Crítica 'Better Call Saul' (T6): Al final de la mecha
'Better Call Saul' T6

Al final de la mecha

La primera tanda de la temporada final de 'Better Call Saul' acaba a un nivel altísimo, haciendo confluir todos sus hilos narrativos y certificando que estamos ante una obra maestra de la televisión

En los últimos minutos de Plan de puesta en marcha, el séptimo episodio de la última temporada de Better Call Saul, una vela encendida parpadea dos veces. Entre el primer parpadeo y el segundo, tiene lugar ese choque de mundos que la serie lleva prometiendo desde que empezó. Tiene lugar una de las escenas más potentes de las que uno tiene memoria: empieza a derrumbarse el castillo de naipes que los guionistas de la serie llevan construyendo meticulosamente desde hace años.

Ahora, nos queda ver cómo acaba de consumirse la cera. Y cómo entramos de lleno, de una forma que es imposible prever, en ese territorio oscuro que tan bien manejan Vince Gilligan y Peter Gould y que ya fue la base de la extraordinaria temporada final de Breaking Bad. Porque hay un indudable eco entre la muerte de Hank Schrader (Dean Norris) y la de Howard Hamlin (Patrick Fabian). Pero la de este último es todavía más escalofriante. He made up his mind ten minutes ago, le dijo Hank a Walter White justo antes de morir. Howard ni siquiera ha comprendido lo que estaba a punto de sucederle.

Howard Hamlin (Patrick Fabian) y Lalo Salamanca (Tony Dalton) / Fotografía: Greg Lewis

Pero antes de la muerte de Howard, probablemente la más impactante del corpus televisivo de Vince Gilligan, tuvimos la de Nacho Varga (Michael Mando), que ya nos sugirió lo que estaba por venir. Porque estos primeros siete episodios, sin traicionar ese ritmo pausado al que la serie ya nos tiene acostumbrados, han girado ya definitivamente en torno a la idea del descanso eterno. Del final.

‘Better Call Saul’ ha acabado confirmándose como una serie varios cuerpos por delante de cualquiera de sus competidoras

Y no solo de la vida, también de la carrera profesional (la de Howard, y ese plan maestro de Jimmy y Kim para acabar con él y de paso con esa trama de Sandpiper que viene acompañándonos desde el principio de la serie); el final de la lucha de Kim Wexler (Rhea Seehorn) contra su ética, una batalla en la parece que ha decidido rendirse; el final de lo poco que queda de Jimmy McGill (Bob Odenkirk), y el ascenso de ese hombre vacío por dentro que será Saul Goodman.

En ese sentido, en esta primera tanda de episodios (los seis últimos llegarán dentro de siete semanas) Better Call Saul ha acabado confirmándose como una serie varios cuerpos por delante de cualquiera de sus competidoras. Una obra maestra de la orfebrería narrativa que se permite consumirse a sí misma no como la mecha corta de un petardo (una tendencia que en la era del binge-watching parece más omnipresente que nunca), sino con la lentitud de, valga la redundancia, una vela.

Y es que hay algo fascinante en ver cómo se consume una vela. Tal vez porque sabemos que, aunque el fuego seguirá inexorablemente la dirección que le marca la mecha, probablemente se animará a parpadear en algún momento. Tal vez porque sabemos que, al derretirse la cera, volviéndose líquido lo que una vez fue sólido, es posible que emerja alguna forma inesperada. Tal vez por pura expectativa, porque una vela encendida es una cuenta atrás hacia la oscuridad. Hacia algo que no sabemos muy bien lo que es.

Jimmy McGill (Bob Odenkirk) / La 1a parte de sexta temporada de ‘Better Call Saul’ está disponible en Movistar+

Cuando Better Call Saul acabe, nos dejará huérfanos no solo de una galería de personajes extraordinaria (incluyendo al inolvidable Lalo Salamanca, un Tony Dalton que en estos últimos episodios está sencillamente en estado de gracia), sino quizá también de una forma de entender la narrativa televisiva. De un caso tan improbable como este, en el que un equipo de guionistas ha aprovechado el spin-off de un gigantesco fenómeno televisivo para construir una obra que casi podría considerarse superior a la original.

Por su sofisticación a la hora de construir a sus personajes desde el minuto cero, su valentía para contar las cosas a un ritmo completamente diferente al de Breaking Bad y sobre todo su empeño en mejorar todavía más las constantes que ya convirtieron a aquella en una serie extraordinaria. Y es que Better Call Saul es, sencillamente, un milagro. Una serie capaz de trabajar de forma todavía más sutil, más precisa, ese principio rector que ya vertebraba Breaking Bad (cada acción tiene su consecuencia) mientras se las apaña para llevar a sus personajes a lugares absolutamente sobrecogedores. Como el que hemos vivido en su séptimo episodio, pero también como el que vivimos cuando Chuck McGill (Michael McKean) decidió rendirse.

Lo que realmente ha importado siempre en la serie no son las pistolas y la droga, sino la evolución lenta pero inexorable de su protagonista

Porque sí, aquí las intrigas criminales de los Salamanca y Gus Fring (Giancarlo Esposito) o las aventuras de Mike Ehrmantraut (Jonathan Banks) han ido avanzando a buen ritmo para ofrecer un contrapunto al drama legal de Jimmy, Kim y compañía, y sobre todo para aportar peligro a este final que ahora nos espera.  Pero lo que realmente ha importado siempre en Better Call Saul no son las pistolas y la droga, sino la evolución lenta pero inexorable de su protagonista. Por eso, cuando Lalo entra en su piso, cuando viola ese espacio que creíamos seguro hasta ahora, y le pega un tiro a Howard en la cabeza, nos enfrentamos a un horror inimaginable. Porque, ahora sí, ese mundo en el que parecía quedar algo de esperanza ha acabado por esfumarse para siempre.

Escrito por Ricardo Jornet en mayo 2022.

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