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La Marquesa de Marteuil es una nueva adaptación del clásico de Choderlos de Laclos
¿Qué sentido tiene revisitar por enésima vez Las amistades peligrosas? La novela de Choderlos de Laclos ha sido llevada al cine en numerosas ocasiones, de Roger Vadim – Las relaciones peligrosas (1959)- a Roger Kumble – Crueles intenciones (1999) –, de Toshiya Fujita (1978) a Hur Jin-Ho (2012), aunque las dos adaptaciones más reverenciadas se dieron a finales de la década de los ochenta gracias a los tándems creativos formados por el director Stephen Frears y el dramaturgo Christopher Hampton – Las amistades peligrosas (1988)– y por el cineasta checo Milos Forman y el prestigioso guionista Jean-Claude Carrière – Valmont (1989). Las dos versiones leían libremente el original dieciochesco – en clave trágica Frears, añadiéndole un barniz vodevilesco Forman– formando un díptico tan gozoso como complementario. La marquesa de Merteuil
Conviene no olvidar que la industria televisiva tampoco fue ajena al potencial expansivo de la novela, de ahí que tengamos una colección de revisiones en forma de miniserie, la última fechada apenas hace un año y vendida como un remake de Crueles intenciones. Quizá la más relevante sea la firmada por Josée Dayan en 2003 con Catherine Deneuve, Rupert Everett y Nastassja Kinski.
Entonces, ¿por qué regresar de nuevo a los embrollos orquestados por el vizconde de Valmont y la marquesa de Merteuil? Quizá, más que preguntarnos el porqué, deberíamos atender al modo en que el guionista Jean-Baptiste Delafon (Baron Noir, Sangre y dinero) y la directora Jessica Palaud (Revenir, Being Maria) se acercan a este mito inagotable de la literatura gala. Y lo hacen con la cautela resabiada del erudito que asume que igualar a los clásicos es como jugar al ajedrez contra Deep Blue. La solución es, pues, darle un nuevo enfoque al asunto sin dejar de ponerle una vela al espíritu de su creador.

Vincent Lacoste y Diane Kruger en un fotograma de ‘La marquesa de Marteuil’
Delafon diseña una artera precuela que aprovecha la longitud serial para, paulatinamente, adentrarse en la maraña de traiciones de la novela original; esto es, el duelo seductor que entablan Isabelle de Merteuil (Anamaria Vartolomei) y Valmont (Vincent Lacoste). El segundo debe seducir a petición de la marquesa a la jovencísima Cecile de Volanges (Fantine Harduin), a punto de contraer matrimonio con un antiguo amante de madame de Merteuil, para, a su vez, ponerla en manos de su no menos joven pretendiente y profesor de arpa Danceny (Samuel Kircher). Valmont, que entiende que el reto carece de entidad suficiente dado su vasto currículum sicalíptico, sube la apuesta y se compromete a someter a la devota y fiel Madame de Tourvel (Noeé Abita).
Y aquí, y les ruego me perdonen, no hay rostro que encaje mejor con ese personaje ni actriz que haya encarnado la descomposición febril de una mujer manipulada como Michelle Pfeiffer (fin de la confesión). Por lo demás, La marquesa de Merteuil nos presenta un antagonista concreto, el ultrajado Gercourt (Lucas Bravo), quien pretende acabar con las aspiraciones de Isabelle y, al mismo tiempo, someter a Rosamonde, a la que amenazará con arrebatarle todas sus conquistas (sociales, económicas y reputacionales) si no sirve a su propósito.
El creador de Baron Noir (Eric Benzereki & Jean-Babtiste Delafon, 2016-2020) vuelve a demostrar que es un escritor hábil y, de hecho, su revisión de la novela da pie a un despliegue mucho más enrevesado de los acontecimientos. Primero porque nos muestra la génesis de la marquesa, una novicia arteramente seducida por Valmont (la unión entre ambos supondrá la prueba para chantajes posteriores) y luego tutelada por la tía de este, Rosamonde (Diane Kruger). Nótese que en las versiones ochenteras este rol lo encarnaron Mildred Natwick, que contaba con 83 cuando lo interpretó, y Fabia Drake que tenía 85 en el film de Forman.
‘La marquesa de Merteuil’ nos habla del modo en que la identidad no es tanto un herencia como una construcción social.
A sus 49 años, Diane Kruger está tan lejos de sus antecesoras como su tía Rosamonde de una monja de clausura. De hecho, la elección de la actriz alemana es uno de los grandes aciertos de esta miniserie estrena por HBO Max el pasado 14 de noviembre, pues no solo permite establecer una relación mentora-alumna que funciona a nivel dramático, sino fijar un discurso sobre el paso del tiempo en relación con la belleza; Isabelle como relevo natural de una Rosamonde que oculta las arrugas que asoman en su cuello con una cinta de tul azul.“Tu belleza es un arma tan formidable como efímera” escucharemos en el quinto episodio. No es menos cierto que este nuevo enfoque requiere complicar todavía más el cruce de enlaces peligrosos, lo que por momentos torna la serie no tanto intrincada como reiterativa, pues la explicación de cada artimaña le resta capacidad de sorpresa: cuando las traiciones se venden al por mayor dejan de tener interés.

‘La marquesa de Merteuil’ ya está disponible en HBO Max.
La marquesa de Merteuil nos habla del modo en que la identidad no es tanto un herencia como una construcción social; de la importancia de la apariencia – del rostro, pero también de esos espejos que se multiplican– en un mundo implacable en el que el anonimato parece imposible y en el que el ascensor social admite un número limitadísimo de pasajeros.
El empleo de distintas voces en off, que remiten a la forma epistolar de la novela, y el uso ágil del montaje paralelo dotan de dinamismo a una propuesta suntuosa como todo period drama que se precie. Es una aproximación atenta a los detalles –lo insertos de objetos, piezas de vestuario, etcétera– no tanto como descriptores de un entorno sino como reveladores del carácter. Por cierto, salvo los llamativos títulos de crédito al son de ‘Iron’ de Woodkid y algún arreglo musical, aquí no encontrarán anacronismos al estilo de Maria Antonieta (Sofia Coppola, 2006).
‘La marquesa de Merteuil’ despliega un erotismo chic superior al de las versiones anteriores y actualiza convenientemente los apetitos eróticos de los participantes en este enredo
Eso sí, Delafon y Palaud se las arreglan para adoptar un enfoque radicalmente femenino –el título de la serie no engaña– e introducir cuestiones como el aborto o la dominación masculina –el Valmont de un tibio Vincent Lacoste está más preocupado por mantener su posición social que por conquistar mujeres– pero, sobre todo, para evidenciar que detrás de la escalada de Isabelle existe un desamparo económico y social que conviene contrarrestar cuanto antes sin importar los medios.

Anamaria Vartolomei es la nueva encarnación de la marquesa de Marteuil en la serie de HBO Max.
Es importante observar cómo Palaud coloca a su protagonista en el encuadre: termina el primer episodio de rodillas y, poco a poco, va adueñándose de unos espacios que, por origen, no le pertenecen; la planificación orbita alrededor de ella, señal inequívoca de que ha sido capaz de confeccionarse una identidad validada por la hipócrita sociedad de su tiempo. Para ello no duda en manipular, seducir y traicionar a quien se ponga por delante, incluso en detrimento de sus propios sentimientos. El giro final de la serie y el último plano que Palaud le dedica a la marquesa no pueden resultar más significativos: la comparativa entre plano final del primer episodio con el último de la serie resume la transformación de Isabelle de Merteuil.
La marquesa de Merteuil despliega un erotismo chic superior al de las versiones anteriores –aunque convendría no olvidar a Annette Bening, recién salida de una bañera, abierta de piernas sobre su lecho mofándose de un aplatanado Colin Firth o a John Malkovich semidesnudo escribiendo una carta sobre las posaderas de una joven amante– y actualiza convenientemente los apetitos eróticos de los participantes en este enredo incluyendo prácticas homosexuales. En realidad, lo de subirle la temperatura va de soi desde el momento en que Anamaria Vartolomei, que despertaría la lujuria en una piedra aunque fuese disfrazada de Bob Esponja (la Vartolomei, no la piedra), aparece en pantalla. Bien pensado, ahora que ha llegado el invierno lo nuevo de HBO Max va bien para contrarrestar sus efectos.

