie se te escapan espasmos de risa. El bostezo es una reacción del cerebro a la falta de oxígeno, esa risa también lo es. Olive te va quitando el aire a medida que ella lo pierde. Se va precipitando. Todas las cosas que forman su vida desde que tiene memoria van resquebrándose. Y si no, ella lo forzará con las uñas. Y te ríes. Porque «estas pequeñas miserias que acompañan el desconcierto de las acciones humanas» –Flavia Company (El País)- no son tristes, ni dramáticas, ni trágicas. No tienen género. Son tan reales que penetran en tu cuerpo, como un virus, alterando tu organismo a placer. Lo mejor que podemos hacer es dejarlas entrar -solo de vez en cuando, nada de flagelarse- para que nos remuevan el cuarto y nos ensucien el baño. Ya se irán cuando les dé la gana.

Escrito por Carlos Perelló en enero 2015.

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