‘Distrito salvaje’ y el posconflicto colombiano
Jungla y poder

‘Distrito salvaje’ y el posconflicto colombiano

Tras la ristra de ficciones sobre el narcotráfico, una nueva tendencia en latinoamérica nos trae historias de guerrilleros, paramilitares y todo lo que hoy rodea el posconflicto colombiano.

Con el término reciente de una etapa de la historia de Colombia y el comienzo de una nueva, surge instantáneamente una opción para encarar el tiempo y atravesar por medio de diversos relatos la interpretación de lo que ha ocurrido, de lo que pasa y lo que será el mañana. Y es que apenas cerrando el 2016 se ponían las firmas con las que el Gobierno y las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) clausuraban las extensas jornadas de los famosos Diálogos de Paz que se realizaron en el periodo del presidente Juan Manuel Santos. Por supuesto, tanto se esperaba de los resultados que era natural que al líder se le concediera un Premio Nobel de la Paz y que la comunidad internacional desplegara el apoyo para lo que se ha dado en llamar como «posconflicto». Aunque muchas cosas se han dejado como capítulo pasado, lo cierto es que también persisten muchas problemáticas sociales, políticas y jurídicas.

Sustentada en este momento de la historia de la sociedad colombiana aparece Distrito salvaje, una serie en la que se ponen sobre los hombros de un único personaje los extraños caminos que puede tomar la era del posconflicto. Con este pretexto la serie aparece, sobre el papel, muy interesante, pues invoca como soporte una serie de fenómenos que exigen una profunda interpretación. Y así los espectadores nos acercamos a ella para que se nos defina un poco qué es lo que se quiere describir como ‘distrito salvaje’. No obstante, para nuestra sorpresa, la serie ‒cautivadora, intrigante, juiciosa en el planteamiento de sus personajes‒ solo se ha dejado definir tangencialmente por lo que es la vida de un desmovilizado para acercarse, más bien, a la siempre gustosa idea de un héroe que viene de vivir su propia desgracia y enfrenta ahora una existencia distinta. En algo se acerca Jhon Jeiver, protagonista de la serie, al John Rambo del clásico libro de David Morrel (First Blood, 1972) y al de la película, ampliamente conocida, que inició su trasegar desde 1982.

Jhon Jeiver

Atrapado desde niño en una trama de violencia, Jhon Jeiver creció haciéndose soldado de las FARC. Su silencio y laboriosidad en estas filas lo fueron posicionando como un jugador clave a la hora de concretar éxitos criminales. “Pisasuave” es el nombre que se le da a este tipo de jugadores. En la selva no solo encontraba su oficio y su pericia, también iban apareciendo sus amores y sus enemigos. Pero de todo esto solo se hace una breve mención. Lo que la serie quiere es que el personaje tenga unas características básicas para que encare lo que será su vida en el posconflicto. Las oscilaciones temporales narrativas en las que se muestra a Jhon Jeiver adolescente y muchacho solo quieren acentuar las pesadillas que alteran la noche del hombre que vuelve a la ciudad a recuperar a su madre y a su hijo. Nos interesa, así, que el personaje salga adelante y que reivindique su vida. Distrito salvaje invita a una reflexión sobre lo que puede ocurrir con hombres a los que su pasado ha condenado para siempre.

Juan Pablo Raba, el actor que interpreta a Jhon Jeiver, ha tomado el desafío con altura. No malogra todo el peso que se le ha encargado haciéndonos creer dulzonamente que el criminal se merece el cielo ni tampoco nos ha puesto completamente en su contra invocando la fascinación que también el mal puede despertar en los ejercicios narrativos. El personaje se ha logrado posicionar a fuego lento despertando la tensión necesaria para una trama de acción y de mesurado drama.

Y como este criminal que despierta nuestra empatía merece algunos enemigos que le hagan sacudir las habilidades, la serie se los presta completamente ajustados a los guiones políticos de siempre: los corruptos. También, por supuesto, los saca del pasado mismo de Jhon Jeiver, como demonios que salen de sus escondrijos para acechar la vida del posconflicto.

Así, el universo de este Distrito salvaje rodea al exguerrillero con vehemencia. Problemas con la política, problemas con la economía, problemas en los suburbios y hasta problemas en el colegio para un chico que quiere demostrar que se merece una oportunidad distinta. A Jhon Jeiver se le enreda la vida. En ello no debe haber novedad; sin embargo, el guion de la serie no se salva del todo cuando no logra hacerse claro a qué horas es que su personaje atiende tantos frentes sin que ninguno se toque: Trabaja para la policía, para la fiscal, para un supermercado, para un grupo de hampones, va a almorzar a la casa, lleva a la novia, recoge al hijo en el colegio, y tiene que preparar algunos delitos con toda meticulosidad. Sí, tal vez estos sean elementos que pasen raspando en la ejecución del guion porque se ha querido abarcar mucho del universo posible del excombatiente. El espectador no siempre se lo va a creer todo, ni siquiera porque pueda ser «cotidiano».

En este sentido, una de las grandes lecciones de la estructuración de una serie como Breaking Bad, por ejemplo, es que supo dar un soporte de tensión cotidiana creíble y a la vez versátil a sus personajes. He notado que este tipo de defectos son más frecuentes en los guionistas y directores que están muy afincados en el lenguaje audiovisual y dejan a un lado la calma que suscita una estructuración narrativa mucho más literaria y psicológica.

Contra la corrupción

Como alternativa simbólica al universo de Jhon Jeiver, el Pisasuave, aparece la fiscal Daniela León. En ella se compendia lo que reclaman a gritos muchas naciones del mundo pero sobre todo las latinoamericanas. No sobra decir que incluso el momento en el que la serie se estrena es uno en el que los casos de corrupción reales y los fiscales corruptos letales campean en los distritos salvajes.

La serie vuelve a un asunto ampliamente conocido en la narrativa latinoamericana: todos los círculos del mal se tocan

La corrupción aparece aquí como el elemento que lleva a que todo se pudra. Toca la estructura y la infraestructura mientras se brinda con whisky en mesas privilegiadas de lujosos clubes. La serie vuelve a un asunto ampliamente conocido en la narrativa latinoamericana: en buena medida, todos los círculos del mal se tocan. Los malvados de poca monta necesitan de los de cuello blanco; estos se reúnen con los carteles, con las bandas criminales, y reparten los «beneficios» de los extendidos negocios a los que logran penetrar.

La fiscal Daniela es un personaje soñado por las sociedades. Ante la realidad habitual de tratos bajo la mesa y contratos amañados, la fiscal parece un personaje fantástico que busca hacer justicia. Por fortuna, este tipo de caracteres también brindan una necesaria esperanza en medio de la cruda realidad. Y no es que sea bueno simplemente vivir de esperanzas, pero si en algunos momentos de la historia de la humanidad se han hecho bien las cosas, es probable que de vez en cuando las condiciones sean mejores.

De todas maneras, como es decorado fundamental de estos relatos, el personaje de la fiscal siempre está al límite, expuesto a todas las miradas y puesto a prueba por los habituales atractivos del poder y del dinero. Ella no flaquea; se mantiene íntegra a pesar de los temores y las tentaciones. Sin embargo, también como parte fundamental de su sensatez, la mujer debe reconocer que si siempre actúa con integridad no obtendrá mejores resultados que sus enemigos. Para lograr ir un paso por delante de ellos debe apelar a la vieja receta de la construcción de una farsa en la que el Pisasuave resulta ser un criminal que «mejora» sus intenciones.

Un producto latinoamericano

A Juan Pablo Raba ya lo habíamos visto en otra serie interpretando a otro curioso personaje de las historias colombianas. Fue en El cartel de los sapos, un dramatizado muy popular en la televisión colombiana. Allí el actor caracterizó a Pirulito, un nombre cercano al de un alias real en el mundo de los narcos, Chupeta. Muchos espectadores recordarán a Raba por su paso por algunas telenovelas latinoamericanas, pero llama la atención el cruce de caminos narrativos que personajes como Pirulito y Jhon Jeiver hacen en la vida de las historias colombianas. Contar lo que ha ocurrido con los narcotraficantes ‒personajes anclados en la extravagancia, la búsqueda del poder y los comportamientos más extremos‒, así como lo que comienza a ocurrir con las historias de guerrilleros, paramilitares y todo lo que hoy rodea el posconflicto, empieza a aparecer como un campo de labranza para escritores y realizadores.

La oferta de productos latinoamericanos matiza una mirada sobre las efervescencias que surgen en los violentos capítulos de sus historias. Los ingredientes ya los vamos reconociendo y, con un proceso que se acerca al de las formas de las películas de acción de Hollywood, vemos cómo despiertan atracción la calidad de las interpretaciones y las ironías de las sociedades latinoamericanas. Narcos, Prófugos, La reina del Sur, Escobar, Capadocia, 1 contra todos, Sin tetas no hay paraíso, El cartel de los sapos y Distrito salvaje, por solo mencionar algunas de las más representativas en su calidad y personajes, se acercan entre sí, comparten rasgos familiares, pueden ser capítulos de un mismo volumen de libros. Sus actores, incluso, se atraviesan entre una y otro capítulo. Sí, ya habrá otras series que hablen de los cantantes y músicos de las regiones ‒seriados que comienzan exitosamente a multiplicarse‒, pero en este primer grupo de historias sobre la violencia y la corrupción de los pueblos latinoamericanos se sigue construyendo un irónico mundo de percepción sobre lo que es la humanidad.

Por descontado y con altas calificaciones, los actores y las producciones alcanzan merecidos aplausos. Allí hay una fortaleza impresionante. En este camino, todos los que tocamos el mundo de la creación y la producción de historias seguimos aprendiendo; no obstante, aún nos falta comprender del todo lo que por estas tierras ha pasado y los rasgos que toman las series ‒entretenidos, interesantes, impactantes, sin mayores escrúpulos, obscenos‒ siguen dejando pendiente una mayor cuota de profundidad.

Escrito por Luis Felipe Valencia en enero 2019.

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