Aburrirse de follar
Sobre 'Californication'

Aburrirse de follar

'Californication' hubiera sido una serie perfecta si hubiera muerto a tiempo en lugar de intentar tomarse en serio a sí misma.

Suena el inicio de You Cant Always Get What You Want, interpretada solemnemente por el Coro Bach de Londres. Un Porsche Cabriolet aparca frente a una iglesia de estilo neoclásico en medio de un húmedo e impecable jardín californiano. Y David Duchovny, que es y siempre será Mulder de Expediente X, sale del coche con gafas de sol, un cigarro y aires de rockstar con resaca. Duchovny, al que los años han sentado muy bien, es ahora Hank Moody, un escritor neoyorquino recién trasladado a California que acude a la iglesia a pedirle ayuda a Dios para superar el consabido bloqueo creativo. Hank habla directamente con el crucifijo, confesando su escepticismo ante la posibilidad de ayuda divina. En ese momento aparece una joven monja con la curiosa virtud de poder transmitir lo buena que está a pesar del impenetrable hábito que viste. La hermana escucha los problemas de Hank y concluye que la mejor manera de ayudarle a superar sus dificultades es con una felación. La intro eclesiástica de la canción de fondo empieza a fundirse con los primeros acordes de guitarra de los Stones, mientras la monja-pibón se arrodilla a comerle la polla a Hank y la escena funde a blanco.

«‘Californication’ es una noche de discoteca en la que te cruzas con la mirada de una tía que juega tres ligas por encima de ti pero que ha decidido que hoy se divertirá contigo»

Dentro de mi archivo mental de «primeras escenas de series«, ésta tiene un lugar reservado entre las más estimadas. Y es que Californication empieza como una noche de discoteca en la que, nada más pasar el segurata, te cruzas con la mirada lúbrica de una tía que sabes perfectamente que juega tres ligas por encima de ti pero que, de manera totalmente inexplicable, ha decidido que hoy se divertirá contigo. Esta es otra forma de decir que Californication empieza fuerte y empieza bien, y que mucho tendría que torcerse la cosa para que perdieses las ganas de quedarte hasta al final. Pero cuidado, porque puede que Californication haya decidido que, efectivamente, se divertirá contigo. Y cuando se acerquen las 6 de la mañana y estén a punto de abrir las luces, empezarás a preguntarte si podría ser que las horas de agarres imposibles e indirectas querellables estén a punto de terminar y que ninguno de tus comentarios acerca del apartamento que te dejó tu difunta abuela y que da la casualidad que está a 10 minutos a pie vayan a ser escuchados. Empiezas a preguntarte si Californication querrá lo mismo que quiere Lidnsay Lohan, según el sabio Peter Griffin. Es decir, «NADA».

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Algunos dirán que fútbol es fútbol, que lo importante es participar y que lo que cuenta no es el final, sino haber disfrutado durante el camino. Yo les diré que no, que eso es mentira, que si has disfrutado el camino es porque has encontrado sentido en recorrerlo y que si te ha entusiasmado el partido es porque han habido goles. Y les diré que, después de seis temporadas bailando con Californication y compartiendo momentos divertidos y complicidades, me había ganado el derecho de llevármela a casa. Hacia el final, ya hacía tiempo que había renunciado a que hiciera justicia a las promesas que me susurró al oído durante sus primeras temporadas. De hecho, a falta de cuatro capítulos para terminar, me hubiera conformado con el equivalente narrativo a una paja desganada en un portal cochambroso. Pero al final descubrí que Hank Moody había hecho una apuesta con sus amigos los productores para ver cuantas copas gratis podía sacarle al primer pringado que entrase por la puerta. Y yo me dejé seducir durante seis años, incapaz de dejar de mirar y retirarme a tiempo, cuando aún conservara algo de dignidad. Me quedé hasta que abrieron las luces y vi que había estado perdiendo el tiempo.

«La historia de Hank Moody no tiene nada de original: es el cuento de un Don Juan que ha logrado todo lo que un hombre con sus aspiraciones podría desear»

No estoy en contra de las historias sin mensaje alguno, porque no querer reinventar el género persiguiendo una originalidad imposible es muchas veces la mejor manera de hacer una serie cojonuda. Sería insoportable que estrenasen cuatro True Detectives cada temporada. La historia de Hank Moody no tiene nada de original: es el cuento de un Don Juan que ha logrado todo lo que un hombre con sus aspiraciones podría desear. Habréis visto suficientes películas y escuchado suficientes sermones de gente que nunca ha tenido todo lo que podría desear como para saber que los guionistas no permitirán a Hank encontrar la plenitud existencial en medio de un tornado de sexo, drogas y mansiones. El hecho de que Hank sea un escritor de éxito afincado en Hollywood que no para de follar, apunta claramente hacia el profundo vacío que debe sentir este personaje. Como espectadores familiarizados con los valores auténticos de la vida, con aquello que de verdad importa, enseguida pensamos: «Pringado, madura de una vez y así alcanzarás esta euforia que impregna mi día a día después de nueve años haciendo el amor 0,33 veces por semana con mi novia de bachillerato, dando cinco euros a la Cruz Roja de los 1.200 que gano al mes y entrenando dos tardes a la semana a once pequeños proto-Cristiano Ronaldo en el equipo de mi colegio de barrio».

Estaba más que preparado para la historia de búsqueda de sentido y redención de Hank, para las crisis sentimentales a las que debería enfrentarse con tal de volver a ser feliz para siempre al lado de su amada una vez fuera capaz de comprender que en esta vida hay que ser monógamo convencido, beber con moderación y salir a correr –perdón, a disfrutar de la adicción al running– cada mañana al son de una lista de Spotify cuidadosamente seleccionada para reflejar nuestra distintiva personalidad y poder así tuitear los kilómetros recorridos y las calorías consumidas con sincera modestia y #feelinggood. Aunque el punto incuestionable del pack redentor es siempre el de la monogamia de larga duración institucionalizada y, preferiblemente, sacralizada.

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«A cada temporada que pasaba, las motivaciones y problemas de Hank tenían menos y menos interés»

Estaba preparado para todo esto porque había encontrado el jarabe que me curaría la indigestión del pastelazo que la serie cocinaba pacientemente desde su primer episodio: las risas. Californication fue, durante la mayor parte de su vida, una serie muy entretenida y recomendable. Las situaciones imposibles en las que se metía el bueno de Hank eran gamberras y desternillantes. Cada vez que su alma pecaminosa sucumbía ante las tentaciones del diabólico submundo artificial de Hollywood, sabía que me esperaban 20 minutos de simple diversión. Y no le pedía más. Hasta que aquello empezó a volverse aburrido. A cada temporada que pasaba, las motivaciones y problemas de Hank tenían menos y menos interés. No había nada que perder porque siempre ponía en juego la misma relación con su exmujer y siempre acababa recuperándola y perdiéndola de nuevo, de la misma forma y por los mismos motivos. Los propios diálogos de Hank acabaron volviéndose una insufrible metacrítica sobre él mismo, escupiendo pseudoingeniosamente a los cuatro vientos lo muy consciente que era de ser un capullo carismático y de todo lo que hacía mal y debía hacer mejor; destruyendo así cualquier rastro de conflicto psicológico real con el que empatizar.

Californication consiguió que la mirara hasta el final, pero también logró que la vida de un escritor afincado en Santa Mónica que se codea con estrellas del rock y productores de cine porno acabara resultándome aburrida. Repitiendo la misma fórmula una y otra vez, los guionistas se quedaron sin situaciones ocurrentes por las que hacer pasar a Hank. Puedo perdonarle muchas cosas a Californication, porque siempre sospeché que tras esa fachada no había nada que escuchar. Pero yo estaba más que dispuesto a jugar: «nos hemos encontrado por casualidad y nos gusta lo que vemos: bailemos y pasémoslo bien, no comentemos nada de política y, sobre todo, nunca me cuentes cuánto amas el cine francés ni qué profunda te parece esta cita de Nietzsche que has colgado en Instagram». Divirtámonos sin buscar nada más. Era un pacto sencillo hasta que, en un triste giro de los acontecimientos, paró la música, dejamos de movernos y, tras un silencio incómodo, se vio lo que había sospechado desde el principio: que no teníamos nada de que hablar.

Escrito por Joan Burdeus en diciembre 2014.

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