Crítica 'Brian y Maggie': la entrevista que mató a Margaret Thatcher
Crítica de la miniserie

‘Brian y Maggie’: la entrevista que mató a Margaret Thatcher

La miniserie de dos episodios de James Graham y Stephen Frears –que llega en forma de película de 90 minutos a Movistar Plus+– es una reconstrucción ficcional de la última entrevista televisiva de Margaret Thatcher, considerada como el inicio del declive de la primera ministra del Reino Unido. Un duelo entre política y periodismo que reivindica un formato que la televisión actual ha parece haber olvidado: las entrevistas en profundidad.

Brian y Maggie, la miniserie de dos episodios creada por James Graham (Sherwood, Quiz, el escándalo de ¿Quién quiere ser millonario?) y dirigida por Stephen Frears, puede verse como la reconstrucción ficcional de la entrevista que la primera ministra británica, Margaret Thatcher, concedió al periodista Brian Walden el 29 de octubre de 1989 y que supuso el principio del fin de su tercer y último mandato presidencial. Pero, sobre todo, esta producción de Channel 4, una cadena que jamás olvida su compromiso con el servicio público, supone la clara vindicación de un formato del que la televisión actual ha abominado: las entrevistas en profundidad. Un formato que, cuando tiene por objeto a la clase política, se convierte en una herramienta de escrutinio que sirve para calibrar la salud democrática de un país.

Graham toma el último de los encuentros entre la líder conservadora y el presentador, antiguo miembro del partido laborista, como punto de arranque, pues sus dos capítulos comienzan en el set de televisión en los momentos previos al careo para, desde ahí, retroceder hasta 1977 e iniciar un recorrido cronológico que, en un pulidísimo ejercicio de síntesis, nos ayuda a repasar las trayectorias de ambos hasta su desencuentro final.

La prudencia compositiva que despliega James Graham se observa, también, en las sobresalientes interpretaciones de Harriet Walter y Steve Coogan

El guionista de Brexit: una guerra incivil (Toby Haynes, 2019)  apuesta por un retrato mesurado que no esconde ni las virtudes ni los defectos, todos ellos hijos de la misma ambición, de Thatcher, una mujer de extracción humilde que se puso a sí misma como ejemplo para el desarrollo de un programa de políticas libertarias basadas en la destrucción del sistema público y la privatización de recursos, el descenso de los impuestos cuyo paroxismo llegó con la introducción de la poll tax y la oposición a la unión fiscal con Europa.

Ferviente defensora de una meritocracia de la que ella misma se vendía como muestra, su capacidad de seducción, mezclada con su sentido de la autoridad y una total ausencia de temor a la hora tomar de decisiones, le permitieron estar más de 11 años en el cargo. No es casual que Graham nos la presente como una funambulista política, caminando sobre un línea roja que surca el suelo del parlamento, adelantándonos su nula vacilación ante el riesgo, pero también su talento para sobrevivir en el filo.

Brian y Maggie

Harriet Walter y Steve Coogan son Margaret Thatcher y Brian Walden en ‘Brian y Maggie’.

La prudencia compositiva que despliega Graham se observa, también, en las sobresalientes interpretaciones de Harriet Walter, a su vez coproductora del show, y Steve Coogan. La primera se aparta tanto como puede del histrionismo desplegado por Gillian Anderson en la cuarta temporada de The Crown (Peter Morgan, 2016-2023), al tiempo que evita en todo momento mirarse en la Meryl Streep de La dama de hierro (Phyllida Lloyd, 2011).  Walter hace de la contención virtud, domina a voluntad los primeros planos y apenas necesita modificar ligeramente el gesto o imprimirle una pequeña inflexión a su voz para pasar de la autoridad (el despido de Howe) a la lisonja condescendiente (la charla privada con Walden en la que empieza a confraternizar).

Stephen Frears, un veterano director que, a poco que se aplique, empequeñece a cualquiera de los muchos realizadores que facturan un capítulo tras otro en multitud de series intercambiables

Otro tanto podemos decir de la actuación de Coogan, un tipo capaz de dibujar un signo de interrogación con el arqueo de una ceja para hacernos saber que su Brian Walden alberga dudas con respecto a la líder ‘tory’. Dudas de distinta raigambre. Primero, vacila porque Thatcher, situada al otro lado del espectro político, le despierta una empatía contranatural. Después, porque esa mujer a la que ha ayudado, con la que ha debatido a puerta cerrada sobre asuntos importantes y por la que ha sido políticamente conquistado, ha caído víctima de un endiosamiento enceguecedor, cuyo cenit lo ocupa la dimisión de Nigel Lawson, su canciller de Hacienda, seguido por la desafección de la mayoría de los miembros de su gabinete.

Y después está Stephen Frears, un veterano director que, a poco que se aplique (no siempre lo hace), empequeñece a cualquiera de los muchos realizadores que facturan un capítulo tras otro en multitud de series intercambiables. No por casualidad en su filmografía encontramos títulos del nivel de Mi hermosa lavandería (1987), La camioneta (1996), Negocios ocultos (2002) o Un escándalo muy inglés (2018), lo mismo da que hablemos de cine que de televisión.

Brian y Maggie

Harriet Walter también ejerce de coproductora de la serie.

Quedémonos con un par de momentos. En el primero, Margaret Thatcher (Harriet Walter) hace llamar de urgencia a Brian Walden (Steve Coogan) en plena noche. Quiere que le escriba un discurso para el final de una campaña, la de 1983, que se antoja triunfal: su intervención ante los simpatizantes debe ser rotunda, ilusionante, definitiva. Eso supone un conflicto de intereses: uno no puede prestar sus servicios a las personas a las que, se supone, debe fiscalizar; es como si yo trabajase para Movistar Plus + y firmase este texto o como si fuese el director de un festival de cine y escribiese la crónica anual del certamen en una revista. No se debe, no se puede. Para Walden, esta petición también supone un dilema moral: ayudar a su amiga supone violar el código deontológico de su profesión.

Para filmar ese momento, Frears aprovecha las luces de neón procedentes del exterior que inundan principalmente de rojo (también de verde, aunque con menos frecuencia) la estancia en la que tiene lugar la reunión para transformar el acuerdo entre ambos en un pacto fáustico. Walden y, por metonimia, el periodismo, cediendo ante el poder, representado por un Thatcher a la que nunca le faltan argumentos para lograr que su colaborador encuentre justificada su decisión: “tú eres un profesional, yo soy una profesional”.

Walden cree que Thatcher le ha permitido ver aquello que se esconde detrás de su férrea apariencia, cuando, en realidad, su única función es la de ejercer de altavoz de las bondades de una líder que sigue mostrándose implacable

El mínimo acceso a la intimidad de la Primera Ministra que el entrevistador confunde con sincera amistad se traduce en un claro error de percepción: Walden cree que Thatcher le ha permitido ver aquello que se esconde detrás de su férrea apariencia, cuando, en realidad, su única función en el teatro de la política es la de ejercer de altavoz de las bondades de una líder que sigue mostrándose implacable, pero que tiene a alguien que le limpia la imagen, una labor asumida por Walden en virtud de una confianza asimétrica, interesada, que solo busca la transmisión de un mensaje basado en la falsa impresión de un conocimiento profundo de la Dama de Hierro.

El segundo instante lo encontramos en la famosa entrevista en la que, en plena crisis de gobierno, Walden trata de que Thatcher se muestre ante las cámaras tal y como (él cree que) es. Quiere que su coraza se rompa. Que se derrita la capa de autoritarismo que galvaniza su figura y emerja una mujer dispuesta a aceptar la discrepancia, a asumir sus errores. Para ello, el periodista irá con todo. Repregunta más que Ana Pastor jugando al Trivial. “¿Qué provocó la dimisión de Nigel Lawson?” le insiste. Ella se mantiene en sus trece. Quiere hablar de otros temas. Del futuro. De política. Y Walden saca el mazo.

Brian y Maggie

‘Brian y Maggie’ está disponible en Movistar Plus+ (la miniserie de dos episodios llega en forma de película de 90 minutos a la plataforma).

Le expresión que utilizó en aquel momento todavía puede leerse en la lápida del thatcherismo. Valiéndose de los comentarios que, en los pasillos y alejados de los micrófonos, hacían los compañeros de partido, Walden le espetó a la PM si no se daba cuenta de que estaba “off her trolley”, cuya traducción vendría a ser “descentrada”.

Un finísimo trabajo de dirección y de montaje en el que cada acercamiento de la cámara a uno u otro protagonista […] responde a la posición que cada uno de ellos va ocupando con respecto al otro en función de cada réplica

Fue un ataque personal. En ese punto, Frears traza un movimiento semicircular con la cámara para situarnos al otro lado del eje desde el que se había filmado la entrevista; es decir, ‘descentra’ nuestra mirada, la sitúa en una posición nueva e inédita. Hasta que no lleguemos al receso, los planos y contraplanos que siguen a este movimiento están filmados desde el otro lado. Esa frase lo cambió todo, y la cámara no hace sino refrendar la importancia que tuvo, evidenciando esa fractura. Una fractura política, pero también el quiebre de una teórica amistad y de una relación profesional. Después de eso, ya no hubo vuelta atrás.

En todo ese tête à tête final se percibe un finísimo trabajo de dirección y de montaje en el que cada acercamiento de la cámara a uno u otro protagonista, cada corte practicado en la mesa de edición, cada juego con las escalas, responde a la posición que cada uno de ellos va ocupando con respecto al otro en función de cada réplica. Siempre sabemos quién domina la situación. Después del receso publicitario, con Thatcher habiendo recuperado la compostura, la cámara volverá a la posición inicial y la todavía Primera Ministra retomará las riendas de la conversación y tratará de imponer su visión.  Solo que a esas alturas, la herida era ya demasiado profunda.

El tiempo de la ‘Dama de hierro’ había pasado, solo hacía falta una entrevista en profundidad en la televisión para que todo el mundo se diese cuenta. Bien pensado, quizá sea un formato demasiado peligroso. Los tertulianos salen más a cuenta.

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