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Cartel promocional de la serie
El primer episodio de Monstruo: La historia de Lizzie Borden arranca con lo que la mayoría de los espectadores estadounidenses conoce de ese personaje, que es una canción popular: “Lizzie Borden cogió un hacha y dio a su madre cuarenta golpes. Cuando vio lo que había hecho, le dio a su padre cuarenta y uno”. Que un doble asesinato ocurrido en 1892 terminara inmortalizado en una cancioncita da la medida de lo popular que fue el caso en la época, y en las décadas posteriores.
Ha habido, por el momento, tres películas sobre el asunto, la última de 2018 (Lizzie, con Chloë Sevigny y Kristen Stewart) y otra serie antes de esta de Netflix, The Lizzie Borden Chronicles, que Lifetime estrenó en 2015 con Christina Ricci como la Asesina del Hacha. Es decir, que en estos 134 años, el asesinato en su propia de casa de Andrew Borden y su segunda mujer, Abby, se ha convertido prácticamente en leyenda y parte de la mitología de Nueva Inglaterra (la casa de los Borden en Fall River, New Hampshire, es actualmente un museo en el que se puede hasta reservar una habitación para dormir allí).
La historia transcurre tan atrás en el tiempo, y ha sido tan manoseada y tergiversada, que permite más flexibilidad en cuanto a las licencias artísticas tomadas para contarla
Para Monstruo, la antología sobre asesinos en serie muy mediáticos que Ryan Murphy estrenó con Jeffrey Dahmer y su sorprendente éxito, es un personaje peculiar porque, aunque es tan famoso como el carnicero de Milwaukee, los hermanos Menéndez o Ed Gein, su historia transcurre tan atrás en el tiempo, y ha sido tan manoseada y tergiversada, que permite más flexibilidad en cuanto a las licencias artísticas tomadas para contarla.
Y es que su caso se conoce a través de la documentación que se presentó en el juicio contra Lizzie, celebrado en 1893, y la cobertura que los periódicos de la época hicieron de él, una cobertura mayoritariamente sensacionalista y especulativa. En ese aspecto, encaja a la perfección en uno de los principales intereses de las series de Murphy, Ian Brennan y compañía en los últimos años, que es la imagen pública creada por los medios y las consecuencias en las personas reales tras ella.

Vicky Krieps y Ella Beatty en ‘Monstruo: La historia de Lizzie Borden’.
Qué cuenta ‘Monstruo: la historia de Lizzie Borden’
Antes de seguir, recapitulemos. Esta cuarta temporada se centra en Lizzie (Ella Beatty), una joven de buena familia de la Nueva Inglaterra de finales del siglo XIX, que vive todavía en casa con su padre, Andrew (Charlie Hunnam), fabricante de ataúdes y dueño de una próspera funeraria, y su madrastra, Abby (Rebecca Hall), con la que el padre se casó menos de un año después de la muerte de su madre, y cuando Lizzie era una niña de solo dos años. Su hermana mayor, Emma (Billie Lourd), pasa más tiempo fuera, buscando un buen marido, que en Fall River, por lo que es Lizzie quien recibe el vitriolo y el desprecio de Abby, claramente insatisfecha con el matrimonio. Y a quien los primeros episodios de la serie pintan como si fuera la madrastra malvada de un cuento de hadas.
La primera mitad crea ciertas expectativas de que Monstruo vaya a salirse del molde, no solo de este subgénero, sino también de las fórmulas que Murphy ha ido utilizando conforme crecía su éxito
Rebecca Hall es en quien descansa, en gran medida, el humor negro de esos capítulos iniciales, que presentan la situación en el hogar de los Borden con un ánimo juguetón y colorido. Entre canciones de The Runaways, Wet Leg, Jefferson Airplane o The Doors, vemos el abuso al que Abby somete no solo a Lizzie, sino también a la criada, que acaba siendo sustituida por Bridget (Vicky Krieps), instrumental en los hechos posteriores. Será el único consuelo de Lizzie, además de sus adoradas palomas blancas, y quien abra su mundo a algo más que los insultos de Abby, la indiferencia de su padre y la humillación de ser rechazada por todos los pretendientes que su madrastra busca.
Esa primera mitad, dirigida principalmente por Max Winkler, crea ciertas expectativas de que Monstruo vaya a salirse del molde no solo de este subgénero de miniseries sobre asesinos en serie, sino también de las propias fórmulas que Ryan Murphy ha ido utilizando conforme crecía su éxito y su fama. Con este tipo de criminales, por ejemplo, su estándares se marcaron en El asesinato de Gianni Versace, la segunda temporada de American Crime Story, que contaba en realidad cómo había sido posible que Andrew Cunanan matara a varios hombres a través de cuatro estados sin que la policía le prestara atención, hasta que llegó a la casa de Versace en Miami. ¿Por qué estas personas asesinan? ¿Por qué son capaces de hacerlo durante tanto tiempo hasta que los detienen? ¿Qué condicionantes sociales entran en juego?

Charlie Hunnan y Rebecca Hall en ‘Monstruo: La historia de Lizzie Borden’.
Esas preguntas están también en La historia de Lizzie Borden, pero envueltas en esa atmósfera de cuento de hadas a la que ayuda que se intercale la historia con la leyenda de Erzsébet Báthory, la famosa “condesa de sangre” húngara del siglo XVI, otra mujer de la que se tergiversaron sus circunstancias para que pasara a la historia como otra cosa, y se dé espacio a que surja la relación entre Lizzie y Bridget (o Maggie, como insisten en llamarla los Borden porque todas las criadas irlandesas se llaman así).
Esta temporada de ‘Monstruo’ acaba, de nuevo, recurriendo a muchos de los tics habituales de las ficciones del productor, director y guionista
Ella Beatty (sí, hija de Warren Beatty y Annette Bening) da perfectamente el tono de la joven ingenua que encuentra maneras de soportar la toxicidad familiar y crea un dúo muy compenetrado con Krieps, que aporta el misterio europeo que una chica de buena familia encontraba irresistible. Pero el hechizo aguanta tres episodios porque, en el cuarto, Murphy y compañía recurren a otro truco y llevan la serie al presente para establecer su tesis sobre la rabia femenina y las razones por las que actúan las asesinas en serie.
Una temporada con los tics de Ryan Murphy
Es una tesis que ya exploró, el pasado verano, Furious de una manera más estimulante: las mujeres que ejercen violencia han sido, generalmente, víctimas de violencia. La leyenda de la condesa de sangre y las acciones de Lizzie se unen a la asesina en serie más famosa de Estados Unidos, Aileen Wuornos, inmortalizada en el cine por Charlize Theron (en Monster, su único Oscar). Aquí, es una clásica del Murphyverso como Sarah Paulson quien interpreta a esta mujer que fue condenada a muerte en 1992 por matar a siete hombres que la habían violado, o lo habían intentado, mientras intentaba ganar dinero con la prostitución. La línea que se quiere trazar entre la joven victoriana y Wuornos es más tenue de lo que la serie cree y, al final, casi convierte a Lizzie Borden en secundaria de lujo de su propia serie.

‘Monstruo: La historia de Lizzie Borden’ está disponible al completo en Netflix.
Pero es que esta temporada de Monstruo acaba, de nuevo, recurriendo a muchos de los tics habituales de las ficciones del productor, director y guionista. Por ejemplo, ya rescató a otro “asesino del hacha” en la tercera temporada de American Horror Story (Coven), contando la historia de un criminal que actuó entre 1918 y 1919 en Nueva Orleans y que anunció que pararía si, en una noche concreta, en todas las casas sonaban discos de jazz.
En ‘La historia de Lizzie Borden’, el salto temporal a finales de la década de 1980 no funciona temáticamente como se pretende
Y el cambio de foco a mitad de la temporada también se empleó en otra entrega de American Horror Story, la sexta, titulada Roanoke. Se pasaba de una historia de casas embrujadas al detrás de las cámaras de un reality sobre dicha casa. Y aunque no se llega a una ruptura de la cuarta pared en La historia de Lizzie Borden, ese salto temporal a finales de la década de 1980 no funciona temáticamente como se pretende.
Quedan, eso sí, esos tres primeros episodios impulsados por un ánimo de hacer algo diferente, por aprovechar ese lado más de cultura pop de la leyenda (más que lo que históricamente ocurrió) con una fotografía repleta de colorido y el espíritu del terror europeo de los 70 tras cada fotograma.

