'Muertos S.L.': ¿Comedia de nicho?
Crítica de la serie

‘Muertos S.L.’: ¿Comedia de nicho?

Los hermanos Alberto y Laura Caballero acaban de anunciar la segunda temporada de su nueva serie para Movistar Plus +. Una comedia más sofisticada que sus recientes éxitos para Amazon Prime Video ('El Pueblo') o Netflix ('Machos Alfa') sin renunciar a sus señas de identidad.
Muertos S.L.

No estaban muertos, estaban difuntos (y de parranda) Muertos S.L.

Alberto Caballero, creador de Muertos S.L. junto a su hermana Laura Caballero, recibe en su despacho al actor Carlos Areces. Se ha enterado de la renovación de su última serie como protagonista y tiene algunas “ideas” para el showrunner en lo relativo a las tramas de su personaje. En mitad del fuego cruzado por la última polémica sectorial en redes sociales, en este caso las declaraciones de Hovik Keuchkerian durante un encuentro de Serielizados en torno a su manera de preparar los personajes, dos de los actores y guionistas más exitosos del país apuestan por zanjarlo con humor, mientras hacen promo por el camino. 

Esta rapidez y agudeza ha sido parte fundamental del éxito de los Hermanos Caballero durante toda su carrera. Sepultadas en la memoria por salamis empotradores y poquitos de por favor, no hay que olvidar que las tramas de Aquí no hay quien viva y La que se avecina se nutrían de la actualidad más candente y rompieron varios tabúes en la televisión en abierto de la época. Así lo reivindica hoy toda una generación de espectadores, cuentas de twitter y académicos millenial que han hecho de estas series sus Simpson de la generación TDT.

Quizá esta validación ha impulsado a los hermanos a elevar un poco más el listón en su última producción, aprovechando su paso por la plataforma que ha producido y alojado algunas de las comedias de mayor prestigio nacional: Poquita Fe, Vergüenza, El otro lado o, en régimen de media pensión, No me gusta conducir o la trilogía Vota/Vamos/Venga Juan.

 

Mainstream de autor y ataúdes de artesanía Muertos S.L.

Si preguntamos a cualquier aficionado al género algunos de sus nombres más autorales de la comedia actual aparecerán seguramente los de Cobeaga, San José, Cavestany o la dupla Montero y Maidagán. Aunque todos ellos han alternado entre proyectos enfocados al gran público como Camera café u Ocho apellidos vascos y otros más personales (Gente en sitios o la retahíla de series antes citada), hay uno que, por haber producido siempre éxitos masivos, probablemente se hubiese resistido a aparecer en los listados: Caballero.

Curtidos entre las bambalinas de ‘Noche de fiesta’ y ‘Escenas de matrimonio’, los Caballero tomaron como lección de vida heredada de la revista y el teatro popular: si el público no se ríe al momento, no funciona

Sería paternalista decir que la dupla de showrunners más exitosa de la televisión nacional no había podido expresar hasta ahora “su voz autoral” y claramente en todas  sus producciones se repiten temas y estructuras que les interesan. La explicación más sencilla sería que quizá del mismo modo que supieron leer a la España multigeneracional y diversa que seguía cenando frente a la TV en bloques de comunidades de vecinos en los primeros dosmiles ahora han tomado las medidas del espectador de Movistar Plus + y le han confeccionado un traje de madera hecho a medida. 

Muertos S.L.

Alberto y Laura Caballero, showrunners de éxito con un pie en el otro barrio.

Desde sus inicios como Canal +, la cadena hoy propiedad de Telefónica, ha intentado apostar por el prestigio en la producción propia. Hay un claro camino desde Crematorio (2011) a La mesías (2023) que tuvo su punto de partida precisamente en la comedia, con nuestro Larry-David-Trueba particular: ¿Qué fue de Jorge Sanz? (2010) Por aquel entonces, los Caballero ya habían fundado Contubernio, productora con la que consiguieron emanciparse personal y profesionalmente de su tío y mentor José Luis Moreno, y habían mudado a sus vecinos del piso de la madrileña calle Desengaño (seguramente hoy tomado por turistas e inaccesible para personajes como la icónica Belén de Malena Alterio) a la urbanización de burbuja inmobiliaria de Lo que se avecina.

Curtidos entre las bambalinas de Noche de fiesta y los sainetes de Escenas de matrimonio, los Caballero tomaron como lección de vida heredada de la revista y el teatro popular: si el público no se ríe al momento, no funciona. Para Aquí no hay quien viva tuvieron la astucia de ampliar a un reparto muy coral y diverso, que representaba quizá el último momento en que España entera se sentaba al frente de la misma tele antes de la atomización de públicos que estaría por llegar. Las clásicas tramas entre personajes se transforman en tramas entre pisos, con varios targets en las subtramas. Un formato perfecto que permitía además cumplir con la excepción ibérica de las comedias televisivas: la duración de 70’. 

La inteligencia de los Caballero y su equipo para seguir cosiendo a medida de sus públicos en el nuevo escenario de guerra entre plataformas es digna de admiración

A punto de ser cancelada en sus inicios, el fenómeno que supuso ANHQV hizo que, como cualquier nuevo rico de la época, la serie terminase mudándose a un barrio más lujoso. La Telecinco de hace década y media había llegado a ser líder de audiencia gracias a fenómenos como Gran Hermano  y el poco miedo al término “telebasura”, la acumulación de demandas, y el “todo vale” del que hacían gala programas del corazón como Salsa Rosa o el incipiente Sálvame.

El salto de la familia desde Antena 3 a la “urba” con piscina tenía que seguir por lo tanto esa línea salvaje. El humor al llegar a Mirador de Montepinar se volvió más tosco y deslenguado, sin miedo a los tópicos o referencias sexuales rallando lo chabacano. El resultado: Quince temporadas en antena, un exitoso trasvase de la emisión en abierto a la plataforma mediando un suculento acuerdo entre Telecinco y Prime Video, la han convertido desde el final de Cuéntame en la  ficción más longeva de nuestra parrilla actual. 

La inteligencia de Contubernio y su equipo para seguir cosiendo a medida de sus públicos en el nuevo escenario de guerra entre plataformas es digna de admiración. Antes de que Alcarrás y As bestas triunfasen en salas, premios y festivales, ellos ya habían abordado el tema del neorruralismo en El pueblo. Mientras Marianico El Corto se deconstruía en la HBO ellos ampliaban su contrato con Amazon Prime para poder hacer chistes de gente con boina , aunque fuese sobre convivir con hipsters en la España Vacía y proyectos agroecológicos. El “seriéfilo deconstruido” de Netflix, que se había pasado de Telecinco al canal de House of cards, se veía confesando ante sus avatares de Walter White y Thomas Shelby su problema con las nuevas masculinidades, directamente apelado por Machos Alfa y su vuelta a la clásica e infalible guerra de sexos. 

A falta de una improbable serie en Filmin, y conociendo muy bien el perfil de series cómicas que maneja su nuevo cliente, en Muertos S.L. han decidido elevar ligeramente los referentes en su último proyecto. Volviendo a la pregunta inicial, no tanto porque quieran sino para demostrar que pueden. 




Carlos Areces, un Iznogud en Bruguera

Sobre un fraseo de charles con ritmillo jazzistico un coche de gama media aparca sobre el bordillo en un cruce de pasos de cebra. En el interior una gastada cartera de piel de color negro en el asiento del copiloto. El conductor, un tipo con traje , la agarra y sale. Una ambulancia nos revela que estamos en las inmediaciones de un hospital. Entra una voz en off que no tardaremos en reconocer: “Durante la pandemia tuvimos más trabajo que nadie, con más riesgo que nadie, pero ¿a quién se aplaudía a las ocho en los balcones? A los sanitarios. A nosotros nada, ni un gesto, ni una cancioncita en Instagram.”

Sólo 30 segundos necesita la primera escena de Muertos S.L. para dibujar a su protagonista, Dámaso Carrillo, magistralmente encarnado por Carlos Areces

Sin llegar a verle el rostro aún, el tipo del traje ha cruzado hasta el interior del hospital. Con un rápido juego de manos la cartera cambia de lado y su mano saca un billete de cincuenta euros que sostiene discretamente entre los dedos. Una celadora recepciona el soborno y le susurra un número de habitación. En un par de zancadas el tipo llega al ascensor e ignorando el cartel que pide usar las escaleras pulsa el botón. Sólo cuando se cierran las puertas vemos al tipo de frente.

Traje, camisa y corbata en anodinos tonos azulados. Alfiler y logo corporativos bordados en la americana. Un rostro impenitente encajado en unas gafas. En el escaso pelo rapado al uno asoman algunas canas que contrastan con la densa y oscura perilla de candado teñida con just for men. De no ser por la cámara jamás hubiésemos reparado en este tipo absolutamente gris y mediocre. “La gente prefiere pensar que no existimos pero quieran o no quieran… algún día todos nos necesitarán”

Sólo 30 segundos necesita la primera escena de Muertos S.L. para dibujar a su protagonista, Dámaso Carrillo, mano derecha del fundador de Funerarias Torregrosa, magistralmente encarnado por Carlos Areces. 

Muertos S.L.

Carlos Areces observa el fin de la comedia clásica.

La principal diferencia de Muertos S.L. respecto a anteriores producciones de Contubernio es que se trata de una workplace comedy. La Funeraria Torregrosa será el escenario principal de la serie: su recepción, sus despachos, su salita de descanso y, por supuesto, sus salas de velatorio y tanatopraxia.

Aunque mantiene un reparto coral, la otra principal novedad, es contar con una cabeza visible al frente. La primera impresión es que el Dámaso Carrillo de Areces es un cruce entre los dos icónicos jefes al frente de las distintas versiones de The Office. La mezquindad del británico David Brent de Ricky Gervais con la versión más tierna dentro de su inopia del Michael Scott de Steve Carrell. Sin embargo hay una referencia que lo dibuja con aún más certeza: El inefable visir Iznogud

Muertos S.L.

Iznogud, el subalterno por antonomasia, creado por Goscinny y Tabary.

Creado en Francia en 1962 por el el dibujante Jean Tabary y el célebre René Goscinny, creador a los guiones de clásicos como Asterix, Lucky Luke o la saga literaria de El pequeño Nicolás, sus aventuras siempre consistían en conspiraciones a pequeña escala con las que ocupar el trono de su jefe, el califa de Bagdad. El sueño de Dámaso Carrillo en Muertos S.L. es hacerse con el control de Funerarias Torregrosa como primer paso para lograr levantar su imperio mortuorio: Ciudad del Deceso. 

Al igual que el inefable visir cuenta con su  fiel ayudante Dilá Lará, Dámaso abusa de su voluntarioso becario Morales (Roque Ruiz) y abronca constantemente al desastrado chófer Nino (Salva Reina). Con ambos el personajes formará un tándem marca Caballero muy similar al que tenían personajes como Juan Cuesta (José Luis Gil) y el portero Emilio (Fernando Tejero) en Aquí no hay quien viva, tópicos sobre andaluces incluídos. Esta bajada al costumbrismo tan propia de la casa nos aleja de la BD frances para meternos de lleno en los Mortadelos de la escuela Bruguera a los que más de una vez han hecho referencia los showrunners con 13 Rue del Percebe como ejemplo paradigmático. 

Los guionistas despliegan tramas de continuidad sobre reivindicaciones laborales o acoso sexual que fuera vertebran series de prestigio como ‘The morning show’ y aquí conviven con gags sobre tuppers de croquetas, canciones de catequesis y chupitos de solysombra

El resto de personajes combina habituales de producciones anteriores con nuevos fichajes. Adriana Torrebejano, Aitziber Garmendia y Ascen López (Machos Alfa) o un gloriosamente recuperado Diego Martín (ANHQV) como un cruce entrepeneur de Albert Rivera y Pablo Casado, compartirán tanatorio con secundarios míticos de nuestras pantallas como Manolo Cal (Cuéntame), la joven Lorea Intxausti (Vaya semanita) o el británico-español Gerard B. Fillmore (Reyes de la noche), todo un regalo para los aficionados al stand up y la comedia underground. Todos ellos comandados por un Areces que pedía a gritos un protagonista en el universo Caballero y no podía haber sido mejor elegido. No todos los actores de una serie como  Muertos S.L. son, en su vida privada, acérrimos coleccionistas de fotografía funerarias.

Más ‘The Office’ que ‘A dos metros bajo tierra’. Más ‘Camera café’ que ‘Aquí no hay quien viva’

El resultado final es un híbrido que no es tan rara avis en nuestra ficción, pues es habitual que los creadores más afinados lancen sus referentes, ya sea la tradición ibérica de humor absurdo o los referentes audiovisuales, más anglosajones sobre una suerte de “plantilla globomedia” reconocible para el espectador pero a la que afortunadamente cada vez se le van ensanchando más las costuras hasta poder tener una voz propia.

Haciendo gala de esto, en Muertos S.L., los guionistas Alberto Caballero, Daniel Deorador, Julián Sastre y Nando Abad despliegan tramas de continuidad sobre reivindicaciones laborales o acoso sexual que fuera vertebran series de prestigio como The morning show y aquí conviven con gags sobre tuppers de croquetas, canciones de catequesis y chupitos de solysombra. En ese sentido llama la atención la perspectiva de género y el dibujo de personajes como Nieves, la viuda del fundador que decide hacerse cargo de la compañía para honrar la memoria de su marido, o Manuela, que esconde un empoderamiento liberal sobre la fachada del cliché feminista.

Muertos S.L.

Pruebas de casting para Olivia y Abel en el remake estadounidense de ‘Muertos S.L.’

En cuanto a sus referentes más obvios, se ha hablado de series basadas en el espacio de trabajo como The Office. Lejos del vitriolo de Ricky Gervais y Stephen Merchant, el modelo de Muertos S.L. está más cerca desarrollado por Dan Goor y Michael Schur (Parks & Recreations, Brooklyn Nine-Nine…) Se nota además que se lo ha pasado bien jugando al despiste. El aparato formal es muy parecido, con la cámara encuadrando habitualmente a través de las arquitecturas del lugar de trabajo: ventanas, puertas, despachos; el uso de zooms o la iluminación fría de los fluorescentes.

Sin embargo, huyen de la idea del falso documental y los abusados testimonios a cámara (algo que sí adaptó con éxito Poquita fe) Incluso personajes muy marcados como Olivia, la recepcionista, con un claro parecido físico a la Pam que ocupa el mismo puesto en Dunder Mifflin, está escrita como un personaje ansioso e hipocondríaco, mucho más cercano a los “secundarios raros” de The Office US. Para redondearlo, el Jim Halpert de la relación es Abel, un tanatopractor con problemas de comunicación e interacción social muchos más cercanos a Dwight Schrute. 

Cámera café

Más pruebas de casting.

También encontramos una línea de continuidad con la serie laboral española por excelencia: Camera Café (2005-09). Demostrando que mientras escribían los enredos entre vecinos de la calle Desengaño, los guionistas tenían un ojo puesto en la distinguida competencia.

La serie consigue levantar una comedia pret a porter con la suficiente personalidad, sabor ibérico y algún destello de genio como para que los aficionados al género sumemos un nuevo nombre a nuestro panteón nacional

Las conversaciones en el office en torno a la máquina de café o durante la pausa para el tupper así como las relaciones basadas en las jerarquías o los diferentes puestos de trabajo son otros de los recursos habituales en cada episodio y, si antes hablábamos de “raros de la oficina”, el espíritu de los inolvidables Bernardo y Cañizares.

Dos metros bajo tierra

Un martes cualquiera en Funerarias Torregrosa.

El tercer y más obvio referente confeso si hablamos de series funerarias es A dos metros bajo tierra (2001-05). Un clásico a la altura de Los Soprano, que supuso además el primer desembarco en abierto en España de esa nueva televisión de prestigio que nacía en EE.UU. con el nuevo siglo. La muerte del patriarca de una funeraria y la dificultad para gestionar esa herencia y sus secretos en lo emocional y lo empresarial conforma tal cual el detonante de ambas series. En ambas también se saca partido al “difunto de la semana”, solo que si la de Alan Ball esto era el arranque aquí se va introduciendo más paulatinamente y donde la producción de HBO ponía el foco principal en la familia, la cámara de la de Movistar Plus + amplía el plano para acoger a la plantilla al completo. 

Como un diseñador de Zara jugando a ser Cristóbal Balenciaga, Muertos S.L. consigue levantar una comedia pret a porter con la suficiente personalidad, sabor ibérico y algún destello de genio (el uso casi documental de los ancianos clientes de la cafetería) como para que los aficionados al género sumemos un nuevo nombre a nuestro panteón nacional y esperemos con ganas su nueva temporada. Ojalá con el éxito suficiente como para coger el vuelo de las producciones anteriores de sus creadores y de pasar de “seis pies bajo tierra” a “dos metros sobre el cielo”.

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