Crítica de 'El caso Oussekine' (Disney+): Ya jamás veintitrés
Crítica: 'El caso Oussekine'

Ya jamás veintitrés

La primera serie francesa de Disney+, basada en hechos reales, nos habla del dolor de una familia, la lucha por el recuerdo y dignidad de las víctimas, y las maniobras de un Estado racista para ocultar la verdad.
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Lo asesinan a porrazos, a patadas. En el estómago, en la espalda, en la cabeza. Él dice no haber hecho nada, porque no lo ha hecho. La verdad de sus murmullos no aplaca la violencia de los verdugos. Sangre en las paredes del edificio donde ha intentado encontrar refugio y no ha podido hallarlo. Los primeros auxilios sirven de poco. Una ambulancia le lleva al Hospital Cochin de París, donde se declara su fallecimiento. Tiene el cuerpo masacrado por la golpiza, y también tiene veintidós años, ya jamás veintitrés. Su nombre es Malik Oussekine. Es francés. De origen argelino. Le gusta el jazz. Vuelve a casa. Pero tres policías deciden acabar con su vida.

El caso Oussekine no es una serie fácil de ver. Como si la pantalla se pulverizase escena tras escena y sus partículas se fueran posando en tu boca hasta dejarla seca. En tu pecho hasta detener el aliento, en tu estómago hasta destruir el apetito. Sabes que estás viendo una miniserie basada en un caso real y eso resulta demoledor: el sufrimiento de la familia Oussekine; las tretas vomitivas del Estado francés para ocultar la verdad; el racismo hiriente en la sociedad francesa y, por extensión, europea; la noche del 6 de diciembre de 1986 en la que Malik no murió, fue muerto. Para analizar la serie y todo lo que nos quiere decir la serie, sin embargo, debo sacudirme de encima la pesadumbre. Los ojos tristes conmueven, pero no suelen ver claro; las manos indignadas escriben con ira, pero no suelen hacerlo con lucidez.

‘El caso Oussekine’ ya está disponible en Disney +

De El caso Oussekine llama la atención cómo su cuidada estética está en todo momento subordinada al mensaje que nos quiere transmitir la serie. A la feroz crítica social de ésta. Dos muestras de ello. En primer lugar, la entrada en escena de los voltigeurs, denominación coloquial de los policías motorizados franceses que proviene de las unidades de infantería ligera de los ejércitos napoleónicos. Van dos en cada moto. Con unas larguísimas porras golpean los bordillos de la acera, los muros, los postes metálicos. Hablan el idioma de la intimidación. Zumban como avispas enrabietadas, y con órdenes secas dirigen sus rugidos a la caza de manifestantes o, como en el caso de Malik, de gente que simplemente pasaba por allí. Su ropa es oscura como la noche y sus rostros no existen bajo los cascos. Todo en ellos da miedo. La serie, con un lenguaje estético que narra (señala (desenmascara)), no nos los presenta como policías: nos los presenta como sicarios.

Esta es la historia de una familia inquebrantable que se niega a desmoronarse tras la ignominia

La segunda imagen que debo destacar la encontramos también en el primer capítulo. Se trata, de hecho, de su escena final. Tras largas horas en las que los hermanos de Malik –Mohamed, Fatna, Sarah y Benamar– han ocultado a su madre Aicha la muerte del más pequeño de sus hijos, ella descubre el horror de la verdad. Y se rompe. Y los cuatro hermanos la rodean en un abrazo estremecedor, un corazón de cuerpos en los que Aicha es el único centro posible. La serie nos dice ahí que esta también es la historia de una familia inquebrantable que se niega a desmoronarse tras la ignominia. Solo manteniéndose unidos podrán encontrar sentido a una vida que ha dejado de tenerla tras el asesinato de Malik. El trabajo interpretativo de los actores y actrices que dan vida a la familia Oussekine, con la gran Hiam Abbass (Succession) a la cabeza, es formidable.

La historia de las ciudades se refleja en sus cloacas, decía Victor Hugo. También la de los Estados. La oscuridad más temible que nos muestra El caso Oussekine, por increíble que parezca, no es la del asesinato de un chaval inocente a manos de la policía, sino las maniobras del Estado francés para esconder tal suceso. Aunque ello suponga contar mentiras indecentes, acusar a Malik de terrorista, desacreditar a la familia Oussekine, poner en marcha siniestros mecanismos para sepultar la verdad y vestirla de un victimismo insoportablemente cínico. Pero he mentido. La serie se adentra más aún en la tenebrosidad de la sociedad francesa.

La familia de Malik manifestándose por su asesinato

Tras la muerte de Malik, la extrema derecha la tomó con la familia Oussekine: asaltaron a una de las hermanas, les incendiaron una casa, llamaron al piso de la madre de Malik para decir que su hijo “murió como la rata que era”, aparecieron pintadas en el edificio de ese mismo piso con frases tales como “árabes hijos de puta” o “Francia para los franceses”. Ese procedimiento de revictimizar a las víctimas, de machacar sin atisbo de humanidad alguno a la familia de una persona asesinada, también lo hemos visto en España con el caso de Guillem Agulló. Difícilmente nuestra especie puede mostrar peor cara que la de estas bestias huérfanas de cerebro y corazón, sobradas de maldad y odio.

Viendo El caso Oussekine uno percibe destellos de otras series. La dinámica interna del grupo de policías que asesinaron a Malik es muy parecida a la que se nos relata en Antidisturbios. En ellos encontramos esa concepción violenta de “familia” en la que el amor fraternal en su mayor grado de toxicidad y la intimidación sobre el individuo que duda sirven para encubrir las atrocidades perpetradas por el grupo.

La indignación que se siente al ver las maniobras del Estado para ocultar la verdad y echar la culpa a la víctima es idéntico al que ya sentimos con Así nos ven. En los flashbacks que nos hacen volver a la noche en la que Malik fue asesinado, la inminencia de la catástrofe y la impotencia de saber que la tragedia es inevitable, me transportó a cuando la tristeza me impidió terminar Justicia; serie que nos cuenta la historia de una madre que luchó durante décadas para que se revelara la verdad tras la tragedia de Hillsborough, en la que perdió a su hijo de tan solo quince años. Todas las series que me vinieron a la cabeza viendo El caso Oussekine son muy buenas series, lo que debe significar que El caso Oussekine también lo es.

Me permitiréis ahora un pequeño viaje en el tiempo, un zarandeo de los días que nos lleve al presente para después volver al pasado. En la segunda vuelta de las elecciones presidenciales francesas de este 2022, Marine Le Pen obtuvo más de trece millones de votos, tres millones más que en las de 2017. En el primer punto de su programa electoral se podía leer la siguiente afirmación: “La inmigración no puede seguir descontrolada, de lo contrario Francia renunciará a su soberanía”. La xenofobia, muchas veces eufemismo e incluso edulcorante del racismo, sigue tan presente en la Francia de hoy como en la de 1986, cuando Malik fue asesinado y sobre su familia cayó un alud de odio por sus orígenes magrebíes.

O en la de 1961, cuando la policía llevó a cabo una masacre de centenares de argelinos en las calles de París. Esa masacre, por cierto, aparece en uno de los muchos y acertados flashbacks de El caso Oussekine. Una prueba innegable de la persistencia de dicho racismo en el país galo son las reiteradas y recientes condenas por incitación al odio racial al referente ultraderechista Éric Zemmour, que entre otras lindezas aseguró que los menores migrantes llegados a Francia “son ladrones, asesinos, violadores […] una invasión permanente”. Debo insistir, y a quien le pique, que se rasque: no resulta difícil encontrar declaraciones muy parecidas en nuestro país. Zemmour y su partido Reconquista obtuvieron dos millones y medio de votos en las pasadas elecciones.

La serie es relevante y muy actual a pesar de narrar unos hechos acaecidos hace treinta y cinco años

Del mismo modo que la serie deja claro -a través de escenas como la de la masacre de 1961 o aquellas en las que el padre de Malik es despreciado por ser argelino- que por supuesto antes del asesinato de Malik ya existía un racismo brutal contra la población extranjera en Francia, figuras como Le Pen o Zemmour evidencian que esa lacra sigue existiendo a día de hoy en el país, y su apoyo entre la sociedad francesa no es residual. Por este último motivo, por supuesto, la serie es relevante y muy actual a pesar de narrar unos hechos acaecidos hace treinta y cinco años. Las heridas del pasado, a lo mejor, pueden usarse para agitar las conciencias del presente antes de cicatrizar para siempre. A lo mejor no, y esa posibilidad da miedo por real y por desalentadora.

Para terminar el artículo, quizás como medicina contra dicho desaliento, me permitiré la acidísima licencia de citar a la banda argentina Él mató a un policía motorizado: “Cuidarte a vos en la derrota, hasta el final del final”. La muerte de Malik fue una derrota, pero aún podemos cuidar de él viendo El caso Oussekine y, luego, no olvidando. A lo mejor, así, al final podremos cuidarnos en la victoria.

Escrito por Marc Renton en mayo 2022.

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