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Cartel promocional de 'La suerte' (Disney +).
David (Ricardo Gómez) conduce el taxi de su padre mientras prepara las oposiciones a abogado del estado. Una noche, mientras memoriza disposiciones legales parado frente a una discoteca, un andaluz gritón se le sube al coche, y no le pide, le exige, que lleve al amigo suyo al que están cargando como buenamente pueden en el asiento de atrás – pesa sus más de cien quilos y apenas puede moverse- al hospital.
Esa será la primera carrera urgente de las muchas que tendrá que hacer David esa noche, convertido en Paul Hackett (Griffin Dunne) en un episodio que va transformándose hasta revelar su verdadera identidad. Al principio uno cree estar frente a una comedia desenfrenada y absurda – de ahí la cita a Jo, ¡que noche! (Martin Scorsese, 1985) – que después acaricia las superficies del relato gansteril – una visita a un bar asturiano para recoger un paquete, una fiesta privada – para, finalmente, ofrecérsenos como algo mucho más prosaico: David será, contra todo pronóstico y contra su lábil voluntad, el chófer de un torero, la primera vez porque no hay tiempo y tiene que sustituir al tipo que está ingresado, y a partir de ese momento porque su presencia devendrá talismán para un diestro camino de completar su última temporada en los ruedos – por suerte a Oscar Jaenada, “el Gallo” de la interpretación, le quedan todavía unos cuantos años sobre las tablas.
La serie tiene un toque surrealista que surge de la combinación de sus dos personajes principales […] y eso permite fraguar choques visuales en los que la comicidad y el extrañamiento se dan la mano
Esa premisa que recuerda lejanamente, aunque formulada a la inversa, a la de The Cooler (Wayne Kramer, 2003), viene activada por los designios del azar lo que hace que la serie escrita por Borja González Santaolalla y Diana Rojo se despliegue en dos direcciones. De una parte, puede verse como un movimiento de aproximación entre opuestos: el futuro abogado, de talante progresista, evidentemente antitaurino, instalado en la precariedad y consciente de cuánto se juega en su prueba de acceso; y el maestro, un hombre tradicional, rey de un universo minúsculo, protegido por una película de intereses y privilegios y, sin embargo, cada vez más consciente de que la delgada sombra de las tijeras amenaza su coleta. ¿Existe alguna posibilidad de entendimiento entre dos tipos tan disimiles?

Ricardo Gómez y Óscar Jaenada con David y «El Maestro» en ‘La suerte’.
De otra parte, el modus vivendi de un torero y su cuadrilla consiste en el encadenado de festejos taurinos, lo que los lleva a todas aquellas ciudades que andan de celebración, a vivir cada semana en un hotel distinto que, no obstante, parece una réplica del anterior. Eso confiere a La suerte una disposición paradójica, como encajar una road movie en un retablo, privándola de su elemento esencial: el movimiento. Y si uno lo piensa tiene cierto sentido, pues el inexorable paso del tiempo hará que nuestro maestro se vea obligado a detenerse, y todos saben que un torero parado es un torero muerto. De hecho, la serie misma va bajando de revoluciones a medida que discurre. Tampoco parece casual que la mujer del diestro esté interpretada por la ex gimnasta olímpica Almudena Cid, máximo exponente de una disciplina que te retira cuando tus prestaciones físicas ya no alcanzan determinados mínimos. Tampoco hay gimnasia sin movimiento.
Esa elección, la de suprimir los trayectos y apalancarse en las ciudades, permite a Paco Plaza y Pablo Guerrero, directores del proyecto, diseñar cada episodio como si fuese una casa distinta hasta conformar un retablo unido por un tono muy particular.
Plaza y Guerrero reflejan una España reconocible no desde la óptica del costumbrismo canónico, sino poniéndola ante un espejo deformante
Hablábamos de las distintas variantes genéricas que atraviesan el primer episodio. Esos cambios de registro serán ley: el capítulo cuarto parece una versión dislocada (y alocada) de Lost in translation (Sofia Coppola, 2003) en Benidorm mezclada con el pueblo de los (taxistas) malditos; el quinto juega con el formato documental y le guiña un ojo al Albert Serra de Tardes de soledad (2025), … Lo más interesante es observar como La suerte se hace acreedora de un tono genuino, atrevido, alejado de cualquiera de las convenciones que reinan en la teleficción contemporánea española. A veces parece como si Jacinto Esteva, después de rodar Lejos de los árboles (1972), le hubiese dado el copión a Dalí para que pintara lo que le viniese en gana encima de cada fotograma.
La serie tiene un toque surrealista que surge de la combinación de sus dos personajes principales; el David de un Ricardo Gómez que sigue retándose a sí mismo en cada nuevo papel que elige, es como una paloma metida en el aviario de los flamencos; el maestro Jaenada parece una drag queen en una cena del Rotary Club cada vez que lo sacan de su hábitat. Y eso permite fraguar choques visuales en los que la comicidad y el extrañamiento se dan la mano: una montera en el pasillo de un hotel, un torero en un Burger King o montado en un patinete eléctrico, introducir la iconografía religiosa, asociada a la tauromaquia, en espacios que le son ajenos (una discoteca), … Plaza y Guerrero reflejan una España reconocible no desde la óptica del costumbrismo canónico, sino poniéndola ante un espejo deformante, de clara inspiración esperpéntica, como se observa en el capítulo quinto, con la entrada del padre de David a la sastrería en la que su hijo se prueba el traje de luces en sustitución del indispuesto maestro.
Es en lo visual donde La suerte gana enteros. En el uso de los zooms para aislar a un diestro que vive ajeno al mundo, en el cambio en la manera de filmar a Gómez y Jaenada a medida que sus personajes van entendiéndose, en el reflejo de la ascendencia de determinadas tradiciones mostrada a través de sus manifestaciones arquitectónicas (David entrando en la plaza en el capítulo final), en el trabajo con la pantalla partida y los juegos con el formato o en secuencias de una inusitada potencia como la del Maestro frente a un toro bravo en la noche calma que arropa la inmensidad de su finca, …
Al final de todo, la pregunta que subyace es, ¿existe alguna posibilidad de comprender al otro?
Todo eso sin olvidarnos de una dirección de actores que, más allá de sus dos cabezas de cartel, pone en el candelero a Carlos Bernardino, un Joe Pesci torerista, y a Pedro Bachura, un ex-convicto que solo parece tener miedo al mal fario, dos robaescenas a los que supervisa un Óscar Higares al que uno intuye pluriempleado, pues además de meterse en el papel de hermano y representante del diestro con impecable solvencia habrá hecho de consultor en asuntos taurinos para eliminar cualquier inexactitud. Antes de acojonar a media España en Gigantes (Enrique Urbizu, 2018-2019) y de bailar, sobrevivir, cocinar y coser en distintos concursos de televisión, Higares fue torero hasta 2011.
Esas apuestas estéticas y tonales acaban imponiéndose a un desarrollo narrativo que decae en la segunda mitad – la rivalidad con el torero más joven queda en mero apunte, se abunda en algunos clichés, sobre todo en el episodio cuarto, la singularización de casi cada capítulo hace que se pierda foco con respecto al conflicto principal- sin menoscabo para este retrato de un fenómeno nacional intransferible a cualquier otra latitud que sirve para contar un país abierto en canal, que muestra con respeto las liturgias del toreo – manteniéndose en un prudente fuera de campo con respecto a cuanto acontece en la plaza – sin dejar de exponer una visión crítica sobre tan atávica tradición. Al final de todo, la pregunta que subyace es, ¿existe alguna posibilidad de comprender al otro? Prueben suerte, a veces vale la pena.

‘La suerte’ se estrena el 8 de octubre en Disney +.

