El posthumor no es profeta en su época

Bendito fracaso

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La creación de David Trueba es pionera en adaptar con brillantez los postulados de la comedia autobiográfica contemporánea; lo que ya justifica que tenga su lugar en la reciente Historia de la Televisión.

El 27 de diciembre de 2003, la BBC emitió el último capítulo de The Office (2001-2003), serie que empezó con audiencias subterráneas, hasta que los espectadores empezaron a pillarle el punto al sentido del humor desangelado e incómodo de Ricky Gervais. En poco tiempo, pasaría del riesgo de cancelación a convertirse en un clásico televisivo y en una de las puntas de lanza de lo que se ha convenido en llamar posthumor. Ese mismo año, en España nacía otra serie de televisión bastante más longeva y convencional, Los Serrano (2003-2008), que arrasaría en audiencia y convertiría en fugaces ídolos musicales a algunos de sus protagonistas juveniles, como Fran Perea o el grupo Santa Justa Klan (sic), además de ser vendida a diversos países como Francia, Rusia o Finlandia.

Mientras la televisión del Reino Unido apostaba por un par de inolvidables especiales navideños más bien desoladores, protagonizados por el patético David Brent, en España disfrutábamos del humor castizo y bienintencionado de la familia encabezada por Antonio Resines, perfecta encarnación del español medio del pasado milenio. Reconozco que la comparación es injusta: ambos productos tenían intenciones ciertamente muy distintas. Pero de algún modo su coincidencia en antena en sus respectivos países sirve para explicar la distancia sideral que existía en ese momento entre estas dos concepciones –clásica y postmoderna– del humor televisivo.

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Y lo cierto es que resulta extraño que España se mostrara durante tiempo tan reaccionaria en asuntos de comedia. Al fin y al cabo, este país había alumbrado todo tipo de brillantes humoradas marcianas que siempre escondían cierta desazón existencial, como la tragicomedia del Callejón del Gato, el delicioso nonsense de la Generación del 28, el sur-ruralismo de José Luis Cuerda o el inspirado montypythonismo cañí de Faemino y Cansado. Pero sin duda la serie que pone fin a la era del ozorismo televisivo y sus interminables mutaciones es ¿Qué fue de Jorge Sanz?, creación de David Trueba, pionera en adaptar con brillantez los postulados de la comedia autobiográfica contemporánea; lo que ya justifica que tenga su lugar en la reciente Historia de la Televisión.

 

Fracasar otra vez, fracasar mejor

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«Sanz no duda en ofrecernos una visión caricaturesca de su lado más imperfecto, vergonzante y fallido. El estriptís emocional restituye una nueva identidad artística mucho más interesante que la original»

Como ya sabrán, ¿Qué fue de Jorge Sanz? parte del declive artístico y personal de su protagonista, el otrora galán juvenil Jorge Sanz, que puede interpretarse además como el crepúsculo de cierta tendencia del cine español. Sanz fue en los años ochenta y noventa una convincente presencia en títulos de éxito como Si te dicen que caí (1989) o Amantes (1991). Pero el verdadero papel de su vida ha sido interpretarse a sí mismo en esta docucomedia sobre los sinsabores de la fama y la lucha por la supervivencia artística, que nos presenta al actor como una mezcla imposible entre el Joey Tribbiani de Friends y Henri Chinaski.

La serie es, como contaba en otro artículo de Serielizados, una perfecta muestra de ficción del mini yo, en la que Sanz no duda en ofrecernos una visión caricaturesca de su lado más imperfecto, vergonzante y fallido. Salvando las distancias, su empeño –bien guiado por Trueba– de demoler su imagen pública de los tiempos en los que paseaba palmito por la gran pantalla recuerda en algo los ejercicios impúdicos de talentos de la nueva comedia como Louis C. K. o Aziz Ansari. Al tiempo, el estriptis emocional restituye una nueva identidad artística mucho más interesante que la original.

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«¿Qué fue de Jorge Sanz? lucha contra el embrutecimiento general que durante algún tiempo alejó al espectador patrio más sofisticado hacia las series británicas y norteamericanas»

La presencia de un montón de rostros del cine y la televisión en el último capítulo, que recientemente ha estrenado Canal+, donde aparece Pedro Ruiz, Elena FuriaseLolitaGonzalo SuárezWilly ToledoPablo Carbonell y Natalia Sánchez dispuestos a parodiar su imagen pública, confirma el carácter juguetón de este sorprendente artefacto metalingüístico. En uno de los capítulos de la primera temporada, el protagonista le lanza a Resines –una de las presencias recurrentes en la vida imaginaria del nuevo Jorge Sanz– una frase que quizá sirva para entender por qué no es ésta una comedia española convencional: «Desde que hiciste ‘Los Serrano’estás embrutecido». Y ciertamente ¿Qué fue de Jorge Sanz? lucha contra el embrutecimiento general que durante algún tiempo alejó al espectador patrio más sofisticado hacia las series británicas y norteamericanas, en busca de productos de calidad que parecía difícil encontrar en la televisión generalista propia; y lo hace además con la complicidad de algunas de esas mismas presencias televisivas, lo que confirma que la calidad en la televisión es también una cuestión moral.

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«La serie de Trueba, más allá de los índices de audiencia, se postula como una creación referencial que será valorada en el futuro, al margen de su actualidad»

Hace ya algunos años tuve la oportunidad de tratar con un antiguo programador televisivo que ejercía de asesor de guiones. Me sorprendió que su actitud hacia la nueva ficción de calidad y los productos de prestigio era de permanente sospecha y abierta hostilidad. Seguramente pocos recuerdan hoy algunos de los proyectos que promovió en una era que alentó la televisión de usar y tirar. Sin embargo, la serie de Trueba, más allá de los índices de audiencia del momento, se postula como una creación referencial que será valorada en el futuro, al margen de su supuesta actualidad.

En el nuevo episodio especial –sus creadores se han propuesto regresar cada cierto tiempo con una nueva rodaja que recupere la errática trayectoria del personaje–, se atreven con temas políticamente incorrectos que recuerdan al espíritu iconoclasta del posthumor. Probablemente a estas alturas ya sabrán que, en el episodio, Sanz besa a una chica con síndrome de Down -excelente Natalia Abascal-, que hay un enredo cómico con diversas sustancias químicas que no estaría bien desvelar aquí, y que Pedro Ruiz se luce encarnando a un productor buscavidas típicamente español, que depara algunos de los mejores momentos de la función. Esta serie nació como una broma privada, como un ajuste de cuentas con la cultura del éxito, que inevitablemente marcó la trayectoria de su protagonista. Ahora, por fin, como diría Samuel Beckett, Sanz ha descubierto el placer de fracasar otra vez, de fracasar mejor.

Escrito por Enric Ros en marzo 2016.

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