La maldición eres tú, hermano
'La Maldición de Hill House'

La maldición eres tú, hermano

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La Hill House. Imagen: Netflix.com

Si esta serie va a ser ahora la que marque el estándar de calidad que exijamos a lo que aparezca después, lo tenemos bastante jodido. Mejor apagamos la tele y ponemos la radio.

Uno sabe que algo ha trascendido su ámbito de acción cuando de repente ese algo empieza a aparecer en todas las conversaciones, en distintos círculos, a veces muy alejados del supuesto núcleo al que iba dirigido el producto. En una sociedad hiperestimulada donde, en cuestión de minutos, cada fenómeno da paso al siguiente y este a otro, y así hasta la saciedad, no ser engullido por la cultura popular ya es todo un mérito; destacar y apuntalar un culto, es algo extraordinario.

La maldición de Hill House es la serie del año. Como de aquí al 31 de diciembre se van a estrenar unos cincuenta shows más, digamos que ‘hasta ahora es la serie del año’. No se dice algo así sin tener motivos de peso y —naturalmente— sin tener algunos detractores. Por despacharlos el tema en un párrafo (a los detractores), decir que los protagonistas ‘son unos intensos’ o ‘no da miedo’, podrían ser argumentos válidos para Orzak o Channel zero.

Cuando hay suicidios, drogas o muertos de por medio, la gente no acostumbra a reírse e irse de cañas, acostumbran a contenerse o ponerse ‘intensos’, y cuando tu objetivo primario no es engrosar las filas del género (el horror, en este caso) o dar miedo, no es una cuestión de educación, contexto y momento vital. Por cierto, La maldición de Hill House da miedo y no, sus personajes no son ‘unos intensos’. Bueno, si sufrir es ser intenso, entonces sí, son la mar de intensos.

La serie de Netflix, que corría el peligro de perderse en el marasmo de producciones que estrena la plataforma cada cinco minutos, irrumpió en nuestros hogares con crédito limitado: reparto sin estrellas reconocibles, showrunner sin currículum de impresión y expectativas limitadas.

‘La maldición de Hill House’ crea una atmósfera, tiene fantasmas resultones, una premisa atractiva, y cualquier otra cosa que uno quiera pedirle

De la misma manera que nunca ha habido una película de casas encantadas como la de Robert Wise (1963), a una serie enclavada en una mansión gótica se le suponen ciertos atractivos que residen en su capacidad para la creación de atmósfera, un par de fantasmas resultones y una premisa atractiva. La maldición de Hill House tiene eso, y cualquier otra cosa que uno quiera pedirle.

Lo primero que hace esta serie es explorar algo que parece clavado en el inconsciente colectivo, pero que raramente se expone sin tapujos: el sentimiento más universal no es el amor. El sentimiento más extendido es un monstruo siamés de dos cabezas: el dolor y el miedo. Es difícil entender el uno sin el otro y acostumbran a ser un compañero de viaje sin el que difícilmente se entiende la peripecia de ser humano.

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Los personajes de Hill house son víctimas de su propio periplo, criaturas irrecuperables que vagan por sus vidas como si estuvieran ocupando un espacio que debería estar vacío, que ya no es suyo. De principio a final, y si se les observa con los ojos bien abiertos, es fácil intuir que parecen obsesionados con pasar página, aunque les es imposible, porque –como el personaje de Jack Nicholson en El resplandor– malbaratan todo su capital emocional en escribir lo mismo, una y otra vez, instalados en una especie de pozo del que ya no se sale.

Parece de perogrullo afirmar que el terror se ha utilizado desde tiempos inmemoriales como muleta emocional, como metáfora en la que caben todos los demonios. La auténtica fortaleza del género es la de saber vehicular cualquier inquietud a través de unas pautas que apelan a todo el que se haya despertado una noche asustado y haya percibido algo que respiraba en la oscuridad.

La maldición de Hill house es –por así decirlo- una revisión en clave mefistofélica de A dos metros bajo tierra, que es capaz de usar la misma estructura y recursos que su prima hermana, pero transitando por tierras mucho más yermas.

Lo que más sorprende de la serie de Mike Flanagan es su potentísimo equilibrio. No hay baches entre lo visual y lo narrativo, hasta en episodios (como el sexto) en el que se asiste a una virguera secuencial pocas veces contemplada en televisión, un walk & talk elevado a la enésima potencia, uno siempre tiene la sensación de que los personajes caminan un paso por delante de los alardes gráficos.

No hay sitio para el efectismo, y hasta los lugares comunes parecen haber sido procesados para lucir distinto, algo obvio en escenas como la del niño oculto bajo la cama, mientras un espectro vestido como un personaje de Dickens levita en la habitación. La planificación, el ritmo y el montaje parecen tatuados en la epidermis de la serie como si se tratara de una declaración de principios que se siguen a rajatabla.

Hay también un esfuerzo descomunal por agrandar lo pequeño y empequeñecer lo enorme, algo que se percibe en la diferencia de tratamiento de lo fantasmal, que acaba siendo algo coyuntural y lo sistémico de los traumas familiares. Lo primero es una chispa, el botón descosido que acaba perdiéndose; lo segundo es un inmenso jirón, un gigantesco incendio en el cielo.

Lo espectral es un mcguffin de business class en La maldición de Hill House, porque el auténtico horror tiene el rostro del escritor que lleva años viviendo de un timo; de la mujer incapaz de querer a alguien, aunque sean cinco minutos; del yonqui que pierde algo más cuando cree que ya lo había perdido todo; de la hermanita que arrastra ella solita el peso de una eternidad de soledad y decepciones. El miedo en La maldición de Hill House es más humano que un niño mintiendo por primera vez o un bebé agarrado a un pulgar como si fuera el timón de un barco.

Es una serie pluscuamperfecta, con un guión magnífico en el que hasta los soliloquios resultan hipnóticos

La maldición de Hill House es el Aquiles sin talón. Una serie pluscuamperfecta, con un guión magnífico en el que hasta los soliloquios resultan hipnóticos, actores con un nivel de excelencia espeluznante que redefinen el término ‘coral’ y una dimensión técnica (fotografía, diseño de producción y dirección) absolutamente inimaginable.

Si esta serie va a ser ahora la que marque el estándar de calidad que exijamos a lo que aparezca después, lo tenemos bastante jodido. Mejor apagamos la tele y ponemos la radio.

Por eso, si uno llega a la serie atraído simplemente por lo sobrenatural, sienta algo parecido a la decepción con el desenlace, cuando en realidad es imposible que acabe de otra manera. Ningún espíritu, demonio, presencia o maldición puede ser más terrorífico que la naturaleza humana, tratar de esquivarla para ser alguien mejor, más sabio o –simplemente- para no despertarse cada día lamentando pertenecer a un colectivo que mata, saquea y caza por pura diversión y que se empeña en autodestruirse, ya resulta heroico. No es posible esquivar esta maldición, así que convivamos con ella. Si es posible, en cómodos plazos.

No como los Crain. Por favor.

Escrito por Toni Garcia Ramon en noviembre 2018.

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