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Los protagonistas de 'Stranger Things', listos para el inevitable final.
En 2016, cuando Stranger Things se estrenó inicialmente, Netflix aún podía describirse a sí misma como una empresa tecnológica disruptora que había llegado para revolucionar el negocio de la televisión aprovechando al máximo las posibilidades que daba el streaming. Llevaba solo tres años produciendo en serio sus propias ficciones y no hacía más que dar bocados cada vez mayores a la tarta de un negocio que, hasta entonces, era coto exclusivo de las cadenas de televisión, tanto generalistas como por cable, y los estudios clásicos de Hollywood.
En Netflix encontraban acomodo creadores que no habían tenido suerte en los lugares tradicionales y que podían dar rienda suelta allí a su creatividad. Es cierto que la N roja perseguía el Emmy de manera descarada con títulos que podrían haber estado en HBO o FX sin mayor problema, como House of Cards, pero sus ganas de crecer y de alcanzar a todo tipo de públicos la animaban a apostar por gente como los hermanos Ross y Matt Duffer, guionistas con poca experiencia que estaban intentando levantar una historia de aventuras que homenajeara a las películas fantásticas y de terror de los 80 con las que habían crecido.
Las claves del fenómeno de ‘Stranger Things’
Se puede confiar en el algoritmo todo lo que se quiera pero, muchas veces, los éxitos vienen de donde menos se esperan, y nadie confiaba en que Stranger Things (con protagonistas menores de 15 años y con Winona Ryder y Matthew Modine como sus estrellas más conocidas) terminaría convertida en el gran éxito de la década junto a Juego de tronos y The Walking Dead. Porque esas dos series seguían en emisión la primera vez que entramos en Hawkins (Indiana), en un 1983 más parecido al visto en pantalla que al vivido.
En estos diez años, y cinco temporadas, la serie ha seguido todos los pasos típicos de un éxito del streaming
Y en un panorama en el streaming en el que no existían aún ni Disney+ ni Apple TV (aunque sí funcionaba iTunes) y donde, aunque la explotación de la nostalgia y de los viejos éxitos ya era importante en Hollywood, no había alcanzado las cotas de dominio total de la producción en las que nos encontramos diez años más tarde, cuando Stranger Things echa el cierre. Esa nostalgia, que apelaba directamente a un público cuarentón que quería sentirse un niño otra vez, fue una de las claves de su éxito; quienes protestan a menudo de que ya no se hacen películas de aventuras infantiles como entonces, o historias de terror como las de John Carpenter, o comedias juveniles como las de John Hughes, tenían en aquellos primeros episodios la respuesta a todas sus plegarias.

Los «cuatro» de Hawkins luchan por seguir siendo el núcleo de ‘Stranger Things’.
Pero, al mismo tiempo, los Duffer contaban su historia tirando de los modelos del siglo XXI. La primera temporada incluía a una corporación malvada, alguna que otra muerte inesperada, cliffhangers para acabar los capítulos y familias que nunca eran perfectas. Y con cada nueva entrega, la serie se volvía más popular, más grande y evolucionaba en sus homenajes y temáticas ochenteras, ya fueran la amenaza soviética, las comedias de porreros o el terror más gore. El encanto de aquellos primeros episodios en los que descubríamos a Will, Mike, Eleven, Dustin y Lucas y a esos monstruos que vivían literalmente bajo sus pies se fue perdiendo en favor de subtramas en cárceles rusas y su propia versión de Pennywise en Vecna, su Final Boss definitivo, un flautista de Hamelín vengativo con planes para dominar y destruir el mundo de la superficie.
El camino paralelo de ‘Stranger Things’ y Netflix
En estos diez años, y cinco temporadas, la serie ha seguido todos los pasos típicos de un éxito del streaming, como acortar cada vez más sus temporadas mientras aumentaba la duración de sus episodios, que se necesitara un mínimo de dos años para completar una tanda de capítulos y que sus actores se convirtieran no solo en estrellas, sino en pilares del star system local de Netflix: Millie Bobby Brown ya ha protagonizado para la plataforma las películas de Enola Holmes y Estado eléctrico, por ejemplo.
La quinta temporada de ‘Stranger Things’ intenta recuperar algo de la magia de su inicio pero, como ocurre con la propia nostalgia de sus espectadores, eso es imposible.

Winona Ryder fue el gancho inicial de Stranger Things allá por 2016.
La idea inicial de los Duffer ha ido creciendo hasta terminar como una IP que tiene menús especiales en McDonald’s y exposiciones oficiales de su atrezzo, y su evolución ha corrido paralela a la de una Netflix que, desde aquel lejano 2016, ha engordado con reality shows, partidos en directo de la NFL y fenómenos todavía mayores como El juego del calamar. Sin mencionar, por supuesto, su apuesta por convertirse en un estudio de Hollywood de toda la vida con su compra de Warner.

Vecna: final boss de ‘Stranger Things’.
Para la N roja, Stranger Things fue su primer gran éxito comunal, el que reafirmaba que iba por buen camino produciendo sus series originales y no dependiendo tanto de las licencias de terceros. Era la franquicia soñada desde que HBO había encontrado la fama mundial con Juego de tronos, la que permitía expandir su universo en otras series y hasta en obras de teatro, y la posición de Netflix de enfant terrible de Hollywood evolucionaría hacia la de actor establecido y lo más mainstream posible. Una vez que se llega a la cima viene la muy complicada tarea de mantenerse en ella, y el conservadurismo suele ser la receta aplicada para ello.
La quinta temporada de Stranger Things intenta recuperar algo de la magia de su inicio pero, como ocurre con la propia nostalgia de sus espectadores, eso es imposible. Es demasiado grande, demasiado autorreferencial y demasiado exitosa para no entregar la inevitable batalla entre el Bien y el Mal con la que debe terminar. Su mirada ya no es la de sus niños protagonistas porque estos han crecido hasta la adolescencia (y, en el caso de los actores, hasta superar ampliamente la veintena), y cualquier esfuerzo por volver al principio quedará artificial. Su única vía hacia delante es la del espectáculo y los fuegos artificiales.

