Cada vez me interesan más las series y menos la televisión
Divorcio por incompatibilidad

Cada vez me interesan más las series y menos la televisión

Don Draper Mariló Montero
Lo dije hace tiempo en las redes sociales y tuvo el efecto deseado. Respuestas por todos los lados. Es una frase provocadora, lo sé. No soy nuevo en esto. Lanzas algo así y consigues las reacciones esperadas: por un lado, los que te intentan sacar de tu error tirando de tradición y lógica antigua (“las series son televisión y punto”) y por otro los que entendían, o creían entender, el subtexto o el sentido de la frase y enseguida se adherían a mi declaración. Desde luego yo no descubrí la pólvora. Ni alcé una voz valiente.

Esto de series contra resto de TV ni es un tema importante ni es una novedad. Quizá ni siquiera sea una realidad. Tal vez no sea aplicable a nadie más que a mí. Pero es mi caso: cada vez disfruto más de las series de televisión y cada vez menos de encender la pantalla del salón por un canal no dedicado mayoritariamente a ellas y esperar que lo que aparezca en la pantalla me guste o interese. O, como mínimo, que no me repela.

Puedes ir diciéndolo ya: POSTUREO.

En las últimas semanas he tenido tres epifanías relacionadas con esto. Las llamo así porque para mí esto es IMPORTANTE. Gran parte de mi vida profesional tiene que ver con las series: hablo y escribo sobre ellas y, de vez en cuando, participo en algún programa relacionado con la ficción televisiva. Y cobro por ello. Mis artículos y opiniones sobre el tema se publican generalmente en la sección de televisión y no en la de cultura. Nueve de cada diez están físicamente más cercanos a una noticia sobre, por ejemplo, el próximo concurso que presentará el humorista de turno que a, por ejemplo, la crónica diaria de un festival de cine. ¿Esto me molesta? Sí y no. Me molesta porque hace tiempo que dejó de tener lógica (¿no pegan Mad Men o Hannibal más al lado de Clint Eastwood que de Mariló Montero?). No me molesta porque las secciones de televisión tienen infinitamente más lectores que las de cultura. Si bien algunos acuden a ellas para leer sobre Mad Men o Hannibal, intuyo que bastantes más lo hacen para enterarse de cuánto cobra Belén Esteban por cada una de sus apariciones televisivas. Y si hay diferencia entre que lo haga feliz o acabada. (Nota: la hay).

Un momento, que me salgo del tema. Estábamos con las epifanías. Tres para ser exactos. La primera la tuve en un hotel estadounidense. Tirado en la cama, zapeaba a través de canales a cual más deleznable. Algunos se llamaban HBO o FOX, pero a esa hora emitían o películas vistísimas o programas de entretenimiento que, en mi mente inocente, sólo existen en South Park y/o en Italia. Un país que inventó la pasta, Ferragamo y Prada supongo que a cambio puede permitirse tener un espectro televisivo en el que las tetonas y los casposos dominan hasta los informativos. Informativos que, por suerte cada vez menos, pueden abrirse con alguna atrocidad cometida por la mafia. Te lo cuenta una tetona cuyo número de teléfono tiene las mismas probabilidades de estar en la agenda de Berlusconi que la palabra “estafa” en un foro sobre el final de Perdidos. Italia también hace buenas series. Yo las pongo al otro lado de la barrera. Lo que te estoy contando aquí es precisamente la construcción de esa barrera. Series a un lado y televisión al otro.

zapping. Foto: Anders Adermark

«El zapping, una actividad que (creo recordar) me resultaba placentera en otros tiempos ahora mismo me aburre»

Primera epifanía: no es la televisión de Estados Unidos la que me interesa, son sus series. Y es hasta posible que la proporción de series que me interesan de verdad respecto al total de las existentes sea la misma que aquí. Si computamos las diferentes sucursales de CSI y NCIS por separado, los números a lo mejor salen. Y si no salen, al menos queda claro el concepto. El zapping, una actividad que (creo recordar) me resultaba placentera en otros tiempos ahora mismo me aburre. Y su resultado más todavía. Más cuando pienso en las probabilidades de, saltando de canal en canal, toparme con el inicio exacto de un capítulo de una serie, de cualquier serie. Incluso CSI. Incluso NCIS.

Segunda epifanía: Recorro hace unos días mi TL de Twitter y me encuentro con la presencia insistente de un hashtag: #TCMS. Tu Cara Me Suena. Gente a la que conozco (mucho o poco, física o virtualmente) enloquece con el show de famosos disfrazados. No me pilla por sorpresa. Excluyendo a algunos de mis contactos, periodistas especializados en TV clara y abiertamente relacionados con la productora del espacio, a mis seguidos en Twitter y amigados (¿se dice así?) en Facebook les ENCANTA el programa y no pueden ser acusados de amiguismo. Es gente a la que respeto por sus gustos televisivos. Perdón: por sus gustos de series. Segunda epifanía: son dos cosas distintas. Y una de ellas ni la aprecio ni me interesa. Pongo Tu Cara Me Suena. Siento vergüenza. No es vergüenza ajena. Es propia, por estar viéndolo. “Realización espectacular”, leo en Twitter. Vale, supongo que sí. Pero no me interesa. “Qué graciosa está Fulanita haciendo de Menganita”. Vale, supongo que sí. Pero no me interesa. ¿Me da un poco de envidia tanta pasión, tanta diversión? Sí. No puede ser UNA MIERDA si Susana y Pilar lo están disfrutando tanto. Está claro que el problema es mío. Si es que hay un problema, claro. Pasemos a la tercera epifanía.

Edu Soto en Tu Cara Me Suena

«Cualquier cosa que se publique sobre un programa de este tipo es oro máximo. Genera clics y visitas. Y los clics y las visitas son dinero»

Tercera epifanía (con catarsis): Un momento… ¿ése es Juanma? ¿ÉSA ES PAULA? Sí, lo son. Mmmmm… ¿este programa qué es? No puede ser ESO. Sí: es ESO. El debate de Gran Hermano. Con lo que yo abuso de las comillas y aquí prescindo de ellas. Arreglémoslo. “Debate”. De Gran Hermano. Con Juanma y Paula, dos periodistas a los que respeto todo lo respetable. Sé que programas como Gran Hermano les interesan. O lo deduzco. Y sé, eso me consta, que en los medios en los que trabajan, especializados en información televisiva (no puedo decir “monográficos”, chicos, no puedo, lo siento), cualquier cosa que se publique sobre un programa de este tipo es oro máximo. Genera clics y visitas. Y los clics y las visitas son dinero. Y para pagar sueldos (los de Paula y Juanma, por ejemplo) hace falta dinero. Por otra parte, ellos habrán cobrado (y espero que bien) por acudir al programa en directo. Bien por ellos. En la primera fila de su grada, la de expertos en el tema (hay otras dos en el plató: una de famosos a granel -creo- y otra de exconcursantes del reality) se sienta un tipo al que rotulan como “Tattoo Boy”. Podría informarme de quién es este sujeto, pero hasta teclear su nombre en Google me da pereza. No me interesa.

Vuelvo a las redes sociales. En las mías, abiertas por completo (ya sabéis: cuanto más te expones, más te escondes), Gran Hermano está por todos lados. Vídeos, gifs, comentarios, enlaces. El hashtag propuesto por el programa para su seguimiento en directo es utilizado incluso por personas cuyo perfil público (y a veces también el privado) es del tipo “intelectual con jersey negro de cuello vuelto hasta en agosto”. Juanma y Paula no son de ésos, pero podrían si quisieran. Sin embargo ahí los tienes, comentando sobre el show. Importante: comentando BIEN.

¿Fuiste tú el que gritó “¡Postureo!” antes? No, no me he olvidado de ti.

Un príncipe para Corina

«Comparto una fascinación nada morbosa, 100% lúdica, con la princesa cateta de Un príncipe para Corina y sus variopintos pretendientes»

Venero Mujeres Ricas (es lo mejor que ha hecho La Sexta, con diferencia), la primera temporada de Alaska y Mario y Un Príncipe para Corina. Descubrir que Jordi Carrión (al que igualmente venero, aunque en principio por otros motivos) compartía conmigo esa fascinación nada morbosa, 100% lúdica, con la princesa cateta y sus variopintos pretendientes me sirvió durante meses para justificarme a mí mismo. ¿Era compatible Corina con The Wire? Es más: ¿lo era sin recurrir a la superioridad moral? No, no creo. No sé Jordi, pero yo sí que veía a aquellos catetos (¿necesito continuar el argumento habiéndolos definido de entrada así?) como la señorona medieval que se entretiene contemplando desde su castillo a las siervas que se dejan el lomo en el trigal para que ella se atiborre de repostería. Qué monas, tan morenitas, tan brutas, tan inferiores. Yo veo esos programas así. Yo soy esa señora. Lo reconozco.

De hecho, creo que a mi alrededor y en general hay toneladas de hipocresía en este aspecto. Si estos programas son circos y los personajes que los habitan bufones, ¿por qué nos cuesta tanto reconocer que gran parte de nuestro disfrute procede de estar convencidos de que nosotros no pertenecemos a esa(s) raza(s) de entrañables monstruitos televisables? Los que comentan que tal concursante de Gran Hermano es “lo más” y “lo mejor” luego atacan a los que opinan lo contrario. A los que creen (creemos) que en un país con acceso fácil a la educación básica, humillar a alguien que decide ser semianalfabeto es un pasatiempo válido. Es como si los de “Ylenia es lo más” y “la Esteban es lo mejor” se creyesen dueños de la decisión final sobre cuáles son los peces que más deberían gustarnos del acuario. Y, ya puestos, nos tachasen de clasistas a los que no tenemos ningún problema en reponer enseguida los que van muriendo. Aunque la mayoría la palmen por, oh sorpresa, dejadez nuestra. ¿Acaso un acuario barato no es EXACTAMENTE ESO?

Gran Hermano

«Es significativo que dos de los ejemplos de la televisión pura más disfrutados por gente a la que respeto, a mí me dejen frío o me indignen»

Ya sé que hay otros programas, otra tele, que esto que escribo es reduccionista. Pero es significativo que dos de los ejemplos de televisión pura (ya sabéis: la emoción del directo, eso que jamás conseguirá una serie) más disfrutados por gente a la que respeto, a mí me dejen frío o me indignen. Algo queda claro: no son ellos, soy yo. Y yo soy YO, no soy ni Paula, ni Juanma, ni Pilar, ni Susana. Qué más quisiera. Y sí, sí hay un problema. O al menos lo había. ¿Cómo me he atrevido yo hasta ahora a opinar sobre una televisión que, aparte de no gustarme, no comprendo del todo? Lo he hecho muy poco, vale, pero ¿cómo he podido ser tan antiprofesional, tan pretencioso y tan descuidado de escribir sobre un tema que claramente me supera? ¿Acaso me atrevería a sentar cátedra sobre fútbol o toros? ¿Por qué sobre televisión-no-serie sí? Pues porque hasta ahora no veía, o no quería ver, que eran dos cosas distintas. Mea culpa.

Me gustaría, eso sí, que algunos de los del otro lado del muro, los sí expertos en entretenimiento televisivo actual no serializado, reconociesen de vez en cuando que de series no tienen ni puta idea. Que de tele saben mucho, pero de series no. Que yo me abstendré de criticar Tu Cara Me Suena o Gran Hermano a cambio de que ellos se laven la boquita después de decir que Velvet es un serión. Como soy un cobarde, me he cubierto las espaldas: ninguno de los citados en este texto pertenecen a ese grupo. Saben tanto o más que yo de series televisión. A ellos no les podéis gritar “¡Postureo!”. A mí sí.

Escrito por Alberto Rey en octubre 2015.

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